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Julio Borges Junyent
AnálisisJulio Borges JunyentEl Debate en América

El Niño Guerrero y la metáfora viviente del derrumbe venezolano

Lo importante no es solo la muerte de un criminal. Lo importante es lo que su existencia revela

Cartel de búsqueda de Hector Herrero, líder del Tren de Aragua

Cartel de búsqueda de Hector Herrero, conocido como «el niño guerrero», líder del Tren de AraguaInsightcrime

Héctor Rusthenford Guerrero Flores, conocido como el Niño Guerrero, no fue un delincuente más. Su historia es una metáfora viviente del derrumbe venezolano y del crimen organizado en toda Hispanoamérica.

Desde la cárcel levantó un famoso imperio criminal, El Tren de Aragua, que terminó extendiéndose por muchos países de América e incluso en España, con redes de extorsión, narcotráfico, trata de personas, minería ilegal, lavado de dinero, control carcelario, rutas migratorias y violencia política. Su historia resume una tragedia mayor de Venezuela, pues durante años, el crimen dejó de ser perseguido por el Estado y comenzó a convivir con él.

La reciente operación que terminó con su muerte, ejecutada con participación decisiva de Estados Unidos y coordinación con fuerzas venezolanas, es mucho más que un golpe contra El Tren de Aragua. Es el asomo de un laboratorio que se está desarrollando en Venezuela quizá para toda la región: Altos mandos estadounidenses, militares locales, tecnología de precisión y un territorio que durante años fue tierra liberada para mafias.

Pero lo importante no es solo la muerte de un criminal. Lo importante es lo que su existencia revela.

Hispanoamérica y el crimen organizado

El Niño Guerrero no nació en el vacío. Creció en un país donde las cárceles se volvieron feudos, los grupos armados funcionaron como aliados políticos, las fronteras fueron abandonadas, el oro se convirtió en botín, la gasolina en contrabando y la migración en negocio.

Este es, además, un problema que desborda a Venezuela. Desde México hasta la Triple Frontera, pasando por Centroamérica, el Caribe, Colombia, Ecuador o Perú, América Latina vive una metástasis criminal. El crimen organizado ya no se limita a traficar drogas. Controla territorios, impone candidatos, financia campañas, corrompe jueces, compra policías, administra cárceles, explota migrantes y disputa soberanía.

Si el crimen decide quién circula, quién comercia, quién habla y quién calla, entonces la libertad es una ficción

En muchas regiones, el ciudadano ya no sabe quién manda: el alcalde, el comandante, el juez o el jefe criminal. Cuando esa confusión se normaliza, la democracia se vacía por dentro. Puede haber elecciones, discursos, parlamentos y tribunales; pero si el crimen decide quién circula, quién comercia, quién habla y quién calla, entonces la libertad es una ficción.

La gran lección del Niño Guerrero es que no se combate el cáncer con aspirinas. Hispanoamérica ha hecho eso durante demasiado tiempo con operativos aislados, capturas espectaculares, discursos de emergencia, fotos con armas incautadas. Pero mientras no se reformen de raíz las policías, los sistemas judiciales, las cárceles, las aduanas, las fronteras y los mecanismos de financiamiento político, cada golpe será apenas una pausa antes de la siguiente mutación criminal.

La doctrina de seguridad de Trump y el futuro de Hispanoamérica

Venezuela, después del 3 de enero, enfrenta justamente ese dilema. La captura de Nicolás Maduro abrió una etapa inédita. Estados Unidos decidió actuar porque entendió que Venezuela se había convertido en plataforma de crimen transnacional y de penetración de actores extra hemisféricos como Cuba, Rusia, Irán y China. Eso cambió el tablero. Pero no resuelve automáticamente la pregunta de fondo: ¿se está limpiando el territorio para que nazca una democracia venezolana, o se está ordenando un espacio estratégico para la seguridad nacional estadounidense?

La respuesta no está escrita. Depende, en buena medida, de nosotros los venezolanos.

Sería absurdo negar la gratitud hacia quienes contribuyeron a desmontar una dictadura que llevaba años destruyendo al país. Pero también sería un error olvidar que la democracia no puede nacer como administración externa permanente. Venezuela debe construir una alianza ganar-ganar con Estados Unidos y con la región en base a control territorial, instituciones democráticas fuertes, un sistema de justicia que sea el eje de la sociedad y que se accesible para todos, fuerzas armadas apartidistas, una economía sana y una ciudadanía democrática. Esta es precisamente la oportunidad que se abre con este nuevo capítulo para Venezuela.

Captura de pantalla del vídeo que registró el bombardeo del campamento donde de escondía el "Niño Guerrero"

Captura de pantalla del vídeo que registró el bombardeo del campamento donde de escondía el «Niño Guerrero»Donald Trump / Truth Social

El caso del Niño Guerrero muestra que la recuperación de Venezuela no será solo electoral ni económica. Será también territorial, moral e institucional. Habrá que recuperar cárceles, minas, puertos, barrios, fronteras, tribunales y policías. Habrá que limpiar el Estado de mafias y reconstruir una cultura de ley. Habrá que proteger a los ciudadanos sin convertir la seguridad en excusa para otras formas de autoritarismo.

El desafío es gigantesco. Pero también lo es la oportunidad.

Si Venezuela logra derrotar al crimen organizado, reconstruir instituciones y abrir una democracia real, puede convertirse en un ejemplo para toda América Latina. Si fracasa, será otro territorio administrado por intereses externos, mafias recicladas y élites sin legitimidad.

El Niño Guerrero murió. Pero el sistema que lo hizo posible todavía debe ser desmontado. Esa es la verdadera batalla. No se trata solo de eliminar criminales. Se trata de impedir que Venezuela vuelva a producirlos como consecuencia natural de un Estado roto.

La libertad venezolana no será completa hasta que el ciudadano común pueda caminar sin miedo, votar sin chantaje, trabajar sin extorsión y vivir bajo una ley que proteja a todos por igual. Ese es el país que debemos construir y esa es la única victoria que de verdad merecerá llamarse democrática.

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