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Ucrania: sin novedad en el frente

El pueblo ucraniano está obligado a defender su tierra porque, al contrario de lo que le ocurre al ruso, que puede volver a sus hogares a continuar con sus vidas, ellos no tienen otro lugar a donde ir

Militares ucranianos caminan por la carretera hacia su base cerca del frente en la región de Donetsk, febrero de 2023AFP

Si hay algo que todos los jubilados tenemos en común es que el tiempo pasa muy deprisa para nosotros. Sin que apenas me haya dado cuenta, ha transcurrido casi un año desde que publiqué en El Debate una columna de título equívoco –El Cuarto Año Triunfal– elegido a propósito porque toda herramienta, incluida la reducción al absurdo, es lícita para combatir la desinformación. Releo lo escrito entonces y, como esperaba en el momento de su publicación, bastaría añadir doce meses más a la batalla de Pokrovsk y 80.000 al número de soldados rusos muertos en combate para que ni siquiera los rusoplanistas más irredentos se dieran cuenta de que me he plagiado a mí mismo.

Con todo, no voy a recurrir a un truco tan bajo. No lo haré por respeto a quienes combaten en el frente, a quienes seguro que el último año se les ha hecho más largo que a mí. Por respeto, también, a quienes les esperan en sus hogares, en Rusia o en Ucrania, sin saber si algún día van a volver a casa.

Lo cierto, sin embargo, es que hay muchas cosas que no han cambiado. Día tras día, mueren centenares de soldados rusos y ucranianos —víctimas de los drones en su mayoría— en un forcejeo estéril por unos pocos kilómetros cuadrados de terreno, las más de las veces sin la menor relevancia estratégica. Noche tras noche, en ciudades como Kiev, Odesa o Járkov, Putin asesina a hombres, mujeres y niños, solo para volver a poner en evidencia –¡sorpresa, sorpresa!– lo que todos sabemos: que los pueblos aguantan mucho más de lo que piensan los tiranos. No recuerdo que, en la larga historia de la humanidad, haya habido ninguna nación que renunciase a la libertad solo porque su enemigo le hiciera pasar frío durante el invierno.

Los padres del soldado ucraniano caído Yuriy Glodan, Yuriy y Nina, visitan las tumbas de sus familiares, en OdesaAFP

Dos púgiles fatigados

La guerra que se libra entre Rusia y Ucrania se parece muy poco a lo que hemos visto en Venezuela o en Irán. No hay nada en los alrededores de Pokrovsk que recuerde al arte de la guerra. No hay sorpresa ni maniobra operacional. Lo que allí ocurre se parece mucho más a ese trágico duelo a garrotazos que pintó Goya. Los dos ejércitos, como púgiles fatigados, se agarran el uno al otro para mantenerse en pie mientras queman hombres, armas y dinero en un intercambio de golpes que, asalto tras asalto, sigue pareciendo insuficiente para decidir el combate.

No hay nada en los alrededores de Pokrovsk que recuerde al arte de la guerra

Algún día se agotarán los contendientes, es verdad, pero ¿conocemos los límites de la resistencia de unos y de otros? No de forma precisa. Se ha escrito mucho y de forma muy sesgada sobre las dificultades que ambos bandos encuentran a la hora de reclutar las tropas que se consumen en la hoguera del campo de batalla. Sin embargo, si cualquiera de esos análisis parciales fuera riguroso, ya lo habríamos notado en la línea del frente. Trataré por ello de dar al lector una perspectiva más equilibrada.

Rusia, empeñada en una guerra de conquista más allá de sus fronteras, está obligada a confiar en el reclutamiento voluntario. Pero, cuatro años después, la mayoría de los que querían combatir ya han tomado la decisión de alistarse. El relevo generacional es notoriamente insuficiente para cubrir las bajas. El Kremlin llama a filas a unos 300.000 jóvenes cada año y, de ellos, solo los que ceden a la presión y se alistan como voluntarios terminan combatiendo en Ucrania. Es preciso, pues, ampliar el caladero a otros márgenes de edad. Sin embargo, la cantera se va agotando a pesar de que se ofrecen sueldos muy generosos a los desarraigados de la sociedad… y a los extranjeros que se dejan engañar.

