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Eduardo Zalovich
CrónicaEduardo ZalovichTel Aviv (Israel)

Un Irán acorralado es ahora más peligroso que nunca

A medida que continúan cayendo bombas, el régimen podría recurrir a actos de terrorismo cada vez más desesperados para demostrar a Estados Unidos que, aunque esté debilitado, aún no está derrotado

la gente ondea banderas nacionales y sostiene retratos del líder supremo de Irán, Mojtaba Khamenei, mientras marchan en apoyo de las fuerzas armadas iraníes.

Iraníes sostienen retratos del líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, en apoyo a las Fuerzas Armadas iraníesAFP

Al comienzo de la Operación Furia Épica, las autoridades estadounidenses decidieron imponer una alerta máxima a nivel nacional contra actos de terrorismo. Según Mathew Levitt —investigador del Instituto Washington— «un régimen desesperado puede atacar cualquier objetivo». Después de que en los primeros ataques eliminaran al dictador iraní, Alí Jamenei, la Fuerza Quds, del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI, emitió por televisión una advertencia: «El enemigo debe saber que sus días de gloria han terminado y que ya no estará seguro en ningún lugar del mundo, ni siquiera en sus propios hogares».

Desde entonces, se ha vinculado a Irán con complots en Azerbaiyán, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y el Reino Unido. Según el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la República Islámica podría estar intentando activar células durmientes por el mundo. «Sabemos de muchas cosas terribles», anunció, añadiendo que Washington está «muy al tanto de la situación».

«Irán —sostiene Levitt— lleva mucho tiempo utilizando el terrorismo como herramienta de política exterior, no sólo para exportar el yihadismo al mundo, sino también para atemorizar a los enemigos del régimen». Pero Teherán –agrega– «siempre ha sido cauteloso respecto a cómo, cuándo y dónde emplear el terrorismo. Favorecía operaciones de las que podía negar razonablemente su participación, con la esperanza de evitar represalias, sanciones, aislamiento diplomático o ataques. Los conspiradores iraníes practicaban la paciencia estratégica y no actuaban ante cada oportunidad que se les presentaba».

Sin embargo, hoy el régimen siente que su proyecto revolucionario está bajo una amenaza existencial. El asesinato de Jamenei y otros altos funcionarios iraníes, junto con la intención de un cambio de sistema, ha convencido a Teherán de que debe llegar hasta el extremo para detener la guerra, incluso llevándola a Europa y Estados Unidos. Con su liderazgo gravemente debilitado, y su aparato de seguridad humillado por la profunda infiltración de la Inteligencia israelí y estadounidense, Irán no ve mayores inconvenientes en dar luz verde a una amplia variedad de ataques, desde complots a pequeña escala hasta atentados con numerosas víctimas, sin tener en cuenta las repercusiones.

Es probable que apueste a que el público estadounidense carece de la fuerza para soportar las pérdidas civiles, y que si logra un gran atentado, el coste político de continuar la guerra se volverá demasiado alto para la Administración Trump. A medida que continúan cayendo bombas, el régimen podría recurrir a actos de terrorismo cada vez más desesperados para demostrar a Washington que, aunque esté debilitado, aún no está derrotado. Sin nada que perder, podría llegar a extremos sin precedentes.

La fiera acorralada

La situación militar y política de Irán es «una combinación de guerra abierta, recomposición del poder interno y resistencia del régimen», según el análisis del medio opositor Irán International, compartido por Fox News y Foreign Affairs.

Desde el punto de vista militar, el país atraviesa una fase de alto riesgo. La campaña de Estados Unidos e Israel ha destruido capacidades clave –especialmente defensa aérea y mandos–, pero no ha colapsado la estructura militar. El sistema iraní ha mostrado una notable capacidad de adaptación. Este hecho coincide con el enfoque clásico que suele destacar Foreign Affairs: los regímenes con bases ideológicas radicales tienden a absorber «golpes de decapitación» sin desintegrarse de inmediato.

La campaña de Estados Unidos e Israel ha destruido capacidades clave, pero no ha colapsado la estructura militar

En el terreno operativo, Teherán ha intensificado su estrategia asimétrica. Está utilizando drones, misiles y guerra híbrida para compensar su inferioridad frente al poder aéreo occidental. A su vez, los expertos subrayan un dato clave: aunque más del 90 % de los misiles iraníes son interceptados, el coste es muy alto. El conflicto ha escalado además hacia dimensiones críticas, como el control del estrecho de Ormuz. La eliminación de altos mandos navales iraníes y la amenaza de operaciones sobre infraestructuras estratégicas muestran que el teatro marítimo es hoy decisivo. Paralelamente, Irán refuerza posiciones en la isla de Kharg, anticipando una posible invasión terrestre.

En el plano político interno, la situación es difícil pero –por ahora– no terminal para el régimen. La eliminación del líder supremo y la transición han abierto una fase de reacomodamiento del poder. No se han producido deserciones masivas en las Fuerzas de Seguridad, condición esencial para la caída de la teocracia. Esto sugiere que el aparato represivo, pese a los golpes, sigue siendo relativamente funcional. Donde sí se observa la mayor fragilidad es en el frente interno. Informes opositores indican protestas extendidas, represión brutal y, de forma significativa, el uso de mercenarios para ayudar a aplastar disturbios. Esto indica tensiones en la voluntad represiva propia. Se calcula que apenas el 10 % de la población apoya al Gobierno.

Estados Unidos e Israel mantienen una superioridad militar clara. Washington evalúa un golpe decisivo, mientras Irán apuesta por resistir, elevar costes y evitar concesiones. Las negociaciones existen, pero ambas partes mantienen posiciones de momento inconciliables. Los ayatolás y el CGRI han demostrado ser un sistema resiliente, capaz de absorber golpes extremos sin colapsar, mientras que sus adversarios enfrentan el dilema clásico: intensificar la guerra o aceptar una solución incompleta. Ante esta situación impredecible la República Islámica, con décadas de total desprecio por la vida de propios y adversarios, puede intentar una acción apocalíptica.

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