Wilhelm Voigt en sus últimos años
El zapatero que tomó un ayuntamiento alemán con un uniforme de segunda mano y sin disparar un tiro
El último delito por el que había sido condenado fue por un intento de robo de la caja fuerte de la tesorería del ayuntamiento de la ciudad de Wongrowitz (ahora Wągrowiec, en Polonia)
Wilhelm Voigt había sido siempre un pobre desgraciado. Había nacido en Tilsit (actual ciudad de Sovetsk, en el óblast de Kaliningrado) en el año 1849 y su padre era un humilde zapatero de quien aprendió el oficio, pero desde muy temprana edad Wilhelm mostró tendencias rebeldes. Con catorce años recibió su primera condena: catorce días en prisión por hurto.
Tras cumplir su condena, abandonó el hogar y durante décadas viajaría por diferentes partes del Imperio alemán trabajando como aprendiz de zapatero, pero en realidad actuando como un delincuente de poca monta. Como dice el refrán, «piedra movediza, moho no cobija», y es que vivió en diferentes poblaciones, pero no consiguió establecerse en ninguna. En total, entre 1864 y 1891 fue condenado cuatro veces por robo o hurto y otras dos por falsificación.
El último delito por el que había sido condenado fue por un intento de robo de la caja fuerte de la tesorería del ayuntamiento de la ciudad de Wongrowitz (ahora Wągrowiec, en Polonia). Fue sorprendido en el acto, arrestado, juzgado y condenado –teniendo en cuenta su largo, que no amplio, historial delictivo– a quince años de prisión.
En 1906, Wilhelm fue puesto en la calle, pero sus antecedentes y condenas lo marginaban e impedían establecerse en determinadas áreas y ciudades. Ilegalmente, ya que era una zona no permitida para delincuentes condenados, se instaló en el distrito berlinés de Friedrichshain, donde encontró trabajo en una fábrica de zapatos; pero la propia situación de ilegalidad de residencia le impedía conseguir un puesto fijo.
En secreto, un desesperado Wilhelm estaba comprando, a comerciantes de ropa de segunda mano, diferentes piezas hasta completar un uniforme militar. El día 16 de octubre de 1906 salió a la calle disfrazado de capitán del 1.er Regimiento de Infantería de la Guardia. Y digo bien, disfrazado. Ahora les explico.
Friedrich Wilhelm Voigt, un zapatero y célebre impostor alemán conocido como el «Capitán de Köpenick»
Wilhelm era la figura menos marcial que puedan ustedes imaginarse. Bajo de estatura –apenas un metro sesenta centímetros–, los años de zapatero habían encorvado su espalda. Macilento, mostraba los estragos de la edad (tenía cincuenta y siete años) y de una vida marcada por la marginalidad y la delincuencia.
Tenía una barba corta, hirsuta, producto de no haberse afeitado desde hacía varios días; al conjunto lo acompañaba un gran bigote entrecano. Para completar el poco marcial aspecto de nuestro protagonista, todas las prendas del uniforme que vestía gritaban que el anterior propietario había sido bastante más grande que el actual. El capote le daba un aspecto de caricatura.
En las cercanías del balneario militar de Plötzensee detuvo a un grupo –media escuadra por su composición: un cabo y unos cuatro soldados– de soldados del Regimiento de Fusileros de la Guardia y les ordenó que lo acompañaran. Ni uno de ellos dudó en ejecutar las órdenes de Herr Hauptmann.
Durante el trayecto repitió la actuación, esta vez con un grupo de soldados del 4.º Regimiento de la Guardia, que tampoco dudaron en seguir sus órdenes. Con un grupo de once o doce soldados, los subió a un tranvía –no había podido requisar vehículos para el transporte, explicó a su tropa– con dirección a la cercana ciudad de Köpenick.
Al mando de esta tropa, que ni por un momento había puesto en duda la autenticidad de su más que improbable nuevo comandante, tomó el ayuntamiento de la ciudad. Arrestó «en nombre de Su Majestad Imperial» al alcalde y al secretario municipal. La policía local se puso bajo su autoridad y ayudó a los militares en el cumplimiento de las órdenes de su comandante. Una de las cosas en que ayudaron fue en acordonar la zona del ayuntamiento y alejar a los curiosos.
