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Los siete pecados capitales del «no a la guerra»

Un Gobierno responsable debería explicar en el Congreso sus argumentos y someterlos a la aprobación de quienes representan la voluntad popular. Nuestro Gobierno, sin embargo, no ha hecho ni una cosa ni otra

Manifestación bajo el lema «No a la guerra», en ValenciaEFE

La guerra puede ser muchas cosas, desde un crimen contra la humanidad a un imperativo ético. Ambos supuestos tienen encaje en la Carta de las Naciones Unidas aunque, por desgracia, el juez que debe decidir en cuál nos encontramos en cada caso concreto sea el Consejo de Seguridad de la ONU, un extraño tribunal donde los delincuentes habituales tienen derecho de veto.

Si nos centramos en el caso de Irán, esta guerra no me parece ni una cosa ni otra. Es lo que tiene la vida real, que rara veces admite interpretaciones en blanco y negro. Israel, el cerebro detrás de esta campaña, tiene razones para alegar legítima defensa frente a un régimen que, a través de sus proxies, hace algo más que amenazar su existencia. ¿Guerra justa entonces? Cualquier abogado de la parte contraria alegaría que la legítima defensa no es aplicable si media provocación. Juzgar este caso concreto nos llevaría muy atrás en la historia, seguramente para concluir que ni Israel ni ninguno de sus vecinos tienen las manos limpias.

En esta compleja situación, que se ve además exacerbada por el programa nuclear iraní –nos fiamos menos de las armas de destrucción masiva en manos del régimen revolucionario islámico que en las de la democracia israelí– el partido que gobierna España tiene derecho a preferir la neutralidad. Claro que, si así lo hiciera, su decisión tendría importantes repercusiones en nuestra política exterior. Por esa razón, un Gobierno responsable debería explicar en el Congreso sus argumentos y someterlos a la aprobación de quienes representan la voluntad popular.

Nuestro Gobierno, sin embargo, no ha hecho ni una cosa ni otra. Ni neutrales ni convenientemente informados –en todas las televisiones preguntan a jubilados como yo, que no tenemos todas las respuestas– los españoles hemos sido testigos de cómo se ha intentado llevar a la calle la pancarta del «no a la guerra» –sin demasiado éxito, por cierto– como si gobernar fuera lo mismo que salir de manifestación.

A falta de un debate serio en el Congreso debe haberlo en los medios. Para poner mi granito de arena, permita el lector que le exponga cuáles son, en mi opinión, los siete pecados capitales de nuestro «no a la guerra».

Teatralidad

Un «no a la guerra» auténtico debería ir acompañado de una declaración de neutralidad que, afortunadamente –como he dicho, tendría consecuencias irrevocables en la ubicación de España en el mundo– no se ha producido. A pesar de las ostentosas declaraciones públicas, nuestra postura no es la de un país neutral, sino «no beligerante».

Incoherencia

Las medidas tomadas por el Gobierno en esta cuestión son extrañamente incoherentes: no a la guerra aérea pero sí a la naval. Decimos –parece que solo lo decimos– que aplicamos el mayor rigor en el sobrevuelo de nuestro territorio… pero preferimos la política del avestruz en los muelles de la base de Rota. De allí han salido tres de los destructores que hoy están combatiendo en Irán –los tres llevan misiles de crucero Tomahawk además de los Standard SM-3 del escudo antimisiles– y allí se da apoyo y se rearma a otros dos buques más que, no nos engañemos, saldrán a la mar cuando los necesiten los EE.UU.

Asimetría

Para más inri, nuestro rechazo a la guerra es asimétrico. Vemos con pragmatismo las acciones agresivas de China en el mar de China Meridional, nos desentendemos de sus amenazas a Taiwán y miramos para otro lado para no notar demasiado sus violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, nos llenamos de dogmatismo en las relaciones con los EE.UU., como si tuviéramos derecho a dar lecciones a la persona que, mal que nos pese, encarna la voluntad del pueblo norteamericano.

Cinismo

Aunque toda Europa sea culpable de este pecado, solo puede calificarse como cínica la postura de apoyar las operaciones «defensivas» relacionadas con el conflicto pero no las «ofensivas». La guerra es defensa y es ataque. Justificar el envío de una fragata a Chipre porque su misión es defensiva –o, como hacen los británicos, autorizar solo el empleo de sus bases para los vuelos de bombardeo que tengan como objetivo las armas de Irán– equivale a exculpar a quienes, en una pelea callejera, sujetan los brazos de uno de los contendientes mientras el otro le golpea.

Deslealtad

El «no a la guerra» no solo es desleal con el presidente Donald Trump, un líder que seguramente se lo merece. Es desleal también con Europa. Ninguno de sus gobernantes verá con buenos ojos que nuestro Gobierno, que tampoco tiene tanto de qué presumir, pretenda darles lecciones públicas de ética. La brecha que así se produce es tan obvia que hasta el régimen iraní ha tratado de aprovecharla para su propaganda con pegatinas en sus misiles o autorizaciones no solicitadas para el cruce del estrecho de Ormuz.

Contradicción

Mientras nuestro Gobierno –hasta los gatos quieren zapatos– pretende liderar la oposición a Trump en Europa, nos pone a la cola de todas las propuestas que de verdad buscan la autonomía estratégica de la Unión Europea: el plan de rearme y las iniciativas relacionadas con la disuasión nuclear propia. No solo mordemos la mano que nos da de comer –que es lo que preocupa a los analistas de la economía– sino la que sostiene el paraguas que nos defiende de Vladimir Putin.

Cortedad de miras

Basta escuchar las declaraciones que acompañan el «no a la guerra» para entender que, más que una política de Estado, se trata de una iniciativa dirigida a nuestra opinión pública. Todas las decisiones del Gobierno sobre este asunto podrían haberse tomado con discreción, como han hecho en otros países europeos. El que no se haya hecho así sugiere que el enfrentamiento con la oposición ha prevalecido sobre los intereses de la nación… y, aunque está mal que yo lo señale, eso es lo mismo que decir que el Gobierno ha puesto sus intereses por encima de los nuestros.