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AnálisisZoé Valdés

Ormuz, Cuba y el nuevo eje energético euroasiático

La reapertura controlada de Ormuz importa mucho más que por el petróleo; Cuba importa mucho más que por su drama interno; y la alianza entre China y Rusia importa mucho más que por una visita diplomática

Composición de David Díaz con IADavid Díaz

La reapertura controlada del estrecho de Ormuz, el cierre persistente de cualquier expectativa de apertura política en Cuba y el reforzamiento de la alianza energética entre China y Rusia tras la reciente visita de Donald Trump a Pekín forman parte de una misma fotografía geopolítica: un mundo cada vez más fragmentado, donde la energía, la seguridad y el control político interno vuelven a entrelazarse.

Aunque se trate de escenarios distintos, en los tres casos aparece una misma lógica de poder: los Estados priorizan la estabilidad estratégica sobre la liberalización y convierten las crisis en instrumentos de negociación.

En el caso del Estrecho de Ormuz, la palabra clave no es reapertura, sino control. Diversos reportes coinciden en que Irán anunció en abril la reanudación del tránsito comercial durante el alto el fuego, pero bajo corredores definidos por Teherán y con supervisión de su aparato militar. Esa diferencia es crucial: el paso marítimo más sensible del planeta no volvió a la normalidad, sino a una modalidad condicionada.

El mercado petrolero reaccionó con alivio inmediato, y organismos internacionales celebraron el gesto, pero la infraestructura de riesgo siguió intacta: primas de seguros elevadas, dudas sobre la seguridad de navegación y una normalización apenas parcial del tráfico. En otras palabras, se entreabrió el estrecho, pero no se disipó la amenaza. La señal política fue clara: Irán quiso demostrar que puede aflojar la presión sin renunciar al mando sobre una vía por la que circula una porción decisiva del petróleo mundial. Los iraníes pueden esperar para su libertad.

Ese mismo patrón de apertura administrada, o directamente negada, puede observarse en Cuba, aunque en clave política y social. La isla sigue atrapada en el estribillo de siempre: promesas vagas de ajuste, gestos tácticos frente a la presión externa y ninguna señal sólida de libertad política efectiva. Los informes de derechos humanos siguen documentando detenciones arbitrarias, vigilancia, represión de la disidencia y persistencia de presos políticos.

Mientras tanto, la crisis económica, los apagones, la escasez y la emigración masiva agravan una sensación de agotamiento nacional. Incluso cuando aparecen discursos sobre negociación o cambio, el núcleo del sistema permanece intacto. La esperanza de una apertura real vuelve a chocar con una estructura estatal que administra el descontento sin ceder pluralismo, y que parece apostar, otra vez, a sobrevivir mediante control, desgaste social y cálculo geopolítico.

La libertad, en ese marco, sigue pospuesta no por falta de retórica, sino por exceso de continuidad. Retórica es lo que sobra, siempre la misma muela, tal como ha probado en su reciente intervención dirigida a los cubanos por el 20 de Mayo del secretario de Estado Marco Rubio. Y con discursos la gente no vive; Cuba, la malquerida, sigue muriendo.

En paralelo, la visita de Trump a China no debilitó la relación entre Pekín y Moscú; más bien pareció acelerar su teatralización estratégica. El acercamiento de Vladímir Putin pocos días después permitió a Xi Jinping escenificar una autonomía diplomática calculada: China puede recibir a Washington, pero reserva a Rusia un vínculo de profundidad estructural.

El centro de esa relación sigue siendo la energía. Moscú necesita consolidar mercados alternativos tras la pérdida de clientes europeos, y Pekín necesita suministros estables, preferiblemente por vía terrestre, en un contexto donde las rutas marítimas se han vuelto más vulnerables. De ahí la renovada centralidad de los grandes proyectos gasísticos y del aumento sostenido del comercio bilateral en hidrocarburos.

Más que una alianza ideológica perfecta, lo que hoy une a China y Rusia es una convergencia de intereses: seguridad de suministro para unos, supervivencia exportadora para otros, y para ambos la oportunidad de erosionar la primacía occidental en la arquitectura económica global. Los chinos y los rusos no aspiran ya a ser libres, sino a ser ricos, multimillonarios, en ese nuevo sueño del comunismo con capitalismo salvaje.

Vistas en conjunto, estas tres escenas sugieren que el sistema internacional se mueve hacia una etapa de control selectivo antes que de apertura general. En Ormuz, se administra el flujo energético como palanca diplomática. En Cuba, se administra la escasez y la coerción para bloquear cualquier transición efectiva. Entre China y Rusia, se administra la interdependencia energética como respuesta al cerco occidental y a la volatilidad global.

El hilo conductor no es solamente la crisis, sino el uso político de la crisis. Allí donde antes se hablaba de globalización como promesa de integración, hoy predominan corredores vigilados, alianzas defensivas, economías blindadas y sociedades sometidas a tensiones prolongadas. La reapertura ya no significa libertad de circulación plena; el diálogo ya no significa democratización, sino rendición; la cooperación ya no es referente de convergencia, sino construcción de bloques.

Por eso, la reapertura controlada de Ormuz importa mucho más que por el petróleo; Cuba importa mucho más que por su drama interno; y la alianza entre China y Rusia importa mucho más que por una visita diplomática. Los tres casos permiten ver cómo se está reorganizando el poder en 2026: menos confianza en reglas universales, más peso de la fuerza y de la logística estratégica; menos expectativas de apertura, más mecanismos de supervisión; menos hegemonía lineal, más competencia entre centros de poder.

No es un mundo inmóvil, pero sí uno en el que los movimientos decisivos parecen orientarse no a liberar espacios, sino a administrarlos con mayor dureza. Y en ese paisaje, la energía, la soberanía y la libertad dejan de ser asuntos separados para convertirse en capítulos de una misma disputa «global», la palabreja que por fin ha triunfado.