Ceuta, Pekín y Jerusalén: un cuento chino
Para algunos círculos de inteligencia chinos cabría la posibilidad de que tras los hechos de Ceuta se ocultara una guerra híbrida con participación israelí para desestabilizar a España
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de China, Xi Jinping
En el siglo XXI, cada hecho genera una segunda batalla, la de las interpretaciones. La invasión migratoria a la española Ceuta constituye un buen ejemplo. Mientras Madrid la vivió como un desafío a la integridad de sus fronteras, Marruecos la interpretó desde sus intereses diplomáticos, la Unión Europea como una amenaza para la seguridad común y, en algunos círculos de inteligencia chinos, surgió una lectura diferente: la posibilidad de que tras los hechos se ocultara una guerra híbrida con participación israelí para desestabilizar a España.
El corresponsal de El Mundo en Pekín, Lucas de la Cal, describió cómo algunos funcionarios chinos manejaron esa hipótesis en conversaciones mantenidas con el diario. Conviene precisar que el propio reportaje no presenta la teoría como un hecho probado, sino como una interpretación apoyada, entre otras referencias, en un artículo de la politóloga egipcia Nadia Helmy publicado en Modern Diplomacy. Esta distinción resulta esencial: en inteligencia, una hipótesis sirve para un línea de análisis, pero no sustituye a las pruebas.
La guerra híbrida: hipótesis y evidencia
El interés de Pekín por la crisis de Ceuta va más allá del fenómeno migratorio. Para algunos centros de análisis chinos, el episodio encaja dentro de la llamada guerra híbrida, un modelo de confrontación donde los países recurren a herramientas no convencionales -presión económica, desinformación, ciberataques- para debilitar adversarios sin necesidad de recurrir a un choque militar abierto. Desde esa perspectiva, el deterioro de las relaciones entre el gobierno español e Israel habría creado un contexto favorable para una hipotética operación indirecta sobre España mediante la colaboración entre Marruecos e Israel.
Sin embargo, resulta significativo que esta interpretación no coincida con la línea mantenida por los grandes medios oficiales chinos. Cadenas como la agencia oficial Xinhua centraron su cobertura en la vulnerabilidad de las fronteras españolas, los problemas de la política migratoria europea y el valor estratégico del Mediterráneo. En otras palabras, la tesis sobre el Mossad permaneció limitada a ciertos círculos y no llegó a convertirse en una posición oficial del Pekín. Desde una perspectiva académica debe diferenciarse muy bien entre aquello que resulta imaginable y aquello que puede demostrarse.
Es cierto que Marruecos e Israel han fortalecido de forma notable su cooperación desde la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020. Los mismos alcanzan ámbitos como la defensa, la inteligencia, la ciberseguridad, la tecnología y la industria militar. Rabat considera a Israel un socio de enorme valor, mientras Jerusalén percibe a Marruecos como un aliado moderado y estable en una región particularmente compleja.
Ahora bien, de esa colaboración no puede deducirse automáticamente una implicación israelí en la crisis de Ceuta. Hasta la fecha no existe la menor evidencia, procedente de gobiernos occidentales, servicios de inteligencia o investigaciones periodísticas serias que demuestre una participación del Mossad en dichos acontecimientos. En investigación, las hipótesis constituyen un punto de análisis; pero las pruebas son las que permiten alcanzar conclusiones.
Posición israelí respecto a Ceuta y Melilla
Uno de los aspectos más llamativos es precisamente la posición oficial israelí sobre la soberanía de Ceuta y Melilla. Israel ha evitado pronunciarse sobre el tema de ambas ciudades autónomas. La explicación responde a una lógica diplomática sencilla: mantener relaciones estrechas tanto con España como con Marruecos aconseja no inmiscuirse en una cuestión tan sensible para ambos países. Desde la normalización de relaciones con Rabat, la cooperación bilateral se ha intensificado, sin que ello haya supuesto cuestionamiento oficial alguno sobre el control español de Ceuta y Melilla. En ocasiones, el silencio diplomático constituye una estrategia eficaz.
Los principales medios israelíes -The Jerusalem Post, Ynet, Israel Hayom y Canal 14- analizan el Mediterráneo occidental desde una óptica eminentemente estratégica. Su atención se centra en la lucha contra el extremismo islámico, la seguridad marítima y la estabilidad regional. Rabat aparece -junto a Emiratos- como uno de los socios árabes más fiables para Israel, tanto por su moderación política como por su creciente capacidad militar y tecnológica.
Un oficial de Inteligencia consultado -a condición de anonimato- explicó que «Israel no tiene la menor intención de desestabilizar a España. Tenemos suficientes desafíos propios. Es verdad que estamos deseando ver la derrota electoral de Sánchez y la asunción de un gobierno amigo, pero en el marco lógico de una democracia. O sea mediante elecciones». Además -comentó riendo- «vemos que Sánchez no necesita ayuda de nadie para perjudicarse sólo».
Precisamente por esto, la hipótesis de una operación israelí destinada a provocar una crisis en territorio marroquí o en la frontera con España sólo presenta problemas estratégicos. Resulta ridículo generar inestabilidad precisamente en un espacio cuya estabilidad es uno de los principales intereses de la política exterior hebrea.
La interpretación predominante en los ámbitos occidentales continúa vinculando la crisis a factores políticos, diplomáticos y regionales. Marruecos ha adquirido un valor estratégico para China. El puerto de Tánger Med, a pocos kilómetros del estrecho de Gibraltar, constituye uno de los nodos logísticos más importantes del Mediterráneo. Desde allí pueden distribuirse mercancías hacia Europa y África con gran rapidez, circunstancia que convierte la calma regional en un asunto de gran interés para la economía china. Para Pekín, la crisis de Ceuta no representa únicamente un problema migratorio español; también plantea temores sobre la seguridad de una región esencial para las cadenas globales de suministro.
Narrativa y pruebas reales
Las crisis contemporáneas no sólo se desarrollan en las fronteras, sino también en el terreno de las ideas. Cada actor internacional construye un relato según sus intereses. España prioriza la defensa de sus fronteras; la Unión Europea insiste en la protección de sus límites exteriores; Israel observa el escenario desde la estabilidad mediterránea y la cooperación con Rabat. Pero también -pese al difícil momento- con Madrid.
Como suele bromearse -según nos comenta el mismo oficial- «las teorías conspirativas viajan en avión privado, mientras las pruebas esperan el vuelo comercial». La frase encierra una verdad: las explicaciones más espectaculares se difunden con mucha mayor rapidez que la realidad.
Aunque sectores de inteligencia chinos interpreten la crisis de Ceuta desde su óptica propia de rivalidad entre potencias. Esta mirada ayuda a comprender la visión de Pekín, pero no convierte sus hipótesis en hechos demostrados. La evidencia pública disponible indica que Israel mantiene una actitud de antigua prudencia respecto a Ceuta y Melilla, pues su interés es la estabilidad mediterránea. La crisis ilustra hasta qué punto un mismo acontecimiento puede adquirir significados distintos según quién lo observe. Comprender esas diferencias resulta mucho más útil que aceptar sin reservas cualquier narrativa. En geopolítica, las interpretaciones son inevitables, y justamente por ello la comprobación seria de los hechos es la única herramienta para conocer la realidad.