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AnálisisZoé Valdés

Catorce puntos que dejan solos a los iraníes y a Israel

Irán no ha sido solo un expediente nuclear. Ha sido un régimen que ha reprimido a su propio pueblo, ha exportado inestabilidad, ha financiado milicias y ha convertido a sus ciudadanos en rehenes de una ideología de poder

Pancartas antiestadounidenses frente a la antigua embajada de Estados Unidos en TeheránAFP

El borrador de entendimiento entre Estados Unidos e Irán, presentado como una salida diplomática a la guerra y articulado en catorce puntos, llega envuelto en el lenguaje habitual de la paz: alto el fuego, respeto a la soberanía, reapertura del estrecho de Ormuz, negociaciones en sesenta días, alivio económico y promesas ¿nucleares? Pero detrás de esas palabras queda una sensación incómoda: Washington parece comprar tiempo, Teherán compra oxígeno, y quienes quedan expuestos son, una vez más, los iraníes que desean libertad y el Estado de Israel, que carga con la primera línea de defensa frente al terrorismo internacional.

Según las versiones publicadas del memorando, el acuerdo plantea el fin inmediato y permanente de las hostilidades, incluso en el frente libanés; el compromiso de no interferencia; un plazo de sesenta días para negociar un pacto final; el levantamiento del bloqueo naval; la restauración del tráfico marítimo en el golfo Pérsico y el mar de Omán; un plan de rehabilitación económica para Irán con financiamiento de hasta 300.000 millones de dólares; la autorización para vender petróleo y petroquímicos; y la reiteración de que Irán no producirá armas nucleares. También deja zonas oscuras: no precisa qué ocurrirá con el uranio altamente enriquecido, no aborda con suficiente claridad el programa de misiles, y apenas roza la red de grupos armados que Teherán ha utilizado durante años para proyectar violencia en la región.

Ese vacío no es un detalle técnico. Es el corazón del problema. Irán no ha sido solo un expediente nuclear. Ha sido un régimen que ha reprimido a su propio pueblo, ha exportado inestabilidad, ha financiado milicias y ha convertido a sus ciudadanos en rehenes de una ideología de poder. Cuando un acuerdo se concentra en reabrir rutas petroleras y bajar la temperatura de los mercados, pero posterga la libertad de los iraníes y la seguridad real de Israel, la diplomacia deja de ser prudencia y empieza a parecer abandono.

Los iraníes que salieron a las calles, las mujeres que desafiaron al régimen, los jóvenes que pidieron una vida normal y las familias que enterraron a sus muertos no aparecen en los catorce puntos con la fuerza moral que merecen. Aparecen, si acaso, como daño colateral de una negociación entre Estados. Se habla de soberanía, pero no de la soberanía del ciudadano frente a la tiranía. Se habla de no interferencia, pero no de la interferencia diaria del aparato represivo en la vida íntima de millones de personas. Se habla de reconstrucción económica, pero no de cómo evitar que esos recursos fortalezcan a quienes han usado la economía nacional como caja de resistencia ideológica.

Israel, por su parte, queda en una posición conocida: la de país pequeño al que se le exige contención mientras sus enemigos reciben alivio. Si el acuerdo incluye referencias al Líbano y pretende congelar frentes regionales sin desmantelar de verdad las estructuras que los alimentan, entonces no resuelve la amenaza; la administra. Y administrar una amenaza terrorista no es paz: es aplazar la próxima guerra. El muro de contención del terrorismo internacional se llama Israel, no porque Israel sea perfecto ni porque toda decisión israelí esté por encima de la crítica, sino porque ha sido el Estado que, en una región incendiada por fanatismos, ha tenido que responder con inteligencia, fuerza y resiliencia a ataques que no buscan una concesión, sino su desaparición.

El muro de contención del terrorismo internacional se llama Israel

La reapertura del estrecho de Ormuz tranquiliza a los mercados, pero no necesariamente a las democracias. El petróleo puede volver a fluir, los precios pueden caer y las capitales occidentales pueden celebrar una desescalada. Sin embargo, la pregunta esencial permanece: ¿qué se le exige realmente al régimen iraní más allá de cantilenas ya escuchadas? La frase de que Irán «nunca producirá un arma nuclear» suena fuerte, pero sin verificación robusta, sin consecuencias automáticas y sin abordar el arsenal convencional, los misiles y los brazos regionales, puede convertirse en una fórmula diplomática más que en una garantía estratégica.

La decepción de muchos observadores nace de esa asimetría. A Teherán se le ofrecen salidas: dinero, comercio, petróleo, legitimidad, tiempo. A Israel se le pide paciencia. A los disidentes iraníes se les pide silencio, o al menos espera. Y a la opinión pública internacional se le pide que confunda una pausa táctica con una solución histórica. Esa película ya la conocemos quienes venimos de dictaduras. Los cubanos sabemos que los regímenes totalitarios usan cada respiro exterior para reorganizarse, cada concesión económica para fortalecer controles, cada negociación para presentarse como interlocutores respetables mientras persiguen a quienes piden libertad.

Por eso la pregunta «¿decepción?» tiene una respuesta amarga: no, no es sorpresa. Los cubanos lo sabíamos. Sabemos que las democracias, cuando se cansan, suelen preferir estabilidad a justicia. Sabemos que la palabra «diálogo» puede convertirse en coartada si no va acompañada de presión real. Sabemos que los tiranos entienden la debilidad mucho antes de entender la buena fe. Y sabemos también que abandonar a quienes resisten dentro de una dictadura tiene consecuencias que tarde o temprano llegan más allá de sus fronteras.

Un acuerdo serio con Irán tendría que empezar por reconocer tres verdades. La primera: la seguridad de Israel no es un obstáculo para la paz, sino una condición para cualquier equilibrio regional. La segunda: el pueblo iraní no es el régimen iraní, y cualquier alivio debe diseñarse para no reforzar al aparato represivo. La tercera: el terrorismo internacional no se combate solo con comunicados, sino cortando financiamiento, logística, propaganda y protección política. Si esos elementos quedan fuera o diluidos, los catorce puntos serán una arquitectura elegante sobre cimientos frágiles.

El mundo puede celebrar la ausencia inmediata de bombas, y es comprensible: toda vida salvada importa. Pero la paz verdadera no consiste en premiar al agresor para que descanse, ni en exigirle al agredido que baje la guardia, ni en olvidar a los ciudadanos que han pagado con cárcel, exilio o muerte el precio de enfrentarse a una dictadura. Si este acuerdo no corrige sus omisiones, dejará solos a los iraníes libres y a Israel. Y cuando se deja solo al muro de contención, no se protege la paz: se prepara la próxima grieta.