1936: así asesinaron a mis dos abuelos durante las matanzas de Paracuellos
En mi familia tenemos el indudable honor de contar con 'paseados', con torturados en las checas y de haber sido sacados de las cárceles de Madrid. Hoy me gustaría reivindicar el nombre de aquellos que forman parte de mi memoria y de mi vida
Homenaje a las víctimas de la masacre de Paracuellos de Jarama en 1944 por la Delegación de Ex Cautivos de FET y de las JONS
Este año se cumple el 90.º aniversario de la matanza organizada por la Segunda República, ultimada por quienes estaban a sus órdenes y que desemboca en Paracuellos, como en otros lugares de las inmediaciones de Madrid, en sus camposantos y en sus calles. El que vivió el terror rojo del Madrid del 36 se acostumbró a un nuevo lenguaje que incluía las palabras «checas», «sacas» y «paseos».
Darle el paseo a alguien suponía ir a su casa, llevárselo y asesinarlo en un descampado o en cualquier sitio propicio. Se puede decir que Calvo Sotelo fue «paseado» el 13 de julio de 1936. La checa designaba un sistema de torturas, procedente de la URSS y que solo en Madrid alcanzó la inestimable cifra de 345, según una investigación realizada por el Instituto CEU de Estudios Históricos.
Enrique Sicluna Burgos
A su vez, las 'sacas' consistían precisamente en sacar a alguien de la cárcel en la que ya estaba preso, bajo pretexto de un traslado a Valencia, donde estaba el Gobierno de la República, y matarlo en un viaje que nunca llegó a su destino oficial.
La primera saca data del mes de septiembre de 1936 y tiene lugar en la Cárcel de Ventas, que fue Prisión Provisional de Hombres n.º 3. Será asesinado un solo hombre, el oficial de Prisiones Gregorio José San Martín y San Juan. La segunda 'saca', de esta misma cárcel, la integran nueve hombres, asesinados en Colmenar Viejo.
En mi familia tenemos el indudable honor de contar con 'paseados', con torturados en las checas y de haber sido sacados de las cárceles de Madrid.
Hoy me gustaría reivindicar el nombre de aquellos que forman parte de mi memoria y de mi vida y que han determinado, con su ausencia, lo que yo hubiera querido ser.
Alfredo Martínez Pulpón, asesinado en Paracuellos el 16 de noviembre. En la foto aparece con su hijo, el padre de la autora de este artículo
Mi abuelo paterno, Alfredo Martínez Pulpón, funcionario, residía para 1936 en Madrid con cuatro de sus seis hijos, en la calle Sainz de Baranda. Mi tía Consuelo, con apenas 18 años, había muerto en los sucesos revolucionarios de 1934, en el País Vasco. Los varones, salvo mi padre, apenas un niño, eran de Renovación Española, con una trayectoria muy marcada. Mi tío Antonio ya estaba preso en la Cárcel Modelo desde febrero de 1936, por haber preparado las listas electorales del Bloque Nacional, y mi tío León, el mayor, se había sublevado con los hermanos Miralles.
Los ficheros de Renovación Española o de Falange Española, o de la CEDA o de los Legionarios de Albiñana caen en manos de la República y constituyen una fuente nominal de aquellos que van a ser depurados. Los nombres de militares retirados por los decretos militares de Azaña, los ficheros de Adoración Nocturna, de congregaciones religiosas o de hermandades se encuentran en manos del llamado CPIP.
Mi abuelo paterno es apresado por integrantes de esas milicias populares, dueñas en realidad de Madrid, en las primeras semanas de septiembre. Irá a parar a la Checa de la Inclusa, antes comisaría, y luego a la Cárcel Modelo. Quisieron llevarse también a mi padre, de apenas 13 años, que hubiera ido a engrosar el número de los 200 menores asesinados en Paracuellos con sus padres y hermanos.
