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Alejandro Betancourt entre Donald Trump y Delcy Rodríguez con los pozos petroleros de telón de fondoDavid Díaz

Quién es Alejandro Betancourt, el hombre que Trump necesita para recuperar el petróleo de Venezuela

El empresario venezolano «bolichico» investigado en España se ha convertido en el intermediario imprescindible de Washington en Caracas

El nombre de Alejandro Betancourt López es imprescindible para explicar en la nueva Venezuela la operación política de Washington. Mejor que cualquier comunicado oficial. El empresario venezolano de 46 años se ha convertido en una de las figuras más poderosas de la nueva etapa abierta tras la captura del narcodictador Nicolás Maduro.

Su empresa, North American Blue Energy Partners (NABEP), ha quedado en el centro del gigantesco proyecto petrolero impulsado por la Administración Trump: 17 yacimientos con unas reservas estimadas de 65.000 millones de barriles y un acuerdo que concede a Estados Unidos una participación del 35% en la compañía y derechos preferentes sobre parte de su producción. Lo extraordinario no es el volumen de petróleo, es, sin embargo, quién está detrás del acuerdo: Alejandro Betancourt López.

Tres Venezuelas

Así las cosas, si no está Betancourt, no hubiera habido acuerdo de seguridad energética. La historia de Betancourt obliga, por tanto, a mirar más allá de los barriles. Su trayectoria conecta tres Venezuelas distintas: la del chavismo que creó una nueva élite económica; la de la oposición que intentó desalojar al narcodictador Nicolás Maduro del poder; y la Venezuela posterior a Maduro en la que Washington pretende reconstruir la industria petrolera y limitar la influencia de Cuba, Rusia y China. Betancourt ha estado, de una manera u otra, en las tres.

Betancourt pertenece a la generación de empresarios bautizados en Venezuela como «bolichicos». El término fue acuñado por el periodista Juan Carlos Zapata, y se utilizó para describir a los jóvenes empresarios que amasaron grandes fortunas durante el chavismo, especialmente mediante contratos públicos.

Betancourt fue uno de los fundadores de Derwick Associates, compañía que obtuvo contratos millonarios para proyectos de generación eléctrica durante los años del narcodictador Hugo Chávez.

Es precisamente esta procedencia la que hace tan paradójico su actual papel: Hoy aparece como socio estratégico de Washington, a pesar de que destacó económicamente durante la narcodictadura que Estados Unidos intenta desmontar. Su relación con la narcodictadura de Venezuela terminó deteriorándose.

Durante el primer mandato de Donald Trump, cuando Estados Unidos reconoció a Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela, Betancourt pasó a actuar como intermediario entre sectores de la oposición venezolana y políticos y militares. Llegó incluso a viajar a Moscú para entregar una carta de Guaidó solicitando que Rusia dejara de respaldar a Maduro. En cambio, el intento fracasó.

Nicolás Maduro permaneció en el poder, Betancourt abandonó Venezuela y la narcodictadura ordenó la incautación de sus bienes y sus intereses empresariales. Años después, la relación volvió a cambiar.

El regreso de un empresario incómodo

En 2023, Delcy Rodríguez había defendido el regreso de Betancourt ante el hundimiento de la producción petrolera venezolana. Su experiencia empresarial y sus contactos internacionales lo habían convertido en una figura útil para intentar recuperar una industria deshecha por años de mala gestión, falta de inversión y sanciones.

Entonces, Betancourt recuperaba espacio y apoyos en Venezuela. Pero, otro problema amenazaba con bloquear su ascenso: la Justicia. El empresario llevaba años relacionado con una investigación internacional por presunto blanqueo de unos 1.200 millones de dólares. El procedimiento estadounidense terminó con la acusación de más sospechosos. Entre ellas, su primo. Pero, Betancourt nunca fue acusado formalmente ni condenado por esos hechos.

En España

Años después, las autoridades suizas retomaron la investigación y en España se registró en Toledo su propiedad el Castillo Alamín y su oficina en Madrid.

La situación llegó a adquirir una dimensión insólita. Según The Washington Post, funcionarios de la Administración Trump intervinieron ante las autoridades suizas mientras Betancourt se encontraba sometido a restricciones que dificultaban sus desplazamientos. Washington necesitaba que el empresario pudiera viajar a Estados Unidos y Venezuela para culminar las negociaciones petroleras.

En los días anteriores a la operación estadounidense que terminó con la captura de Maduro, el empresario mantuvo contactos con Mauricio Claver-Carone, una de los expertos sobre Venezuela de confianza de Trump. Mientras exploraba la disposición de Delcy Rodríguez a asumir el poder.

El 3 de enero, mientras Estados Unidos ejecutaba la operación contra Maduro, Betancourt estaba en conversaciones con Washington y Caracas. Según Axios, Rodríguez llegó a creer que se había matado a Maduro y que Washington también la había engañado a ella. Entonces, Betancourt intervino para tranquilizarla y convencerla de hablar directamente con Marco Rubio. Si esa versión es correcta, el empresario no habría sido simplemente un negociador petrolero. Habría desempeñado un papel en la transición política. Y ahí se encuentra la clave para comprender el actual acuerdo energético.

Venezuela posee algunas de las mayores reservas petroleras del planeta, pero su producción se encuentra muy por debajo de sus posibilidades. NABEP tendrá acceso a 17 campos que contienen unos 65.000 millones de barriles de reservas. Washington obtendrá una participación del 35% en la compañía y el derecho a comprar el 20% de su producción a precio de coste. El acuerdo contempla además contratos de larga duración, de hasta un siglo. Washington sostiene que el objetivo es reconstruir la industria y aumentar rápidamente la producción. Pero hay otra lectura: Durante años, el petróleo venezolano ayudó a financiar la relación privilegiada de Caracas con Cuba y sirvió para profundizar sus vínculos con Rusia y China. Recuperar la industria bajo capital y supervisión de Washington significa también reducir el poder de China y Rusia. El petróleo se convierte así en una herramienta de poder.

La paradoja de los «bolichicos»

Estados Unidos pretende utilizar a uno de los empresarios más controvertidos surgidos durante el chavismo para desmontar precisamente el sistema económico y geopolítico que permitió su ascenso. Para sus defensores, su pasado empresarial no invalida su papel actual. Al contrario: su conocimiento del sector venezolano, sus relaciones internacionales y su capacidad para moverse entre Washington y Caracas son precisamente las razones por las que resulta útil. Para sus detractores, el acuerdo demuestra que la vieja élite económica venezolana simplemente está cambiando de aliado.

También existen dudas sobre la capacidad real de la operación para aumentar rápidamente la producción y reducir los precios de la gasolina estadounidense. Reconstruir una industria petrolera destruida durante años requiere capital, infraestructuras, tecnología y tiempo.

¿Cuál es el verdadero riesgo?

El mayor peligro para Washington no es que Betancourt sea una figura polémica. Es que el petróleo vuelva a convertirse en una caja negra. Venezuela ya ha demostrado que tener enormes reservas no garantiza prosperidad. Sin seguridad jurídica, instituciones independientes y controles sobre el poder. Trump y Rubio tienen ahora una oportunidad histórica, pero también una responsabilidad.

Si el petróleo sirve para reconstruir carreteras, electricidad, producción industrial, empleo y un Estado de derecho, el acuerdo habrá cumplido su objetivo. Si simplemente sustituye a una élite por otra, el fracaso será mucho más profundo.