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AnálisisJosé Manuel González Rubines

El reflejo anti Occidente: parecidos entre Irán, China, Venezuela y Cuba

¿Qué deben hacer los pueblos que han intentado sacudirse de encima a sus dictaduras sin lograrlo? ¿Esperar indefinidamente a que actúen los organismos internacionales que han demostrado ser incapaces de impedir miles de muertes por represión?

El tablero de las dictadurasDavid Díaz

¿Qué tienen en común el régimen de los ayatolás en Irán, la Rusia de Vladímir Putin, la China de Xi Jinping o la Cuba postcastro? Además de ser sistemas políticos no democráticos que violan abierta y sistemáticamente los derechos humanos de sus pueblos, comparten otro rasgo: todos se definen, de manera explícita o implícita, en oposición a Occidente.

Lo curioso es que ese hecho ha generado en ciertos sectores de la izquierda un reflejo ideológico que simplifica de forma alarmante la lectura del mundo. Para una parte de ellos, el mapa moral se organiza según una premisa casi automática: si un actor político se enfrenta a Occidente o se presenta como víctima suya, merece comprensión y apoyo; si, por el contrario, forma parte del sistema político occidental, será observado con la desconfianza del potencial culpable.

Esta lógica opera como un poderoso marco interpretativo y explica, por ejemplo, tanto algunas de las posturas del Gobierno español ante conflictos internacionales recientes como ciertos discursos que hemos visto en la gala de los premios Goya. El fenómeno, como Jano, el dios romano de las dos caras, tiene una dimensión interna y otra externa.

La dimensión interna, en la que no me detendré, se expresa en un curioso –y a veces patológico– desprecio hacia los pilares históricos de la identidad española. Resulta significativo, por ejemplo, que se ridiculice la fe de los jóvenes cuando el cristianismo ha sido uno de los vectores fundamentales de la identidad histórica de España y uno de los elementos que permitió su contribución decisiva y nunca igualada por otra nación, a la expansión de la civilización occidental al otro lado del Atlántico. Es el mismo clima, ya cotidiano, que provoca que llevar una bandera de España en el puño baste para ser etiquetado como «facha» o extremista, síntoma de una autonegación nacional con tintes enfermizos.

En el plano exterior, la política internacional del actual Gobierno español ilustra bien este reflejo ideológico. Lo vemos en la posición adoptada ante el conflicto con Irán, un régimen que no solo reprime brutalmente a su propio pueblo, sino que además ha protagonizado una agresión contra un país de la Unión Europea. Y lo hemos visto también en otros escenarios, como en la defensa pública de China como socio preferente en momentos de tensión con Estados Unidos, en la insistencia en el «diálogo» con el régimen venezolano tras años de represión o en la constante indulgencia hacia la dictadura cubana. No se trata, salta a la vista, de episodios aislados, sino de un patrón reconocible.

Criticar errores o excesos de las democracias occidentales es perfectamente legítimo, la cuestión no radica en apoyar acríticamente a Occidente ni en negar la complejidad del sistema internacional. Lo que resulta cuando menos problemático es que esa crítica se materialice en condescendencia hacia regímenes autoritarios cuya característica central es precisamente la negación de las libertades políticas básicas.

Al final, la cuestión es esencialmente ética. Millones de personas viven bajo sistemas que no les permiten elegir a sus gobernantes ni expresar libremente sus opiniones. Cuando esas sociedades intentan reclamar cambios, como ocurrió en Irán, en Cuba o en Rusia en distintos momentos, la respuesta del poder es la represión. ¿Qué deben hacer los pueblos que han intentado sacudirse de encima a sus dictaduras sin lograrlo? ¿Esperar indefinidamente a que actúen los organismos internacionales que han demostrado ser incapaces de impedir miles de muertes por represión? ¿O confiar en un diálogo que gobiernos como el español invocan con frecuencia, pero cuyos resultados rara vez van más allá de prolongar la supervivencia de los regímenes autoritarios?

Solo quien ha vivido en carne propia lo que significa la represión de una dictadura comprende hasta qué punto resulta desesperante observar estas posturas. Para quienes han sufrido la censura, la persecución o el exilio, ver a un actor que debería ser de primer nivel, como España, situarse del lado del victimario y no de la víctima produce una mezcla de frustración y desconcierto difícil de explicar. Más aún cuando ese victimario se define en abierta oposición a los valores que la propia historia y cultura españolas han contribuido a forjar: la defensa de la dignidad humana y la idea misma de libertad política.

Los alineamientos internacionales pueden ser complejos y cambiantes; lo que no debería serlo son los principios que orientan nuestras simpatías políticas. Mientras tanto, el Gobierno de España parece haber optado por una posición que reduce su peso político internacional. Un país con su historia y vínculos con Hispanoamérica podría desempeñar un papel relevante en la resolución de conflictos como el cubano o el venezolano. Sin embargo, las decisiones de su actual élite política han terminado por relegarlo a un papel secundario –por no decir marginal– en la escena internacional.

En el año en que la Escuela de Salamanca cumple cinco siglos, España no solo se sitúa en el lado equivocado, también desperdicia una oportunidad histórica de ejercer la influencia que su trayectoria y cultura le permitirían tener. Ese es un precio que las naciones siempre terminan pagando y que los españoles tendremos que asumir y corregir.