El río Litani, meta de Israel en El Líbano
Beirut se ha convertido otra vez en un espacio simbólico y operativo de la guerra, alcanzado por bombardeos selectivos contra infraestructuras de la organización terrorista chií
Un libanés conduce su motocicleta a través de un puente sobre el río Litani mientras cazas de combate de las FDI bombardean la zona cercana a Qasmiyeh, Líbano,
Líbano atraviesa una transformación profunda, marcada por la convergencia de elementos militares, políticos y regionales, que han debilitado aún más la soberanía real del Estado sobre su pequeño territorio. El conflicto con Hezbolá ya no es un frente aislado, sino una extensión directa del choque entre Israel e Irán.
El país sirve como plataforma operativa de una milicia que supera en capacidad al propio Estado. En este contexto, Beirut se ha convertido otra vez en un espacio simbólico y operativo de la guerra, alcanzado por bombardeos selectivos contra infraestructuras de la organización terrorista chií. El hecho muestra un cambio en la doctrina militar hebrea, que apunta hacia objetivos más amplios y no sólo fronterizos.
Israel ha definido con claridad sus objetivos estratégicos. El eje central consiste en neutralizar de forma duradera la amenaza de Hezbolá, cuya capacidad de lanzar miles de cohetes y drones ha sido demostrada en los últimos meses, con alrededor de 5.000 ataques dirigidos contra territorio judío, aunque sus ataques han golpeado también numerosas aldeas árabes en Galilea.
Esta realidad produjo una revisión del concepto de disuasión: ya no se trata de contener, sino de modificar el espacio físico desde el cual opera la milicia. En esa lógica, la referencia geográfica clave es el río Litani, convertido en una futura línea de separación estratégica. Jerusalén busca crear una zona de seguridad bajo su control efectivo entre la frontera norte y este río, lo que implica ocupar o supervisar un 8 % del territorio libanés.
Zona de seguridad en el sur
Este planteo no es nuevo en términos históricos, pero sí lo es en su nivel de implementación. Las autoridades israelíes han anunciado medidas que incluyen la destrucción sistemática de estructuras en zonas fronterizas, la imposibilidad de retorno para miles de desplazados y la creación de una franja despoblada que impida la infiltración de terroristas. La intención es doble: por un lado, eliminar la presencia operativa de Hezbolá; por otro, impedir que el grupo vuelva a reconstruir su red logística en la región. Se trata, en esencia, de transformar el sur del Líbano en un espacio sin fuerzas militares hostiles, incluso a través de una ocupación prolongada.
Naim Qassem, nuevo líder de Hezbolá, actúa bajo una lógica distinta. Su objetivo no es la clásica defensa territorial del Líbano, sino la preservación de su papel como brazo satélite de Irán en el Mediterráneo oriental. La organización ha dejado claro que considera cualquier retirada al norte del Litani como una amenaza existencial, lo que explica su voluntad de mantener el enfrentamiento abierto. Su estrategia combina resistencia armada, presión mediante ataques constantes y una narrativa interna que presenta el conflicto como parte de una lucha regional contra Israel y sus aliados. Sin embargo, esta postura genera oposición creciente dentro del propio Líbano, donde la gente siente que el país ha sido arrastrado a una guerra que responde a intereses externos y no nacionales. Además, se culpa a Hezbolá de haber iniciado los ataques contra la voluntad popular y las propias advertencias del gobierno legítimo.
El ministro de Defensa Israel Katz avisó que los 600.000 residentes libaneses evacuados no podrán regresar hasta que se garantice la seguridad de los habitantes del norte de Israel. «Se establecerá una zona de seguridad y se mantendrá el control de toda la región hasta el río Litani, una vez que finalice el conflicto con los terroristas», declaró este martes 31 de marzo. «Al finalizar la operación, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) controlarán la zona hasta el río, incluidos los puentes que aún se conservan sobre él, eliminando a las fuerzas Radwan -unidad de élite chiita- que se infiltraron y destruyendo todas las armas encontradas», afirmó un comunicado.
Pulso entre Joseph Aoun y Naim Qassem
En el plano institucional, el presidente Aoun tiene un margen de maniobra muy limitado. El Estado libanés carece de capacidad real para imponer su autoridad sobre Hezbolá, lo que reduce su papel a la gestión de consecuencias más que a la imposición de estrategias. No obstante, se observan señales de intento de reposicionamiento, como la expulsión del embajador iraní, un gesto que muestra la voluntad del poder libanés de distanciarse de la influencia de Teherán. Esta tensión interna refleja una fractura: por un lado, un Estado que busca estabilidad y reconocimiento; por otro, una milicia que responde a una potencia radical y agresiva.
El papel de Siria también es relevante, aunque más silencioso. El territorio sirio funcionó como corredor logístico para el suministro de armas iraníes, lo que convierte a Siria en un elemento clave en la ecuación estratégica. Israel, consciente de ello, mantiene una política de cierta coordinación con el nuevo gobierno de Damasco.
Las comunidades cristianas libanesas observan esta realidad con preocupación. Históricamente favorables a un equilibrio estatal y a vínculos con Occidente, perciben el fortalecimiento de Hezbolá como una amenaza a la identidad plural del país. Su influencia política, aunque relevante, no es suficiente para alterar el equilibrio militar, pero sí contribuye a un debate interno cada vez más duro sobre el futuro del Estado y su relación con los países regionales.
El factor humano que provoca la situación es muy grave. El conflicto causó casi un millón de desplazados y cientos de víctimas, alterando la demografía y generando mayor presión sobre una economía en crisis.
En términos estratégicos, el conflicto muestra una transición desde choques puntuales hacia una reordenación del poder territorial. Israel busca garantizar una frontera norte estable mediante el control físico; los chiíes quieren mantener su fuerza militar; y el Estado libanés quiere preservar su existencia institucional en un entorno que lo supera. Teherán, hoy jaqueado, usa el escenario como apoyo a su ambición expansionista. La evolución de estos factores determinará si el sur del Líbano se convierte en zona de amortiguación israelí o en una frontera pacífica, si Beirut logra dominarla tras la expulsión de Hezbolá.