¿Es posible otro Trump en la guerra de Ucrania?
Mientras en Oriente Medio se cuestionaba el papel del poder militar cuando no hay voluntad de derramar sangre para imponerlo, en Ucrania la guerra –una guerra distinta, esta sí existencial para el país invadido y sin contrapesos democráticos que equilibren la voluntad criminal de Vladimir Putin– cambiaba sutilmente de cara
Fotomontaje del presidente de Estados Unidos, Donald Trump y el presidente ruso, Vladimir Putin
La guerra de Irán hace tiempo que ha terminado, aunque el resultado no haya sido plenamente satisfactorio para ninguno de los tres contendientes. De los tres, además, ha sido Israel el peor librado; si no de forma objetiva, sí en el terreno de las expectativas defraudadas. Una reciente encuesta publicada en los medios de ese país revela que el 92 % de la ciudadanía cree que ha sido Irán quien ha salido victorioso de la guerra.
Buena prueba de la insatisfacción de todos los contendientes –incluidos quienes en España, desde la barrera, jalean o denuestan al presidente Trump– es que todavía tengamos que escuchar ese «¿quieres más?» que, con voz desafiante pero los dedos cruzados, sale cada día de labios de Netanyahu, Trump y quien quiera que mande en Irán, como si fueran adolescentes después de una pelea de patio de colegio. Más allá de las fanfarronadas, sin embargo, el proceso de cerrar esta guerra en falso –no habría otra manera de hacerlo sin campaña terrestre… y, probablemente, con ella tampoco– continúa porque los tres contendientes van de farol. Ninguno tiene las cartas necesarias para alcanzar la victoria absoluta que han prometido a sus fieles, y los tres lo saben.
Mientras en Oriente Medio se cuestionaba el papel del poder militar cuando no hay voluntad de derramar sangre para imponerlo, en Ucrania la guerra –una guerra distinta, esta sí existencial para el país invadido y sin contrapesos democráticos que equilibren la voluntad criminal de Vladimir Putin– cambiaba sutilmente de cara. Las dificultades en el frente, donde en este momento es Kiev quien lidera la carrera de los drones, han desplazado la mayoría de las acciones militares de Rusia al frente civil, en la lejana retaguardia. Ucrania ha respondido de la misma manera, atacando objetivos en Moscú y San Petersburgo. Ningún escaparate mejor que el del periódico del Kremlin, el leal Izvestia, cuyas portadas ya no hablan de victorias, sino de drones derribados y de los «ataques terroristas del régimen de Kiev».
Vista desde la perspectiva de las víctimas, la campaña es tan criminal como estéril. Las cifras de muertos civiles se han multiplicado y fotografías como las del reciente ataque al monasterio de Pechersk Lavra, en Kiev –seguramente no deliberado, pero sí imprudente– empiezan a parecernos parte de la nueva normalidad. Una nueva normalidad que, por desgracia, viene avalada por las amenazas genocidas de Trump que, aunque incumplidas –qué pena que al magnate nadie le haya explicado el valor del silencio–, abren la puerta a épocas de barbarie que creíamos superadas.
Sorprende, sin embargo, lo poco que Vladimir Putin parece haber aprendido de lo que ha ocurrido en Irán. En solo seis semanas, estadounidenses e israelíes han lanzado sobre su enemigo más misiles de los que Rusia va a fabricar en los próximos seis años… para terminar intentando cerrar un acuerdo que no va a ser muy diferente del que podrían haber conseguido antes de los bombardeos. ¿No podría el dictador del Kremlin aceptar un alto el fuego que le beneficiaría aprovechando –los términos con los que disfraza la conquista de territorios ucranianos son los suyos– «la nueva realidad sobre el terreno»? Claro que podría, pero ahí es donde hay que entender las motivaciones de la guerra. Rusia saldría beneficiada de un acuerdo que congele el frente donde está… pero Putin, que ha prometido desnazificar Ucrania –un eufemismo por devolverla al redil de Moscú– habría perdido su oportunidad de alcanzar la gloria.
¿No hay entonces un rayo de luz al final del túnel de la guerra de Ucrania? Si uno quiere ser optimista, es posible que, si no Putin, al menos Trump sí haya aprendido algo de la campaña de Irán. Podría haber aprendido que, mientras Zelenski era uno de los poquísimos líderes europeos que se ponía de su parte incondicionalmente, el dictador ruso jugaba para el equipo contrario. Con bazas modestas, es verdad, pero porque no tiene otras. En el ámbito diplomático, Moscú vetó varias de las resoluciones de condena a Irán que Washington llevó al Consejo de Seguridad de la ONU. En el terreno militar, si es cierto lo que el jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, general Caine, explicó en el Senado de los EE.UU. Y, si no lo es, seguiría siendo la verdad oficial: Rusia apoyó a Teherán con acciones concretas que perjudicaron el esfuerzo de guerra estadounidense.
Viendo la botella medio llena, el Trump de la cumbre del G-7 quizá sea ese hombre que podría haber salido de Irán un poco más sabio. A cambio de que sus aliados naturales recibieran el acuerdo con Teherán con un aplauso entre amable y aliviado –que contrasta tanto con las críticas recibidas en los EE.UU., donde, según publica Fox News, incluso una mayoría de los republicanos creen improbable que ningún acuerdo pueda hacer que Irán abandone su programa nuclear–, el magnate se ha sumado a una declaración hasta ahora impensable. Los miembros del grupo, con Trump a la cabeza, se han declarado «unidos en su apoyo inquebrantable a Ucrania en la defensa de su libertad, soberanía e integridad territorial» y se han comprometido a fortalecer el régimen de sanciones a Rusia y a aumentar la entrega de material de guerra a Kiev. En esta ocasión, el magnate se ha quedado hasta el final de la cumbre y no ha dicho una sola palabra sobre las cartas de Zelenski. Bien por él.
Claro que también es posible ver la botella medio vacía. A Trump le han bastado unos pocos días para volver a ser él mismo, pelearse abiertamente con Giorgia Meloni –me cuesta ver qué creen sus partidarios que ganan los EE.UU. con estas algaradas– y poner, con sus fanfarronadas, todavía más piedras de las que ya hay en el camino de las negociaciones con Irán. Pero esta segunda versión del magnate, que siempre estará ahí, empieza a perder peso a medida que baja su popularidad en las encuestas. El Congreso de los EE.UU., desafiando al presidente y al portavoz de la mayoría republicana, ya se atreve a aprobar ayudas a Ucrania y sanciones adicionales a Rusia. Es solo el principio de una hipotética vuelta de Washington a las filas que debería liderar, es verdad… pero las buenas noticias hay que celebrarlas, que las malas bien se abren camino aunque no queramos.