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Por la boca muere el pez... Trump

Lo que hemos oído estos días a Steve Witkoff –su chico de los recados preferido– sobre el enfrentamiento con Irán da lugar a que, si el lector está aburrido, analice conmigo esta última posibilidad, la de que las declaraciones de Trump formen parte de un plan deliberado para confundirnos a todos en beneficio de los intereses suyos o los de los Estados Unidos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronuncia su primer discurso sobre el Estado de la UniónAFP

El presidente Donald Trump acaba de presentar su hoja de servicios anual en el Capitolio, recibida con la división de opiniones que cabe esperar en un país cada día más polarizado. Quede para el pueblo norteamericano el valorar los logros del republicano en la política doméstica. Quede para los estrategas –absténgase, por favor, los de salón– determinar si los continuos enfrentamientos del magnate con los aliados naturales de los EE.UU. fortalecen o debilitan la causa MAGA que él dice defender. Quede para los historiadores evaluar si el derribo del orden internacional al que tanto ha contribuido el magnate –Washington acaba de abstenerse en la votación de una resolución de la Asamblea General de la ONU que pedía la paz en Ucrania– hará del mundo un lugar mejor o peor.

Sin embargo, si nos atenemos a la esfera militar, creo que todos podemos reconocer que en el primer año del segundo mandato de Trump ha habido más luces –la tregua de Gaza, la captura de Maduro y el bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán– que sombras: el fracaso del Yemen y las continuas concesiones a Vladimir Putin en las negociaciones sobre Ucrania.

El problema de Donald Trump, tanto ahora como en su primer mandato, no está tanto en lo que hace –no tan diferente de lo que haría cualquier otro presidente republicano– como en lo que dice. ¿Qué ganaba el hombre cuando propuso curar la COVID con lejía? ¿Qué gana ahora con su absurda pretensión de conseguir el permio Nobel de la Paz? Detrás de sus palabras, ¿hay narcisismo, estupidez o táctica deliberada?

Lo que hemos oído estos días a Steve Witkoff –su chico de los recados preferido– sobre el enfrentamiento con Irán da lugar a que, si el lector está aburrido, analice conmigo esta última posibilidad, la de que las declaraciones de Trump formen parte de un plan deliberado para confundirnos a todos en beneficio de los intereses suyos o los de los Estados Unidos.

Técnicas de confusión

Los militares tenemos entre nuestras más antiguas herramientas de guerra electrónica la de la perturbación por ruido aleatorio. Concebida para ahogar una señal por la fuerza de las interferencias electrónicas en lugar de engañar a los operadores enemigos, no es la técnica más eficaz frente a los sistemas modernos y tiene, entre sus muchos inconvenientes, el de que delata la posición del emisor.

Si nos desplazamos al nivel estratégico, podríamos considerar como un ejemplo de esta técnica, con sus ventajas e inconvenientes, algunas de las más recientes declaraciones de los portavoces del Kremlin. Para que no se note tanto el cuarto aniversario de la invasión de Ucrania, se han enzarzado en acusaciones sobre la entrega de armas nucleares a Kiev por parte de potencias europeas. Como ocurre con el ruido en los sistemas de radar, todo el mundo es consciente de la falsedad de estas señales… pero ayudan a que no prestemos atención al hecho de que, cuatro años después, el propio Peskov se vea obligado a reconocer que no se han alcanzado los objetivos de la guerra.

Una técnica más compleja pero mucho más eficaz es la que busca provocar la confusión entre los sirvientes de los sistemas –no necesariamente humanos en los más modernos– creando blancos falsos que parezcan más atractivos que los reales. A ella se aplica el enviado especial de los EE.UU. para Oriente Próximo, Steve Witkoff, cuando declara a Fox News que «Irán está a una semana de poder fabricar bombas nucleares».

Por desgracia para el empresario reconvertido en embajador, una condición necesaria para que esos blancos falsos sean creíbles es la coherencia. Si aparecen en un lugar y, de repente, los vemos en otro cualquiera… hará falta un fuerte condicionamiento ideológico para que nos dejemos engañar. Solo hace ocho meses que el presidente Trump aseguró que había destruido el programa nuclear iraní completamente –«obliterated», fue la concluyente palabra usada por el magnate– mientras sus asesores dejaban caer que haría falta al menos una década para reconstruirlo.

Cualquier lector podrá creerse una de las dos afirmaciones o –ese es mi caso– ninguna de ellas. Pero solo los trumpérrimos podrían defender que ambas son ciertas o, más probablemente –la contradicción parece insuperable y la enfermedad ideológica también afecta a personas inteligentes– aplaudir las dos declaraciones como necesarias, cada una en su momento.

¿Quién confunde a quién?

El problema de la confusión es que a menudo se propaga en todas las direcciones. ¿A quién quiere confundir Witkoff? Entrevistado por Lara Trump en Fox News, el hombre que protagoniza las negociaciones con la República Islámica confesó que el presidente no entendía del todo la posición de Teherán. «No quiero usar la palabra frustrado» –declaró Witkoff– «porque él entiende que tiene muchas alternativas, pero (a Trump) le parece curioso que ellos no hayan… no quiero usar la palabra capitulado, pero ¿por qué no han capitulado? ¿Por qué, bajo esa presión, con la cantidad de poder marítimo y poder naval (sic) que hay allí, por qué no han venido a nosotros a decir que no quieren el arma (nuclear) …»

Sinceramente, tiene Trump a su disposición centenares de miles de personas que, además de no emplear las palabras que dicen que no quieren usar, le podrían explicar lo que él no termina de entender. Militares, diplomáticos o incluso historiadores. Si Witkoff no puede hacerlo, el magnate debería despedirlo y buscar a otro que le asesore mejor. Alguien que, aunque no haya leído a Clausewitz –un escritor tan espeso que no conozco a nadie que haya terminado su magna obra– sí sea capaz de aplicar al menos la más importante de sus enseñanzas: «El primero, el supremo, el de mayor alcance de los juicios que se espera del estadista es establecer la clase de guerra en que se va a embarcar, sin confundirla ni intentar cambiarla por algo extraño a su naturaleza».

No me gusta que me engañen, pero ojalá fuera mentira que Trump no entiende lo que ocurre en Irán.