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AnálisisJulio Borges JunyentEl Debate en América

La transición cubana ya comenzó

Empezó en los puertos sin petróleo, en los bancos que ya no prestan, en los hoteles que pierden operadores y en una cúpula que recibió al director de la CIA para escuchar que el viejo orden regional se terminó

Dos personas caminan por una calle recogiendo envases vacíos para reciclarlos en la Habana (Cuba)EFE

Hispanoamérica ha dejado de ser la región olvidada de Washington. La Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump sitúa al hemisferio occidental entre sus prioridades y formula un «corolario Trump» a la Doctrina Monroe lo que implica que Estados Unidos recuperará su preeminencia regional e impedirá que potencias extra regionales controlen puertos, infraestructuras o recursos estratégicos. En términos concretos, busca reducir la influencia de China, Rusia e Irán utilizando energía, finanzas, comercio, Inteligencia y poder militar.

Venezuela fue el primer movimiento agresivo. La operación que sacó a Nicolás Maduro del poder no terminó en Caracas, sino que siguió a Cuba rompiendo el sistema de protección económica y energética que durante más de veinticinco años sostuvo a la dictadura antillana. En 2025, Venezuela enviaba a la isla unos 26.500 barriles diarios, aproximadamente un tercio de sus necesidades. Ese petróleo dejó de llegar y Washington pasó a controlar la autorización, el destino y el cobro de las exportaciones venezolanas. El resultado fue inmediato trayendo escasez extrema de combustible, una red eléctrica en estado crítico y apagones de más de veinticuatro horas.

Esta es la primera clave que debemos entender ahora y es que Estados Unidos gobierna la economía cubana y controla cada vez más sus válvulas externas. Puede impedir el petróleo subsidiado, condicionar quién vende combustible y permitir operaciones solo cuando beneficien al sector privado, excluyendo al Gobierno y a los militares. La presión trata de separar al pueblo cubano de la estructura que lo oprime y preservar el acceso a alimentos y medicinas. Impidiendo seguir financiándose, bajo argumentos humanitarios, el aparato económico de la dictadura.

El turismo internacional cayó un 56 % durante los primeros cuatro meses del año

La segunda clave es financiera. GAESA, el conglomerado militar que domina una porción decisiva de la economía y del turismo, se convirtió en objetivo central. Para paralizar una empresa no hace falta cerrarla, basta con que bancos, aseguradoras, navieras y socios teman perder acceso al mercado estadounidense. Eso ocurrió. Meliá cesó sus operaciones en 34 hoteles; Iberostar, Barceló y otras compañías redujeron o abandonaron su presencia. También se retiraron servicios financieros, aerolíneas y operadores logísticos. El turismo internacional cayó un 56 % durante los primeros cuatro meses del año.

La nueva ronda de presión anunciada por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, profundiza esa estrategia. Ya no se limita a dirigentes políticos. Alcanza al Ministerio de la Construcción y a empresas estatales de minería, níquel, metalurgia, importación, transporte y contratación de trabajadores. También golpea al ICAP, instrumento tradicional de proyección internacional del castrismo. El mensaje para cualquier banco o empresa extranjera es inequívoco pues implica que ayudar a esas estructuras puede convertirlo en el próximo sancionado. No habrá válvulas de escape ni tiempo para esperar un cambio en la Casa Blanca. Es un cerco progresivo sobre las fuentes de divisas, crédito, combustible y legitimidad exterior del régimen.

En mayo ocurrió otra clave extraordinaria: el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a La Habana y transmitió que Estados Unidos estaba dispuesto a conversar sobre estabilidad económica y seguridad, pero solo si Cuba realizaba cambios fundamentales. Fue apenas la segunda visita de un director de la CIA desde 1959. Llegó a hablar con el núcleo de seguridad del Estado cubano sobre las condiciones del nuevo hemisferio. La presión, por tanto, no busca únicamente producir colapso sino también abre una puerta de negociación.

Quisiera expresarlo en términos lo más preciso posibles: Cuba aún no vive una transición democrática, pero ya comenzó una transición de poder crudo y duro. El régimen conserva armas, cárceles y capacidad represiva; pero está perdiendo petróleo, dinero, socios, crédito y margen internacional. La apuesta es que las dictaduras parecen inmóviles hasta que dejan de poder pagar la obediencia.

Venezuela abrió una primera grieta enorme. Cuba ha entrado en la siguiente fase. Nicaragua observa con temor; la pretensión de Ortega de extender el mandato a siete años no revela fortaleza, sino el deseo de evitar elecciones mientras Trump permanezca en la Casa Blanca. Por eso no es temerario prever que, antes de 2028, también Nicaragua pueda verse forzada a negociar una transición.

La transición cubana comenzó en los puertos sin petróleo, en los bancos que ya no prestan, en los hoteles que pierden operadores y en una cúpula que recibió al director de la CIA para escuchar que el viejo orden regional se terminó.