Mi abuela lo escondió a tiempo y no cuento aquí el desgarro de un niño que tuvo que huir de ese Madrid rojo durante tres años, sin saber quién de su familia se había salvado. No desde luego los del pueblo de Toledo, Puebla de Almoradiel, donde fueron inmolados los 22 de la familia. Me imagino que la placa en la puerta de la iglesia que recordaba sus nombres ya no estará.
De izquierda a derecha: Alfredo Martínez Pulpón, abuelo paterno de la autora; Enrique Sicluna Burhos, coronel de infantería y abuelo materno; y sus hijos Enrique Sicluna Rodríguez, estudiante de 16 años y Luis Sicluna Rodríguez, 24 años, médico.
Lo que sabemos de los últimos días de mi abuelo Alfredo nos llegó por su propio hijo Antonio, este salvado porque su nombre no figuraba en la lista del 16 de noviembre que acabaría en Paracuellos y en la que figuraba su padre.
Mi abuelo materno, Enrique Sicluna Burgos, coronel de Infantería, vivía en la calle Goya con cinco de sus seis hijos. El tío Luis, médico, 24 años, falangista, como lo era el pequeño, Enrique, de apenas 16 años cuando fue detenido en su casa y de 17 cuando lo «sacaron» de la cárcel para asesinarlo.
El resto, las hermanas, entre las que estaba la pequeña de la casa, mi madre. El 24 de octubre de 1936 se produce la detención de los tres, padre e hijos varones, por milicianos de la Checa de Fuencarral, 103, regida por la Agrupación Socialista de Madrid y organizada por el policía encargado de la seguridad de la Embajada soviética, Anselmo Burgos Gil. Los nombres de los milicianos que los detienen son Atilano Molano, Fortunato Marten y Lucas Gil Sanz, según se recoge en el folio 190 del expediente 3 del legajo 155 de la Causa General.
Tan valientes eran que pidieron el refuerzo de la guardia del general Riquelme porque «el interfecto», así consta en el expediente, o sea, mi abuelo y su familia, se resistían y los milicianos estaban ya preparados para dispararles en la propia casa. No sé con qué podía hacerles frente una familia, pero si fue así, bendigo mil veces su gesto.
Poco después sería asesinada una tía bastante mayor, Rafaela González-Pola, de 88 años, que aparece en el conocido libro del general Casas de la Vega.
Después de la checa, la Cárcel Modelo, galería 4.ª, celda 644. Conservo las tres cartas escritas desde la cárcel: del 26 y 30 de octubre y del 7 de noviembre, el mismo día que los asesinaron, y que es una carta de despedida, de los besos a la madre, de un enfrentar la muerte con hombría.
Testimonios de las hermanas, Carmen y María Teresa Sicluna Rodríguez
Las primeras ejecuciones en la madrugada del 7 de noviembre proceden de las cárceles de San Antón y Porlier. La segunda, más numerosa, de la Modelo. La saca del 8 de noviembre tuvo que ser desviada a Torrejón de Ardoz, con más de 400 presos de la Modelo, porque todavía no habían podido enterrar en las fosas abiertas los cuerpos de la tarde del día 7. Siempre he pensado que quedaron allí agonizando, atadas las manos con alambres, en el frío de noviembre.
Hoy que ya no están mis padres, me corresponde a mí conservar los nombres y la historia de mis muertos. Y lo hago con el profundo orgullo de saber que Dios les hizo grandes, que les permitió dar la vida por una causa más importante que la propia existencia.
En Paracuellos hay una cruz de hierro oxidada, muy cerca de la tumba de mi abuelo Alfredo, donde una madre, debajo del nombre del caído, hizo inscribir una exclamación de dolor: «Hijo del alma».
Por ella, por las madres que ya no pueden dejar flores en las tumbas de los hijos y de los esposos, por aquellos hijos que crecieron sabiendo que sus padres y hermanos habían amado a Dios y a España hasta el sacrificio de la vida, reivindico su memoria, que forma parte de la mía.