El análisis de los soldados rusos fallecidos en combate hasta ahora identificados –no es tan fácil ocultar una muerte a los seres queridos que, de repente, dejan de recibir noticias del frente– muestra un acusado desequilibrio regional que desmiente el apoyo popular a la guerra del que alardea Putin. Mientras en Moscú se contabilizan menos de cinco muertos por cada 10.000 hombres, la cifra en Siberia es 30 veces más alta. Sí, es verdad que queda mucha gente apta para combatir, pero mucha menos en las bolsas de pobreza de las que sale la carne de cañón. Esa es la razón por la que, cada día con mayor fuerza, suenan en Rusia los rumores de una nueva movilización parcial para la defensa de los «objetivos estratégicos».

Mientras en Moscú se contabilizan menos de cinco muertos por cada 10.000 hombres, la cifra en Siberia es 30 veces más alta

Ucrania, que defiende su tierra, sí moviliza a sus ciudadanos de forma obligatoria, aunque no antes de cumplir los 25 años. Una edad, es verdad, muy generosa… pero hace cuatro años era a los 27. Mala señal. Si Putin no consigue incrementar la cifra de tropas desplegadas en suelo enemigo –que lleva años establecida en alrededor de 700.000 hombres– Zelenski tampoco. Y, por desgracia para él, no todo puede arreglarse con drones.

La cuestión económica

¿Y qué pasa con la economía? La guerra es muy cara pero, en el caso de Ucrania, no son ellos los que pagan la parte del león de la factura. ¿Hasta cuándo va a ser así? Europa ha reemplazado la ayuda estadounidense con menos apuros de los previstos y, si se exceptúan los carísimos misiles Patriot –los únicos que pueden defender las ciudades contra los misiles balísticos que les lanza el criminal del Kremlin–parece que Kiev tiene ya garantizada la financiación de los próximos dos años de lucha.

Y, si hay dinero, también habrá armas, sobre todo cuando el porcentaje de fabricación de material de guerra en la propia Ucrania aumenta al ritmo de diez puntos cada año, a pesar de la estéril presión rusa sobre la energía. A estas alturas, todos los objetivos de valor militar en Ucrania ya tienen sus propios generadores, la mayoría en locales a prueba de drones. Pueden destruirse, por supuesto, pero son mucho más baratos y fáciles de reemplazar que los misiles que se necesitan para hacerlo.

Una pantalla digital que muestra un anuncio que promociona el servicio militar por contrato en San PetersburgoAFP

Putin también gasta en la guerra más de lo que puede permitirse, pero empezó la contienda con las cuentas saneadas y mucho margen para empeorar. Más que las sanciones, que Rusia sortea lo mejor que puede con ayuda de China, el problema para el dictador es que, al contrario que Zelenski, él no cuenta con un donante que pague sus facturas. Los analistas nos describen un panorama económico que, desde la perspectiva de un país democrático, sería muy preocupante: inflación cerca del 10 %, tipos de interés muy elevados, crecimiento insuficiente, acusada caída de las exportaciones de gas y petróleo, fuerte incremento de los impuestos al consumo y aumento exponencial del déficit presupuestario.

Sin embargo, Rusia ya ha dejado de ser un país democrático. Si no hemos visto a ningún pueblo rendirse a su enemigo por el frío, tampoco conocemos ninguna dictadura que haya tirado la toalla porque al autócrata de turno no le cuadrasen las cuentas. La mayoría de los súbditos de Putin preferirán pasar apuros a fin de mes a vivir gratis en las cárceles rusas.

La voluntad de vencer

Como ocurre en los combates de boxeo cuando los púgiles no tienen en sus puños razones decisivas, al final es la voluntad de vencer la que decide las guerras. El pueblo ucraniano está obligado a defender su tierra porque, al contrario de lo que le ocurre al ruso, que puede volver a sus hogares a continuar con sus vidas, ellos no tienen otro lugar a donde ir.

