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AnálisisAndrés MonteroSantiago de Chile

Milei, las Malvinas-Falklands y lo que Chile no debe ignorar

El presidente de Argentina parece haber comprendido que el Atlántico Sur está adquiriendo una importancia estratégica creciente. Allí confluyen recursos naturales, rutas marítimas, pesca, petróleo, proyección antártica competencia entre potencias

El presidente de Chile, José Antonio Kast (i), posa junto a su homólogo de Argentina, Javier Milei, en una visita oficial este jueves, en el Palacio de la Moneda en Santiago (Chile). EFE/ Elvis GonzálezEFE

Hay declaraciones presidenciales que pertenecen al ámbito de la retórica política y hay otras que, por el lugar donde se producen, por las medidas que las acompañan y por sus consecuencias potenciales, obligan a prestar atención. Las declaraciones realizadas por el presidente argentino Javier Milei pertenecen, a mi juicio, a esta segunda categoría.

Milei anunció la construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego, que definió como un futuro polo logístico de importancia estratégica para el Atlántico Sur. Al mismo tiempo, anunció nuevas sanciones contra empresas, accionistas, directivos y proveedores vinculados con proyectos económicos en las Islas Falkland —Malvinas para Argentina—, particularmente frente al desarrollo de proyectos de explotación petrolera.

No se trata solamente de una nueva reivindicación argentina sobre las islas. Lo verdaderamente preocupante es la combinación de rearme, proyección militar, presión económica y reivindicación territorial en una de las zonas geopolíticamente más sensibles del planeta. Y Chile no puede mirar este asunto como un espectador.

Las relaciones entre Chile y Argentina han atravesado períodos de enorme cooperación, pero también momentos extraordinariamente difíciles. El más grave ocurrió en 1978.

Después de que Argentina rechazara el laudo arbitral de 1977 sobre el conflicto del Beagle, ambos países llegaron al borde de una guerra. La situación alcanzó su punto crítico el 22 de diciembre de 1978, cuando Argentina había preparado una operación militar contra Chile. La mediación del Papa Juan Pablo II evitó, en último momento, que comenzara una guerra que pudo haber tenido consecuencias imprevisibles.

No es historia antigua. Es memoria estratégica. Por eso resulta particularmente inquietante que durante este año hayan surgido nuevamente declaraciones provenientes de altas autoridades militares argentinas respecto del extremo austral chileno. El 23 de agosto, el jefe de la Fuerza Aérea Argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, se refirió a «Magallanes, el sur, el Drake» como espacios en los que Argentina debería «hacer presencia», calificándolos como una «llave bioceánica». Días después, el jefe de la Armada argentina, almirante Juan Carlos Romay, debió precisar públicamente que el Estrecho de Magallanes «pertenece a Chile».

Estas últimas palabras son tranquilizadoras. Pero el solo hecho de que haya sido necesario pronunciarlas demuestra que existe una discusión que Chile no puede ignorar.

El Tratado de Límites de 1881 y los acuerdos posteriores establecen el marco jurídico de la soberanía chilena sobre el Estrecho. No estamos hablando, por tanto, de un territorio cuya situación jurídica esté abierta a una negociación política circunstancial.

¿Qué busca Milei?

La pregunta inevitable es si estamos simplemente frente a una reafirmación tradicional de la reivindicación argentina sobre las Malvinas o si estamos asistiendo a algo diferente.

Milei parece haber comprendido que el Atlántico Sur está adquiriendo una importancia estratégica creciente. Allí confluyen recursos naturales, rutas marítimas, pesca, petróleo, proyección antártica y una creciente competencia entre grandes potencias.

Pero hay otro elemento que no puede ser ignorado: Donald Trump ha sugerido recientemente que Estados Unidos podría revisar su tradicional posición frente a la disputa de las Malvinas. Milei interpretó esas declaraciones como una señal favorable a Argentina y las incorporó inmediatamente a su discurso.

¿Está Milei aprovechando esta nueva circunstancia internacional para intentar transformar a Argentina en una potencia regional del Atlántico Sur?

Es una pregunta legítima.

Y si esa fuera su intención, Chile debería analizar cuidadosamente las consecuencias. El problema no termina en las Malvinas.

La cuestión de las Falklands/Malvinas tiene una dimensión que excede con mucho a las islas. Argentina, Chile y el Reino Unido mantienen reclamaciones antárticas que se superponen parcialmente. El Tratado Antártico congeló las disputas de soberanía y establece que ninguna actividad realizada durante su vigencia puede servir para fortalecer o debilitar jurídicamente una reclamación territorial.

