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Las dos caras de la verdad

No es difícil entender las razones de la prensa israelí para escoger bando. Ellos no tienen por qué ocultar cuál es su sardina. Es más complicado, sin embargo, entender las motivaciones de buena parte de la prensa española

Fuerzas de seguridad israelíes montan guardia al oeste de Hebrón, en CisjordaniaAFP

A veces la verdad solo tiene una cara… y una cara muy dura, por cierto, si se me permite esta pequeña incursión en el terreno de la política, que espero quede justificada al final del artículo. Así ocurre en España con los casos de corrupción que El Debate nos desvela casi cada día. Sin embargo, cuando de lo que se trata es de un conflicto entre dos pueblos tan enquistado como el que sufre la antigua Siria Palestina desde hace ocho décadas, es más frecuente que tenga dos. Una por bando.

Veamos un ejemplo. Hace unos pocos días, un informe del Consejo de Derechos Humanos de la ONU condenó con dureza las crueldades de los colonos israelíes en Cisjordania –algo desde luego habitual– pero también las de los militantes de Hamás en la franja de Gaza.

La agencia EFE se hizo eco de la noticia bajo un titular que, al menos en esta ocasión, me parece impecable: Informe de la ONU: los palestinos están atrapados entre las atrocidades de Israel y el miedo a Hamás. En el breve texto que sigue a continuación, la agencia cita al presidente de la comisión para Palestina, el indio Srinivasan Muralidhar, en una frase que considero reveladora: «Lo preocupantemente similar» –se refiere el jurista a los crímenes de ambos bandos– «es la imposición deliberada de sufrimiento a la población civil palestina».

No siempre los organismos de la ONU reflejan las dos caras de la verdad en Oriente Medio pero, cuando lo hacen, hay que celebrarlo. Es imposible resolver los problemas de la humanidad cerrando uno de los ojos y, a esos efectos, poco importa si es el derecho o el izquierdo. Sin embargo, los seres humanos solemos preferir arrimar el ascua a nuestra sardina. Por esa razón, el diario The Times of Israel publica la misma noticia bajo un titular muy diferente: Miembros de Hamás ejecutaron y mutilaron a docenas de palestinos en Gaza, dice un informe de la ONU. En cambio, el diario El País, en su línea habitual, prefiere destacar la otra cara de la moneda: La ONU acusa a Israel de permitir la violencia de los colonos judíos en Cisjordania.

No es difícil entender las razones de la prensa israelí para escoger bando. Ellos no tienen por qué ocultar cuál es su sardina. Es más complicado, sin embargo, entender las motivaciones de buena parte de la prensa española –en particular la que se autodefine como progresista– para tratar de ocultar a la mayoría de sus lectores la mitad de la verdad de lo que ocurre dentro de las fronteras de Israel y, en general, en todo Oriente Medio. Casi siempre hay que recurrir a la letra pequeña para encontrar condenas a Hezbolá, los hutíes, Hamás o, desde que comenzó la guerra en Irán, el régimen teocrático que dirige la República Islámica.

Ingenuo de mí, siempre había pensado que, en origen, el sesgo antiisraelí que podemos apreciar en buena parte del entorno mediático español tenía un origen político. Quedan en nuestro continente importantes sectores de la opinión pública que todavía no han olvidado la dinámica de la Guerra Fría, que terminó arrojando a los regímenes musulmanes de Oriente Medio en los ateos brazos de la URSS. Del mismo lado de la sinuosa línea quedó la mayoría de la izquierda europea –particularmente penoso fue el apoyo dado en Francia al ayatolá Jomeini– sin otra justificación que la de oponerse al capitalismo representado por los EE.UU., que militaba en el otro bando.

Muchas de las personas que, comunistas o no, crecieron bajo las consignas del PCUS, conservan las simpatías originales –yo, sin ir más lejos, sigo sintiéndome del Racing de Ferrol aunque no sea el que fue– a pesar de que haya desaparecido de Rusia el régimen que las justificaba. A esa cantera, relativamente fácil de explotar, se suman además muchos jóvenes movidos por ese espíritu quijotesco que tenemos los españoles que nos lleva a apoyar al débil frente al fuerte.

Configurado así el tablero de la opinión pública nacional, pensaba yo hasta hace muy pocos días que llevar la defensa de la causa palestina más allá de lo que tiene de justa –que no es poco, por cierto– tenía un propósito escondido: el de trazar una línea de enfrentamiento político que, en España al menos, daba rédito en las elecciones. No se trataba de defender la paz en la Franja, el final de la ocupación o la solución de dos Estados, cuestiones en las que casi todos estamos de acuerdo, sino de defenderlas más alto que los partidos de la derecha. Y sí, puede que esa sea una de las dos caras de la verdad, perfectamente legítima además porque cada uno tiene derecho a buscar los votos donde pueda siempre que respete la Constitución. Pero la visión de las joyas que el expresidente Zapatero –me extrañaría que fuera el único– presuntamente recibió de regalo de alguna de las monarquías árabes me ha hecho imaginar que hay otra cara mucho más oscura: la fea cara de la avaricia.

No crea el lector que estoy sugiriendo que las joyas que hayan podido recibir algunos de nuestros líderes políticos hayan servido para comprar decisiones concretas. Imagino que, a ese nivel, las cosas no alcanzan el grado de sordidez al que nos han acostumbrado Koldo y compañía. Pero sí contribuirían a crear una atmósfera de «vamos a llevarnos bien» de la que los donantes esperaban sacar algún tipo de fruto. Disculpará el lector mi conclusión, que reconozco especulativa, pero tengo para mí que si hay una verdad que no tiene más que una sola cara es la de que nadie –los árabes tampoco– regala algo a cambio de nada.