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Los cuestionamientos de cierto chavismo nostálgico que se resiste al chavo-trumpismo

Coinciden los desencantados en que la desmovilización del chavismo, que comenzó en el 2012, no se detuvo nunca. Fue empeorando y no se produjo una verdadera respuesta para revertirla

Jorge y Delcy Rodríguez con Diosdado Cabello celebran la aprobación de la ley de AmnistiaAFP

Por «cierto chavismo» me refiero a militantes o a nostálgicos afectos a Chávez o a la idea de la revolución bolivariana, distintos del extremismo de los últimos miembros del PSUV; distintos del cinismo de enchufados y corruptos; distintos del pragmatismo sumiso de los funcionarios incompetentes y corruptos; distintos de las manadas feroces que, arriba de motocicletas, se especializan en el ataque a quienes protestan, especialmente si se trata de adultos mayores e indefensos; también distintos de la verborrea delirante del sujetos como Diosdado Cabello o Mario Silva.

Creo que en el esfuerzo por comprender qué está ocurriendo en lo que queda del chavismo y del madurismo, especialmente a partir del 3 de enero, es imprescindible reconocer que, a pesar de su tamaño cada vez más exiguo, no constituyen un cuerpo compacto y uniforme, unido e indiferenciado, sino lo contrario: se trata de un archipiélago, minado por las diferencias, los reclamos y las sospechas mutuas. El chavismo-madurismo es hoy algo menos que una colcha de retazos, cuyas partes están cada día más aisladas, distantes y con menos posibilidades de dialogar y establecer una plataforma de acción conjunta.

Con esto quiero adelantar que está ocurriendo lo previsible: un proceso de fragmentación y merma, pero con una peculiaridad: la de una total desvinculación, cuando no de rompimiento, entre los que gobiernan y las bases, es decir, un proceso de alejamiento irreversible, de suspensión de los vínculos entre los jefes y los reductos de militantes que sobreviven en algunos lugares de Venezuela, especialmente alrededor de los organismos del Estado, donde reciben ayudas y prebendas cada vez más modestas e insignificantes.

Entre esos pequeños grupos de izquierdistas dedicados al análisis, en reuniones a puerta cerrada -porque temen a las reacciones políticas, administrativas, legales o policiales de la cúpula-, o en eventos de carácter público, en los que el tono predominante es de eufemismos, se repiten una serie de preguntas, pero muy especialmente dos. La primera, cómo el poder ha venido a parar a esta esquina, es decir, cómo es posible que esté en curso una alianza o un matrimonio de intereses entre lo que Delcy Rodríguez y lo que Donald Trump representan respectivamente.

La segunda pregunta, cargada de incertidumbre y desazón, es qué pasará con el proyecto bolivariano, si todavía existe alguna posibilidad de darle oxígeno a un cuerpo político y social que casi no respira, que ha perdido la casi totalidad de la masa que lo componía, especialmente a partir del 2013, tras la muerte de Chávez y la toma del control del aparato gubernamental por parte de los clanes de Maduro, Flores, Cabello y Padrino López.

En las muchas respuestas a esas dos preguntas, interesa destacar algunas de ellas, no porque sean novedosas o sorpresivas, sino porque provienen del sustento político del régimen, incluso de personas que han sido funcionarios o que tuvieron una presencia significativa en la vocería gubernamental, no solo en tiempos de Chávez, sino incluso durante los mandatos ilegales e ilegítimos del reo Nicolás Maduro Moros.

Coinciden los desencantados en que la desmovilización del chavismo, que comenzó en el 2012, no se detuvo nunca. Fue empeorando y no se produjo una verdadera respuesta para revertirla. Afirman: no había interés. Sino justo lo contrario: el propósito expreso de recoger las energías del activismo y de la militancia callejera para otro posible momento.

Que el gobierno no haya convocado a una marcha el 1 de mayo del 2026 (por primera vez desde 1999), y que solo se haya producido un fracasado intento de la Central Bolivariana de Trabajadores (con los resultados que ya conocemos, el de una caminata que no alcanzó a sumar 200 personas), no es inesperado, ni un resquebrajamiento súbito, sino la consecuencia de una conducción, una «actitud» cada vez más cupular. Porque, dicen estas personas enfundadas en sus camisas rojas y unas boinas que parecen supervivencias de otro tiempo, las prioridades políticas fueron remplazadas por prioridades personales: escogieron una vida de riquezas, alto consumo y estilo lujoso. Se ha conformado una «burguesía chavista», que ya no permanece en las sombras, sino que se exhibe, y que ha protagonizado un giro radical en sus aspiraciones: ya no le interesa parecerse al pueblo, sino a la clase empresarial venezolana. «Imitan a los empresarios, quieren ser como ellos».

Sin embargo, es ante la otra pregunta, la de si la revolución bolivariana puede resurgir, no de sus cenizas sino de su mentalidad oligárquica, consumista y «neo burguesa»; si ante la acelerada implantación de un modelo chavo-trumpista, es decir, un país dedicado a unos determinados negocios en gran escala -petróleo y minería, primordialmente-, que crecerán para atender las demandas de unos mercados extranjeros específicos, si en un modelo donde el pueblo pasa a un segundo o tercer plano, a una tercera o cuarta prioridad, el ideal chavista tiene alguna posibilidad de rehacerse y volver a empezar.

La respuesta a estas preguntas -que, por cierto, puedes rastrearse en las redes sociales y en portales que se autodefinen como revolucionarios- son reveladoras del ánimo y de cuáles son las previsiones dominantes en estas células de nostálgicos rojos hacia el futuro: o hacen silencio o señalan que hay que esperar al surgimiento de un nuevo líder. En otras palabras: entre los nostálgicos de la revolución bolivariana, las expectativas hacia el régimen, ahora encabezado por Delcy Rodríguez, tienden a cero. Se han evaporado.