Voigt hizo que le abrieran la caja fuerte –que a día de hoy es una atracción turística en el ayuntamiento de la ciudad– y confiscó los activos que allí tenían y que ascendían a la cantidad de 3.557,45 marcos de la época. Firmó un recibo, señaló un descuadre en la contabilidad de quince marcos y ordenó el traslado, bajo escolta militar y policial, de los dos arrestados a la prisión berlinesa de Neue Wache.
Impartió órdenes al resto de la tropa para que custodiara el edificio municipal y que, junto con la policía local, se encargara del orden público. Después se fue a la estación para tomar un tren, con destino a Berlín, para informar a sus superiores. Incluso le dio tiempo para beberse una cerveza en la cantina de la estación.
Nuestro simpático –la verdad es que cae bien el tipo– sinvergüenza compró ropa civil en otra tienda de ropa de segunda mano, nada más llegar a Berlín, y se fue deshaciendo de las diferentes piezas del uniforme camino de su casa. La espada la dejó abandonada en la estación de Hermannstraße, donde la encontraría la policía.
Diez días después de su hazaña fue detenido debido a la delación de un compañero de celda a quien había hecho confidencia de sus intenciones. El delator, cuando se hizo público que se ofrecía una recompensa de 3.000 marcos por cualquier información sobre el autor del asalto al ayuntamiento de Köpenick, no lo dudó ni un segundo y cantó más alto que Bianca Castafiore, «el ruiseñor de Milán».
Voigt junto a un carruaje tras su puesta en libertad anticipada del centro penitenciario de Berlín-Tegel
Cuando la noticia de lo sucedido saltó a la prensa, el recochineo y despiporre fueron generales. Todo el asunto se tomó como una genial crítica al militarismo imperante y a la doctrina castrense del Kadavergehorsam u obediencia ciega como un cadáver frente a los galones.
El káiser Guillermo II pidió que se le enviara un informe telegráfico de todo el asunto y fueron notorias las carcajadas del imperial personaje mientras lo leía.
El 1 de diciembre de 1906 se inició el juicio contra el ya internacionalmente conocido como «el capitán de Köpenick». Acusado de falsificación de documentos, uso indebido de un uniforme militar, privación ilegal de libertad (de los dos funcionarios del ayuntamiento: el alcalde y el secretario), fraude y alteración del orden público, fue condenado a cuatro años de prisión.
El juez, que lo había tratado con una amabilidad que Voigt no había experimentado previamente, se había reído como un loco durante el proceso y, tras emitir la condena, le estrechó la mano al reo mientras le decía: «Dios le bendiga, 'Herr' Voigt».
Voigt ingresó en prisión, donde fue recibido como un hijo pródigo largamente añorado y en donde estuvo alojado con un grado inimaginable de atenciones y cuidados, incluso por parte del alcaide, durante un año y ocho meses. Diariamente recibía cientos de cartas de apoyo y ánimo, ofertas para anunciar productos de todo tipo e incluso propuestas de matrimonio. El 16 de agosto de 1908 fue liberado de la prisión por medio de un indulto personal y directo del káiser Guillermo II, que todavía tenía debilidad por el «amigable tunante».
La estancia en prisión le había sentado estupendamente, pues el otrora macilento despojo mostraba un aspecto mucho más lustroso, como se puede apreciar en las fotografías de su ficha de detención y las posteriores.
Wilhelm Voigt acabó viviendo en Luxemburgo, donde falleció el 3 de enero de 1922. El dinero que ganó gracias a la fama se evaporó a consecuencia de la guerra y la inflación posterior. Su tumba, que durante un tiempo estuvo arrendada a una compañía circense, actualmente está bajo la responsabilidad y cuidado del ayuntamiento de la ciudad de Luxemburgo. La ciudad tiene la obligación de encargarse de limpiarla y cuidarla perpetuamente.