Pero la geopolítica no se congela. El propio Gobierno argentino reconoce que su reclamación antártica se superpone con las de Chile y el Reino Unido.

Por eso, cualquier modificación sustancial del equilibrio estratégico en Tierra del Fuego, el Atlántico Sur o las Falkland tiene inevitablemente una dimensión antártica.

Chile tiene aquí intereses extraordinariamente importantes. Su posición geográfica, su presencia histórica en la Antártica y su condición de país ribereño del Pacífico y del extremo austral hacen que cualquier cambio en el equilibrio militar del Atlántico Sur pueda terminar afectando sus propios intereses.

Y están los habitantes de las islas. Hay otro aspecto que el discurso de Milei parece deliberadamente ignorar: los habitantes de las Falklands existen. No son una abstracción territorial ni una pieza intercambiable de un mapa.

Las islas cuentan con una población que se ha desarrollado durante generaciones y que posee instituciones democráticas propias. El Gobierno de las Falklands señala que algunas familias llevan hasta nueve generaciones viviendo allí y que la Constitución de las islas reconoce expresamente el derecho de autodeterminación. En el referéndum de 2013, el 99,8% de los votantes optó por mantener el vínculo con el Reino Unido.

Se puede discutir jurídicamente la cuestión de la soberanía. Se pueden analizar los antecedentes históricos argentinos y británicos. Pero no se puede sencillamente borrar la voluntad de quienes viven allí.

La comunidad chilena constituye la principal comunidad extranjera de origen sudamericano en las islas

Y hay un dato especialmente relevante para Chile: la comunidad chilena constituye la principal comunidad extranjera de origen sudamericano en las islas. En 2016 se estimaba en alrededor de 200 personas, y durante décadas los vínculos entre Punta Arenas y las Falkland han sido estrechos, tanto en materia de transporte como de comercio, salud y relaciones humanas.

Es decir, cuando Buenos Aires anuncia medidas contra empresas y actividades en las islas, no está hablando de un territorio abstracto. Está hablando también de una comunidad donde viven chilenos, algunos de ellos desde hace muchos años.

Chile debe mirar hacia el sur

No sostengo que Argentina esté preparando una guerra contra Chile. No existe hoy evidencia para afirmar algo semejante. Tampoco creo que deba dramatizarse cada declaración proveniente de Buenos Aires. Pero una cosa es evitar el alarmismo y otra muy diferente es ignorar las señales estratégicas.

Una Argentina que decide reforzar militarmente Tierra del Fuego, que habla de convertirla en un polo de proyección geopolítica del Atlántico Sur, que endurece las sanciones contra empresas vinculadas con las Falkland y que vuelve a colocar en el centro de su política exterior la reivindicación territorial está enviando un mensaje que trasciende la disputa con el Reino Unido.

Ese mensaje también llega a Chile. Y llega precisamente después de que miembros de las Fuerzas Armadas argentinas hayan realizado declaraciones preocupantes sobre el extremo austral chileno, obligando incluso al jefe de la Armada argentina a reafirmar que el Estrecho de Magallanes pertenece a Chile.

Chile debe responder con serenidad, pero también con firmeza. La mejor política no es la provocación. Tampoco es el silencio. Es recordar que la soberanía se defiende primero con diplomacia, después con derecho internacional y, cuando corresponde, con una capacidad estratégica que haga creíble esa diplomacia.

Una advertencia final

Las Falklands/Malvinas fueron escenario de una guerra en 1982. Murieron 649 argentinos y 255 británicos. Cuarenta y cuatro años después, sería irresponsable pensar que aquella historia puede repetirse de la misma manera.

Pero también sería irresponsable creer que las disputas territoriales desaparecen simplemente porque las generaciones cambian.

El Atlántico Sur está adquiriendo una importancia económica y estratégica que probablemente crecerá durante las próximas décadas. El petróleo, la pesca, las rutas marítimas y, sobre todo, la Antártica harán de esta región un espacio cada vez más relevante para las grandes potencias.

Milei parece haberlo entendido. La pregunta es si Chile también lo ha entendido. Porque una política argentina más agresiva hacia las Falklands puede generar, inicialmente, un problema entre Buenos Aires y Londres. Pero si esa política viene acompañada de una creciente proyección militar argentina sobre Tierra del Fuego y el Atlántico Sur, sus consecuencias pueden terminar alcanzando directamente a Chile.

Y la historia nos recuerda que, en el extremo austral, las distancias geográficas son enormes, pero las distancias entre una crisis diplomática y una crisis estratégica pueden ser extraordinariamente pequeñas.