La hora de Cuba: la dictadura prefiere negociar con Trump y marginar a Marco Rubio
El Gobierno de Miguel Díaz-Canel intenta, sin éxito, saltarse al secretario de Estado, de origen cubano y eje sobre el que gira toda la estrategia para acabar con el régimen
El presidente de Estados Unidos y Marco Rubio. Empieza la cuenta atrás para la liberación de Cuba
Los cubanos de dentro y fuera de la isla se dividen entre los que ven posible e inminente un cambio de régimen y los que se temen que esa opción todavía queda muy lejos. Cada cual ajusta su posición en función de los indicios y de las fuentes cercanas a la Casa Blanca. El presidente Donald Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, son la esperanza de una población sometida por más de medio siglo, en concreto por 67 años.
La miseria eterna de un país administrado por un régimen comunista caótico y cruel se ha acrecentado con el aislamiento de las sanciones renovadas de Estados Unidos. No hay suficiente energía, el grifo del petróleo de Venezuela se ha cortado y el cerco únicamente se abre para dar paso a la ayuda humanitaria.
Ni Claudia Sheinbaum se atreve a violar las disposiciones de Trump que impiden facilitar petróleo a su vecino caribeño. Una excepción llamó la atención la semana pasada: Washington permitió la navegación y amarre en la isla de un petrolero ruso.
La dictadura cubana atraviesa momentos críticos. Según los expertos, más graves aún que los conocidos durante «El periodo especial», cuando las ambulancias llegaron a estar tiradas por caballos por falta de combustible. Los hospitales son insalubres y carecen de medicinas y recursos básicos.; hay pandemias y enfermedades propias de países subdesarrollados además de escasez de alimentos.
La luz al final del túnel es una visión intermitente que Miguel Díaz-Canel, el nonagenario Raúl Castro y su nieto, Raúl Rodríguez Castro, de 41 años, –alías «el cangrejo» y principal asesor de su abuelo–, intentan taponar y conseguir en paralelo sacar ventajas para salir del pozo depresivo, en sentido material y emocional, de una revolución fracasada, pero que se resiste a bajar los brazos.
Lo que más le preocupa al régimen es la presencia y el poder de Marco Rubio., El secretario de Estado de origen cubano, incorruptible y lejos de intereses mercantilistas, es el hombre en el que Donald Trump confía para los grandes desafíos internacionales y cuando se tuercen sus iniciativas. El caso de Cuba para él es personal además de por justicia histórica, cultural y familiar. El objetivo es sencillo: devolver la democracia a la isla.
No confían en que Rubio sea un interlocutor imparcial y quieren apelar directamente al presidente para resolver la creciente crisisAutor de «Canal secreto a Cuba: La historia oculta de las negociaciones entre Washington y La Habana»
«Los cubanos parecen estar intentando sortear a Rubio y enviar un mensaje claro directamente a Trump», asegura Peter Kornbluh, coautor de Canal secreto a Cuba: La historia oculta de las negociaciones entre Washington y La Habana, al Wall Street Journal WSJ. «Este esfuerzo –continúa– sugiere que no confían en que Rubio sea un interlocutor imparcial y quieren apelar directamente al presidente para resolver la creciente crisis».
En La Habana están convencidos de que resultaría más fácil negociar directamente con el republicano que con el secretario de Estado al que se atribuyen presiones constantes para acabar con el régimen. Los intentos de la dictadura por esquivarle no han tenido éxito, pero eso no significa que no vuelvan a intentarlo antes de que la Casa Blanca adopte una decisión definitiva que pudiera provocar un cambio de régimen y en consecuencia, el fin de tantas décadas de satrapía.
El último intento por anular a Rubio
El WSJ publica que el último intento de La Habana para saltarse a Rubio se produjo con la intermediación de un empresario cubano «amigo» de «el cangrejo», Roberto Carlos Chamizo González, de 37 años, dedicado al alquiler de automóviles privados de alta gama y al turismo de lujo.
El nieto de Raúl Castro, –en eterno estado comatoso para la leyenda urbana–, entregó a Chamizo González una carta con membrete del Gobierno para que se la hiciera llegar directamente al presidente de Estados Unidos sin pasar por el filtro del secretario de Estado. Los canales diplomáticos habituales, engrasados desde hace meses, los dejaron al margen.
El periódico observa que «el mensaje, que pretendía llegar a Trump por vía extraoficial, proponía acuerdos económicos y de inversión, así como el levantamiento de las sanciones y advertía que el régimen cubano se estaba preparando para una incursión estadounidense».
Conocido el perfil mercantilista de Trump, el régimen creería que con él puede negociar su supervivencia, –al estilo venezolano–, mientras que con Rubio en medio no tendría más balones de oxígeno.
El temor a que los acontecimientos se precipiten habría puesto en alerta a esa cúpula del poder que intuye que, en cuanto el incendio del golfo Pérsico está de verdad bajo control, los siguientes a los iraníes serán ellos.
La estrategia de los cubanos, como explica José de Córdoba en el WSJ, fracasó. En Migraciones a Roberto Carlos Chamizo González, le impidieron entrar en Estados Unidos. Un agente de Aduanas y Protección Fronteriza le deportó después de apropiarse de la carta.
La pregunta sin respuesta, todavía, es si la misiva llegó a manos del presidente Trump, a las de Marco Rubio o a ninguno de los dos. En cualquier caso, las palabras de Donald Trump sobre Cuba no se las ha tragado el tiempo: «Cuba será la siguiente. Cuba es un país en crisis y estaremos allí para ayudarles», garantiza.