Drones rusos contra España
Solo con firmeza podremos convencer al lobo de que no ganará nada viniendo sobre nosotros. Lástima que eso, la firmeza, sea precisamente lo que nos falte
Restos de uno de los siete drones rusos derribados en Polonia
¿Recuerda el lector el cuento del pastorcito y el lobo? De él pueden sacarse dos lecciones prácticas para nuestras vidas. La primera, la obvia, la que todos asumimos como moraleja del macabro relato, es que es malo mentir. La segunda, la que por desgracia solemos pasar por alto, es que, al final, el lobo viene.
Viene al caso todo esto por la noticia publicada hoy de que un informe de la CIA –¿qué parte de la palabra «secreto» parecen haber olvidado los servicios secretos?– menciona la posibilidad de ataques de drones rusos a la retaguardia mediterránea de Europa. Pero ¿de verdad hace falta que la CIA nos diga esas cosas? ¿No tenemos los españoles ojos para ver, oídos para oír y cerebro para interpretar lo que nos revelan los sentidos?
El Kremlin lleva años librando una guerra híbrida contra Europa. La principal arma en este campo de batalla es la desinformación, pero en la guerra, particularmente en la híbrida, vale todo. Particularmente cuando el objetivo político de la campaña, que Vladimir Putin nunca ha tratado de ocultar, es tan importante como el que ahora persigue el dictador: aislar a Kiev del apoyo exterior, única manera de que pueda progresar la guerra de verdad, la que lleva cuatro años y medio ensangrentado Ucrania.
Entre ese «todo» que el Kremlin utiliza para presionarnos están los drones que, lanzados desde buques de su flota fantasma, paralizan aeropuertos europeos, amenazan infraestructuras críticas o sobrevuelan instalaciones militares. No llevan explosivos, al contrario de lo que ocurre en las naciones vecinas de Ucrania, pero pocas armas hibridas son más eficaces. Por menos de 10.000 euros, estos drones alarman a la opinión pública, incomodan a los usuarios de los aeropuertos y ponen en un brete a los gobiernos… sobre todo a aquellos a los que les asusta la responsabilidad.
¿Vendrá ahora a España este particular lobo? El riesgo es pequeño. Nuestro Gobierno apoya a Kiev –quizá su único acierto en política exterior– pero más tibiamente que la mayoría. Los aeropuertos nacionales con más tráfico están lejos de las grandes rutas marítimas y, aunque tenemos elecciones previstas para el año que viene –algo que, en otras naciones europeas, incrementa la vulnerabilidad– todos los partidos que pueden ganar en España se mantienen sin apenas fisuras al lado de Ucrania.
Sin embargo, el lobo ronda por ahí. Ya ha atacado otros objetivos europeos. Necesitamos prepararnos para su visita, pero ¿qué puede hacerse contra ellos? La respuesta es compleja. Desde el punto de vista militar, no son blancos difíciles. Por desgracia, la perspectiva política es muy diferente. Aquél que dé la orden de tomar medidas contra los drones se hace responsable de las consecuencias. ¿Derribamos el dron? El empleo de armas antiaéreas en medio de un aeropuerto es un riesgo que pocos querrían asumir. ¿Guerra electrónica? Mejor, pero ¿qué pasa si el dron descontrolado cae sobre lugares poblados y causa algún herido? Al final –y esas cosas no solo pasan en España– se acepta el cierre del aeropuerto como mal menor… y Putin lo celebra en la intimidad.
Como ocurre con la guerra híbrida que nos hace Marruecos, la respuesta a los drones de Putin tiene que ser asimétrica. No tendremos éxito enviando oleadas de emigrantes españoles a Tánger ni drones europeos a Moscú. Tampoco venceremos en esta guerra híbrida si nos limitamos a reaccionar contra los inmigrantes marroquíes o los drones rusos. Unos y otros son proyectiles disparados contra nosotros por gabinetes de guerra que saben lo que quieren, y nunca se gana una batalla disparando a las flechas. Hay que ir a por el arquero.
¿Y quién es el arquero? Tiene gracia que, a estas alturas, haya todavía quien se pregunte estas cosas. Putin niega toda responsabilidad… pero Dmitri Medvédev, su otro yo, no tiene reparo alguno en decirle a los europeos –decirnos a nosotros– cuál es el verdadero objetivo de los drones rusos: «Lo principal es que los europeos miopes sientan el peligro de la guerra en su propia piel. Que teman y tiemblen como animales mudos en un rebaño que es conducido al matadero». La contradicción, ya ve el lector, es una de las señas de identidad de la amenaza híbrida, y tenemos ejemplos que nos afectan más directamente en Ceuta: un Gobierno, el de Rabat, asegurando que no tiene nada que ver en el asalto masivo a la frontera mientras sus ministros reclaman la «liberación» de la ciudad española.
Identificado el enemigo, ¿qué podemos hacer? El presidente Sánchez, alérgico a toda responsabilidad, seguramente lo tendrá muy claro: mirar para otro lado, como ha ocurrido en Ceuta. Pero ¿qué debería hacer el pueblo soberano? ¿Qué debería exigir a su Gobierno? En el manual de instrucciones que es la historia solo hay una receta que se puede aplicar contra las rabietas de los niños y contra las amenazas de los abusones, y esa receta es la firmeza. Solo con firmeza podremos convencer al lobo de que no ganará nada viniendo sobre nosotros. Lástima que eso, la firmeza, sea precisamente lo que nos falte.