Turquía en la Operación «Furia Épica» y su doble juego por el uranio enriquecido
Igual que China, Turquía ha decidido jugar un doble juego. Al mismo tiempo que se presenta como defensor de la paz, se ha postulado para albergar y custodiar el uranio enriquecido por Irán, mientras inicia el camino para lograr desarrollar un arma nuclear propia
El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en Kyrgyzstan
A punto de alcanzar el mes de guerra con Irán, salta a la palestra un actor más: Turquía. Por desgracia, este enfrentamiento bélico sirve para testar algo de lo que se venía advirtiendo desde la teoría. Durante los años '70, '80, '90,… se nos insistió a través de los medios de comunicación de masas –TV, radio, prensa escrita, pero también el cine y las series– en que Oriente Próximo era un polvorín y que había que acercarse con pies de plomo a la zona, pues cualquier movimiento en falso podría hacer saltar por los aires aquel delicado equilibrio.
Y eso es precisamente lo que ha pasado. Si en su primer mandato parecería que Trump había dado con la clave –los Acuerdos de Abraham como realización del viejo «la paz a través del comercio»–, en su actual mandato parece haber dilapidado aquel cúmulo de expectativas. Ha metido la mano en el avispero, lo ha agitado con fuerza, y ha despertado, precisamente, una furia épica.
Una de las grandes incógnitas desde el 28 de febrero es cuál será la respuesta de los países del entorno. El pasado 18 de marzo los Ministros de Asuntos Exteriores de doce países árabes y musulmanes se reunieron de urgencia en Riad, y aprobaron una declaración conjunta en la que de forma unánime se condenaban las acciones de Irán, especialmente el cierre de Ormuz, y se exigía a los ayatolás el cese inmediato de sus ataques a los países vecinos. Hasta ahí todo seguía la lógica natural de enfrentamiento entre sunníes y chiíes y de la excelente relación de los primeros con la Administración Trump. Sin embargo, Turquía logró en el último momento introducir una condena a la agresión israelí contra el Líbano, algo
Como hace días explicamos en esta misma columna acerca de China, también Turquía está tomando la iniciativa para intentar aprovechar el nuevo desorden mundial. Erdogan siempre ha tenido la aspiración de ser la moderna cabeza visible del Islam y el devastador ataque sobre Irán y la muerte del ayatolá han puesto este objetivo más al alcance de su mano.
El presidente turco fue muy rápido en expresar su solidaridad con el pueblo de Irán, llamando a todos los países árabes a detener la guerra y a liderar las acciones necesarias para defenderlos en un intento de ponerse moralmente a la cabeza de los pueblos de Oriente Medio. A esto debemos añadir que, en las últimas horas, está cumpliendo un papel mediador entre EEUU e Irán junto a Pakistán y Egipto, en un claro esfuerzo por adquirir una imagen de bróker para la paz en la región.
Sin embargo, igual que China, Turquía ha decidido jugar un doble juego. Al mismo tiempo que se presenta como defensor de la paz, se ha postulado para albergar y custodiar el uranio enriquecido por Irán, mientras completa su trascendental decisión de iniciar el camino para lograr desarrollar un arma nuclear propia, sin la ayuda de Occidente ni de Rusia. Al contrario, Erdogan pretende que sea un arma atómica puramente islámica y para la defensa de los pueblos musulmanes, por lo que ha decidido acudir a la asistencia técnica de Pakistán.
De lograr su objetivo, el desarrollo de un arsenal atómico le daría una posición preminente en el mundo islámico que entonces quedaría bajo el paraguas militar de Ankara. Eso sería un auténtico caballo de Troya en la OTAN y en Occidente, de la que cada vez se distancia más claramente. La invitación inicial americana de empujar a los guerrilleros kurdos a intervenir en Irán como las botas sobre el terreno y evitar así una invasión terrestre netamente americana tampoco ha ayudado a anclar el país al lado europeo del estrecho del Bósforo. La próxima cumbre de la OTAN en Ankara (7-8 de julio) será una prueba de fuego para comprobar cómo quedan las nuevas relaciones entre Oriente y Occidente y hasta qué punto Erdogan está decidido a avanzar hacia sus objetivos, en absoluto ocultos para nadie.
La guerra que se prometía breve (2-3 días, luego 3-4 semanas) se va alargando. Y, peor aún, va escalando y parece que no hay techo. Antes bien, parece que el techo que va quedando a la vista no es nada alentador. El ataque al entorno de la central nuclear de Dimona manda el mensaje de que son capaces de alcanzar aquella región y que podrían haber desatado un desastre nuclear como el de Chernóbil (haciendo inhabitable la Tierra Prometida), pero que no lo han hecho porque no han querido. Y el ataque a la base de Diego García manda otro mensaje igualmente preocupante: tenemos capacidad de impactar objetivos a 4.000 km y, por otro lado, atacaremos sin dudar a aquellos que se metan en esta guerra entre Israel/USA y nosotros.
Como se puede ver, el deseo de Trump de imponer su poder hegemónico está conduciendo a que poco a poco se vaya perfilando un nuevo orden internacional hasta ahora inimaginable. El problema estriba en que, frente a las optimistas declaraciones del presidente americano, la situación se asemeja bastante al mito de la Hidra, a la que cada vez que se le cortaba una cabeza le surgían otras dos. Ante esta nueva situación, será necesario un trabajo hercúleo para poder recuperar el orden y la paz frente al caos en el que el mundo está precipitándose.
- Antonio Alonso, Profesor de Relaciones Internacionales, Univ. CEU-San Pablo
- Mauricio G. Álvarez Rico, Doctor en Historia y Máster en RR.II. por el King´s College London