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MontecassinoHermann Tertsch

Los criminales o el terremoto añadido

Después del terremoto más aun que antes, Venezuela necesita líderes que no estén manchados de sangre. Y la dirección actual está manchada de sangre hasta la coronilla del grasiento pelo negro de Delcy

Las imágenes lo dicen todo. Dos días después de los dos terremotos devastadores en el norte de Venezuela en Guaira, en Caracas y otros pueblos afectados hombres, mujeres y niños venezolanos intentan, cada vez con menos esperanzas, sacar a aun supervivientes bajo los escombros. Y lo hacen con sus manos desnudas. Cuando anochece continuan entre gritos de desesperación y sollozos, alumbrados por las luces de sus teléfonos móviles. Ni excavadoras ni grúas ni maquinaria pesada ninguna, ni equipos de salvamento ni coordinación oficial de ningún tipo. Ellos solos ante su desgracia, en su infinito dolor, piden a gritos ayuda, porque se escapa el tiempo y la vida de seres queridos. Y todos temen que la ayuda que llegue de fuera, porque de dentro poco o nada esperan, llegará tarde para ellos.

No hay imagen más cruda y brutal de la impotencia de un pueblo que es víctima ahora de una aterradora apoteosis del dolor que los ha torturado ya un cuarto de siglo. Sí, ese Edén que es Venezuela, ese trozo bellísimo de América, que atesora todos los dones imaginables de la naturaleza, recibe ahora el monstruoso castigo final tras una larga y cruel tortura. Nada recuerda más a una plaga bíblica estos terremotos como terrible aportación de la fatalidad a la catástrofe de fabricación humana que es la Venezuela gobernada por el crimen y para el crimen por criminales sin escrúpulos ni límites como Hugo Chávez, por Nicolás Maduro, por Delcy Rodríguez.

El crimen lo ha robado todo, lo ha pervertido, profanado, degradado y destruido todo. Tanto que un país instalado sobre las mayores reservas de crudo del mundo y que fue el más rico del continente no tiene excavadoras ni grúas, pero tampoco palas ni picos, ni linternas ni focos ni quien los reparta. Desde España es difícil no ver y sentir ese paralelismo de pesadilla que muestra a los españoles las estaciones finales de estas vías de terror hacia la catástrofe cuando ya se juntan las fuerzas fatales de la naturaleza con la podredumbre del ejercicio continuado de la maldad, la vileza y el crimen desde el poder. El desprecio a los intereses de los ciudadanos degradados a súbditos desemboca en desinterés por la propia vida de los mismos. Se ha visto en las inundaciones en Valencia, en Adamuz, en el apagón y se le nota al gobierno socialista español como buen emulo del chavismo que es.

Escuchar a asesinos como Delcy Rodriguez o Diosdado Cabello sus arengas y propaganda oficial sobre su despliegue de salvamento genera la lógica repugnancia al tiempo que serios temores que se suman al luto de que la banda criminal pueda aprovechar la tragedia para su propio beneficio. Que capitalizando la ayuda exterior pueda atrincherarse y postularse con éxito ante Washington para frustrar los cambios que la población espera. Estos son imprescindibles para la reconstrucción de Venezuela tras su permanente terremoto de 26 años y para su recuperación moral que pasan ambas por la liquidación del poder de la banda de asesinos, torturadores y ladrones que EEUU mantiene aun y que tiene en Delcy Rodríguez su máximo representante.

Pero los efectos de una conmoción social tan inmensa como es esta tragedia son imprevisibles. Igual que ya está claro que Delcy Rodríguez huele la oportunidad de fortalecer y estabilizar su poder que nunca será otra cosa que criminal, cabe recordar que el terremoto de Managua de 1972, menor en intensidad que estos pero que borró del mapa la capital nicaragüense y causó cerca de 20.000 muertos, fue también el detonante de la caída del régimen de Anastasio Somoza por el levantamiento nacional entonces absolutamente transversal que generó la apropiación de la ayuda internacional y la incapacidad de ayudar a los damnificados.

Claro está que los criminales tienen una forma de gobernar porque conciben el poder como la capacidad de abuso. Eso queda tan claro hoy en la España de Pedro Sánchez como en la Venezuela de Hugo Chavez, Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez. Ahora el pueblo venezolano necesita urgentemente ayuda primero para salvar las vidas que aun se puedan salvar y para paliar el infinito dolor que anega el país. Pero claro debe estar que después del terremoto más aun que antes, Venezuela necesita líderes que no estén manchados de sangre. Y la dirección actual está manchada de sangre hasta la coronilla del grasiento pelo negro de Delcy, no solo por los muchos cientos de miles de asesinados, desaparecidos o torturados. También porque muchos de los muertos que se cobra el terremoto estarían vivos si este régimen en vez de robar, robar y robar hubiera cumplido con su obligación de gobernar y dotar a los venezolanos de servicios y recursos. Al igual que en España donde la cleptocracia impuesta por el gobierno del crimen organizado es responsable ya de muchas tragedias y muchos muertos, en Venezuela el régimen ha tenido muchas formas de matar y torturar. Permitir que mueran venezolanos de las heridas o de sed mientras oyen a sus sus desesperados familiares pocos metros por encima escarbando entre los escombros con las manos desnudas es otra de ellas.