Por esa razón, a pesar de la traición de un Donald Trump que en su corazón está mucho más cerca de Putin que de Zelenski, Ucrania resiste. Defiende sus posiciones y, cuando tiene una oportunidad, contraataca. Lo hace en el frente, como ha ocurrido hace algunos meses en la ciudad de Kúpiansk y, más recientemente, en la región de Zaporiyia. Y lo hace también en la retaguardia, para vergüenza del rusoplanismo militante. Mientras Peskov achaca la indefensión de Venezuela o Irán a que sus militares no saben manejar los misiles rusos, su Ejército se muestra incapaz de proteger sus propias refinerías y bases aéreas. Y no estamos hablando de enfrentarse a los furtivos F-35 o a los bombarderos B-2, sino a los modestos drones y misiles de largo alcance fabricados casi artesanalmente en la propia Ucrania.

Si tuviera verdadero apoyo, el dictador no habría tenido que condenar a largas penas de cárcel a quienes se han atrevido a cuestionar la «operación especial»

Por desgracia, la ventaja aparente del pueblo ucraniano en el decisivo terreno de la moral de combate se ve equilibrada porque, en la Rusia de Putin –como en la Corea de su aliado Kim Jong-un– la voluntad de vencer la suple el exespía con ayuda de las únicas herramientas que él verdaderamente parece entender: los mecanismos de la represión. Los rusoplanistas suelen defender que esta no es la guerra de Putin, sino la de su pueblo. Vana ilusión. Si tuviera verdadero apoyo, el dictador no habría tenido que condenar a largas penas de cárcel a quienes se han atrevido a cuestionar la «operación especial». Si no temiera a la opinión de los rusos no habría tenido que prohibir el WhatsApp y restringir el uso del Telegram, incluso a los soldados que lo necesitan en el frente ahora que Elon Musk les ha cortado el acceso al Starlink.

Tablas sin gloria

Todo lo expuesto en los párrafos anteriores justifica lo que hemos visto en el Cuarto Año Triunfal. Pero, ¿qué vamos a ver en el siguiente? Sé que llevo años repitiendo lo mismo, pero todo apunta a que el forcejeo de peones en algunas de las casillas menos relevantes del tablero ucraniano no va a impedir un resultado final de tablas. Tablas, además, sin excesiva gloria para ninguno de los contendientes. Ambos se van a quedar muy lejos de sus objetivos políticos y, para más inri, es probable que los dos lo sepan. Sin embargo, pasarán todavía algunos años antes de que Putin o quien le suceda en el trono del Kremlin se resigne a ver una futura Ucrania soberana e independiente, integrada en Europa si es que eso es lo que los ucranianos y los europeos deciden libremente.

Ambos se van a quedar muy lejos de sus objetivos políticos y, para más inri, es probable que los dos lo sepan

En el bando opuesto, es más sencillo que Zelenski o quien le suceda llegue a aceptar que, en el mundo sin reglas de los Putin y de los Trump, Ucrania no va a ser capaz de hacer valer su derecho a la integridad territorial. Pero ningún líder ucraniano lo hará a cambio de nada, como pretende el dictador ruso. Steve Witkoff, el inepto negociador y declarado rusoplanista que, vaya usted a saber por qué, tiene la confianza del presidente de los Estados Unidos, debe de ser el único que no se ha dado cuenta de que la retirada ucraniana del Donbás que él trata de forzar no significaría para Putin el fin de la guerra, sino solo el comienzo de una negociación armada en la que el verdadero objetivo es la rendición incondicional de Ucrania y su vuelta a la órbita de Moscú.

Afortunadamente para los ucranianos, Zelenski tiene las cosas mucho más claras que Trump y no cederá nada sin un acuerdo de garantías… que Putin no puede aceptar porque, si lo hiciera, Ucrania se le escaparía viva. Por eso, mientras sobre el terreno sigue representándose la tragedia provocada por el error estratégico cometido por el dictador ruso hace ya cuatro años, los lectores de El Debate no podemos hacer otra cosa que esperar sin esperanza. Esperar a ver qué da de sí este «Quinto Año Triunfal». Nunca se sabe. Quizá todavía me sirva lo que escribí el año pasado para explicar lo que va a ocurrir en el siguiente.