Las Malvinas y Ceuta: Trump aprovecha las crisis para castigar a Pedro Sánchez y a Reino Unido
El presidente de Estados Unidos no olvida la posición de Londres en la guerra de Irán ni perdona a Pedro Sánchez el portazo a sus aviones en las bases de Rota y Morón además de sus desplantes en la OTAN al negarse a asumir el gasto del 5 % en defensa
Donald Trump.
Provocación, espaldarazo a Javier Milei, venganza contra Londres o sencillamente convicción. Las razones que han llevado al presidente de Estados Unidos a poner en la agenda el «problema» de las Malvinas no parecen tener una única respuesta, pero el efecto –negativo– de las palabras de Donald Trump se ha sentido y lamentado en Reino Unido.
Lo mismo podría decirse de sus comentarios sobre la crisis de Ceuta. La política de sumisión a Marruecos del Gobierno de Pedro Sánchez, tras la avalancha de más de 70.000 marroquís, han servido en bandeja al jefe de la Casa Blanca otra ocasión para señalar que España «es un país con cero control de su frontera». De paso, recordó «Tengo problemas con España porque no se está comportando demasiado bien con respecto a la OTAN y no paga lo que debería pagar», en alusión a la negativa verbal de Sánchez de tratar de alcanzar el 5 % del gasto en Defensa, como firmó con el resto de los miembros de la Alianza Atlántica.
El republicano tiene en la mira al presidente del Gobierno y en el bolsillo, por simpatía y por ayuda financiera– a Javier Milei. El anuncio, reiterado, de que analiza «revisar» la posición de Washington sobre las islas Malvinas, Falklands para los británicos, lo recibió el argentino como un regalo cuando, según las encuestas, su popularidad atraviesa baches profundos.
Estados Unidos había mantenido hasta ahora una posición de neutralidad respecto a qué país le corresponde ejercer la soberanía del archipiélago del Atlántico sur (Malvinas, Georgia del Sur y Sandwich del Sur). Washington asume que Reino Unido, como asume también Naciones Unidas, administra las islas, pero no olvidan que Argentina reclama esos territorios como propios.
Desde que el general Leopoldo Fortunato Galtieri ordenase el 2 de abril de 1982 invadir las islas, –con un ejército mal pertrechado y muchachos en edad de cumplir el servicio militar–, Estados Unidos había evitado involucrarse en un conflicto que levanta ampollas a un lado y otro del Atlántico.
La derrota de una invasión chapucera en la recta final del régimen militar era una crónica anunciada fuera de las fronteras de Argentina y algo impensable dentro, incluso por el propio Galtieri. «Si bien una reacción británica me parecía posible, nunca llegamos a verla como una posibilidad. Juzgaba escasamente posible una respuesta inglesa y menos una respuesta tan desproporcionada», afirmaría el militar conocido por su afición a la botella de Johnny Walker.
Gustavo Figueroa, diplomático y por entonces director de prensa y difusión del ministerio de Asuntos Exteriores con Nicanor Costa Méndez, lamentaba en democracia que «no hubo manera de convencer» a Galtieri de que aquella guerra estaba perdida de antemano. Aseguraba que el dictador creyó entender –y señalaba a Vernon Walters– que Estados Unidos le había dado luz verde para «recuperar las Malvinas».
La realidad demostró que entre Margaret Thatcher y la administración de Ronald Reagan no había hueco para que se colara la dictadura argentina. Washington, que inicialmente eligió mantenerse en un segundo plano, terminó suministrando a Reino Unido apoyo logístico, equipamiento y valiosa información de Inteligencia, algo que también haría, pese a manifestar lo contrario, Augusto Pinochet desde Santiago de Chile.
¿Qué impulsa a Donald Trump a poner ahora en duda su apoyo al Reino Unido? En medios estadounidenses cobra fuerza la idea de que el republicano sigue muy dolido con Londres por su negativa a sumarse a la guerra de Irán. «No estuvieron allí para ayudarme», reiteró. El rechazo de Keir Starmer a participar en la ofensiva le dejó en shock a él y a todo su Gabinete. La herida sigue abierta y la factura se la estaría pasando a Andy Burnham pese a los halagos que ha recibido de Trump.
El presidente de Estados Unhidos había metido el dedo en la llaga de las Falklans y desde Downing Street se apresuraron a emitir un comunicado en que reiteraban que las islas: «Las Falklands son británicas porque los isleños allí eligieron ser británicos. Nuestro compromiso con las islas es absoluto e inamovible».
Periódicos como The Sun, The Daily Telegraph y The Daily Express calificaron las palabras de Trump de «amenaza explosiva» y un «peligro claro y urgente» para la seguridad de las islas. Hasta el ex primer ministro, Boris Johnson, pidió reforzar militarmente el archipiélago.
Starmer trató de hacer malabares para calmar a Washington y permitió a EE. UU. utilizar bases británicas clave como las de RAF Fairford (en Inglaterra) y Diego García (en el océano Índico).
Pedro Sánchez no obró de igual manera con las bases de Rota y morón. El Pentágono tuvo que desplazar a una decena de aviones cisterna de reabastecimiento (KC-135) de España a otras instalaciones aliadas en Europa, como Alemania. El suma y sigue de «ofensas» se almacenaron en la memoria reciente del presidente de Estados Unidos que aprovecha las oportunidades para lanzar el dardo en la palabra que más daño hace Sánchez.
Trump sacude a los aliados que consideran desleales y premia a aquellos como Javier Milei que no le defraudan.