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AnálisisAntonio Alonso
Mauricio G. Álvarez

No es Irán, es China

Pekín es claramente el rival más dispuesto a enfrentarse a la voluntad norteamericana. Su reacción oficial al ataque sobre la República Islámica ha sido tajante en su condena, pero aparentemente cargada de prudencia y mesura en sus consecuencias prácticas

Estados Unidos y China son dos potencias, pero aún muy distantes a nivel militar

Ilustración de las bandereas de Estados Unidos y de ChinaEl Debate

Sin pecar de dramáticos, haciendo un breve repaso de los acontecimientos internacionales del último mes, debemos reconocer que el mundo está viviendo una situación excepcionalmente grave. El ataque a Irán no parece sino el penúltimo episodio en una guerra global en la que se ha empeñado la Administración Trump por afirmar la hegemonía mundial de los Estados Unidos.

Por eso resulta pertinente traer a la memoria la obra del politólogo estadounidense Graham Allison, quien en su libro Destinado a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides? ejemplificaba con el caso clásico de la lucha entre Esparta (potencia asentada) y Atenas (potencia emergente) en las Guerras del Peloponeso, la inevitabilidad de un futuro enfrentamiento entre EE.UU. y China.

Parece que el tiempo le está dando la razón. Lo que se está desarrollando estos días ante nuestros ojos en territorio iraní y aledaños no es un simple conflicto regional entre Israel-EE.UU. y el régimen de los ayatolás, sino un choque a través de fuerzas subsidiarias o interpuestas entre ambas superpotencias. ¿Alguien puede pensar que Irán podría resistir por si solo, sin auxilios –inteligencia, satélites, radares, drones, entre otras cosas—, provenientes de Rusia y China? Como es bien evidente que la ayuda proveniente de Moscú debe de ser escasa –pues centra sus esfuerzos en Ucrania–, ¿de dónde le vendrá el auxilio?

En el escenario global China es claramente el rival más dispuesto a enfrentarse a la voluntad norteamericana. Su reacción oficial al ataque sobre Irán ha sido tajante en su condena, pero aparentemente cargada de prudencia y mesura en sus consecuencias prácticas.

Sin embargo, debemos advertir que, con enorme inteligencia, el gigante asiático está sabiendo desarrollar un doble juego: en primer lugar, está transformando su imagen pública al presentarse como la potencia global que defiende la civilización y el orden internacional frente a la «locura bélica estadounidense», en palabras del portavoz de su Ministerio de Defensa, Zhang Xiaogang.

Sus llamadas a respetar el orden internacional y a mantener los principios de la Carta de Naciones Unidas han sido constantes. Al mismo tiempo, el explícito desprecio de la Administración Trump al derecho de gentes, a las instituciones internacionales y al multilateralismo, así como sus intervenciones militares al margen de las normas internacionales ha creado un vacío en el liderazgo moral entre las naciones que el Celeste Imperio está dispuesto a ocupar rápidamente.

China quiere ser en el siglo XXI, ante las demás naciones y ante su propio pueblo, el que encabece la defensa del derecho, demostrando así también la superioridad oriental en la esfera ética y frente a la decadencia moral de Occidente. Pero, además, China ha sabido reconocer igualmente que la aventura iniciada por Estados Unidos en Oriente Medio y en el Caribe ha creado el precedente necesario para que cualquier potencia regional haga y deshaga a su antojo en su área de influencia sin que ningún otro Estado pueda reprocharle sus actuaciones ni sea necesario justificar su acción.

En ese escenario la situación de Taiwán se ha debilitado claramente. Recordemos que la antigua isla de Formosa sigue siendo considerada una provincia de China en rebeldía, ya que desde 1971 dejó de ser miembro de Naciones Unidas para ceder su asiento a la República Popular de China. Teniendo en cuenta el lugar tan bajo en el que se encuentra el listón moral de las relaciones internacionales, difícilmente ningún país de Occidente ni ninguna institución supranacional podría reprochar al gobierno de Xi Jinping intervenir en ese territorio que consideran por muchas razones como propio.

En ese escenario la situación de Taiwán se ha debilitado claramente

Así, en el cónclave político anual más importante, el Liaunghi, que se ha clausurado en Pekín hace escasos días, se decidió aumentar la presión militar y política sobre la isla para avanzar decididamente hacia lo que denominan como la «reunificación nacional». Y eso pese a las advertencias de Estados Unidos, para la que Taiwán es una localización geoestratégica irrenunciable.

La sucesión de crisis internacionales que estamos presenciando ha sacudido de tal forma el tablero internacional que se hace imprescindible pararse a reflexionar sobre el momento que estamos viviendo y ampliar nuestra mirada más allá del actual conflicto en Oriente Medio y fijarnos en otros importantes actores, claves en la nueva coyuntura geopolítica que se abre a partir de ahora.

Además, como último apunte, ligeramente en clave nacional, también debemos prestar especial atención a los posicionamientos de los actores secundarios. Por eso, si uno escucha atentamente el discurso pronunciado por Pedro Sánchez, el pasado 4 de marzo en contra de la guerra de Trump contra Irán, podrá identificar claramente que coincide en un alto porcentaje con el discurso oficial chino. ¿Casualidad?

*Antonio Alonso Marcos es profesor de Relaciones Internacionales, Universidad CEU San Pablo

*Mauricio G. Álvarez Rico es doctor en Historia y Máster en RR.II. por el King´s College London

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