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Elecciones en Rusia

El reparto de asientos permite a Putin seguir haciendo lo que le venga en gana, que para eso es un dictador. Pero hay una realidad que nadie debería olvidar: solo tres de cada diez rusos con derecho a voto (un 33 % del censo) han dado su confianza a Rusia Unida

Un hombre camina frente a una pantalla con propaganda del partido de Putin "Rusia Unida" en Moscú

Un hombre camina frente a una pantalla con propaganda del partido de Putin «Rusia Unida» en MoscúIgor Ivanko / Afp

No esperaba otra cosa de unas elecciones en la Rusia de Putin, pero ya es oficial: Rusia Unida, el partido creado para apoyar al dictador, ha resultado ganador con más del 57 % de los votos. El Kremlin, cómo no, lo celebra por todo lo alto. «Estos resultados apuntan al más alto nivel de consolidación de la sociedad rusa en torno al jefe del Estado», presume el engolado Dmitri Peskov. El lector se dirá que un 57 % no es para tanto, sobre todo si la participación se queda por debajo del 60 %; pero, tal como está organizado el sistema ruso, las cifras son suficientes para consolidar una amplia mayoría en una Duma en la que, para más inri, todos y cada uno de los partidos que han conseguido autorización para presentarse a las elecciones apoyan a Vladimir Putin.

No esperaba otra cosa de unas elecciones en la Rusia de Putin, pero esto también es oficial: la guerra continúa. El ministro Lavrov ha reconocido expresamente que nada va a cambiar después del voto de sus conciudadanos. Veremos si es así, porque subsisten los miedos a una segunda movilización forzosa de hasta 800.000 rusos más en los próximos meses. Cuatro años y medio después de haberlo intentado con 200.000, parece que los generales de Putin vienen a darme la razón: no se puede conquistar Ucrania con menos de dos millones de soldados.

No esperaba otra cosa de unas elecciones en la Rusia de Putin —disculpe el lector que me repita— pero ya es oficial: la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, denunció lo ocurrido como un retroceso de la democracia. No dijo nada que no supiéramos: «Su resultado nunca estuvo en duda. El Kremlin acalló la disidencia, excluyó al único partido registrado que se oponía a su guerra en Ucrania y dejó fuera a los observadores electorales internacionales. En Rusia solo queda la apariencia de democracia». Nadie en esta inmensa tragedia —yo tampoco, lo reconozco— parece capaz de salirse del guion.

Un plebiscito sobre la guerra

Apartado de las urnas el Partido Democrático Ruso «Yábloko», el único que se atrevía a proponer el final de la guerra, las elecciones se habían planteado por muchos analistas como un plebiscito sobre la contienda. Así considerado, el resultado no es para tirar cohetes. El reparto de asientos —no se sabe si por las buenas o mediante el oportuno retoque de los resultados, que en Rusia carecen de controles eficaces— permite a Putin seguir haciendo lo que le venga en gana, que para eso es un dictador. Pero hay una realidad que nadie debería olvidar: solo tres de cada diez rusos con derecho a voto (un 33 % del censo) han dado su confianza a Rusia Unida.

Casualidad o maquillaje, la cifra se acerca a la del porcentaje de votantes estadounidenses que apoyan a Trump en Irán (34 %) y a la que nuestro desprestigiado CIS —sin duda influenciado por los vientos autocráticos que vienen del este— atribuye al presidente Sánchez en su último barómetro (31 %). Sin embargo, hay dos diferencias que le restan valor a lo logrado por el dictador ruso. La primera de ellas es que en los EE.UU. no está prohibido el partido Demócrata. Tampoco en España están apartados de las urnas el Partido Popular o Vox. La segunda, solo un poco más sutil, es que los tribunales supremos estadounidense y español son independientes. Mientras en Moscú los jueces miran a Putin antes de decidir, en Washington y en Madrid han paralizado iniciativas de los gobiernos de Trump y de Sánchez para trampear los resultados electorales mediante distintos mecanismos de alteración del censo de votantes, el de España destapado precisamente por El Debate.

A pesar de que las cifras coincidan, el papanatismo de muchos analistas hace que se deduzcan de ellas conclusiones opuestas. El 34% de Trump es prueba de que los estadounidenses no apoyan la guerra en Irán. El 31% de nuestro CIS, además de estar inflado por el ínclito Tezanos, sugiere que Sánchez está solo en su cobarde respuesta a la guerra híbrida que nos hace Marruecos. Bueno, no exactamente solo, sino al lado de Rabat. El 33 % de Putin, por el contrario, demuestra al rusoplanismo militante que el pueblo ruso anhela la continuación de la guerra.

El cansancio de la guerra

A mí, sin embargo, el resultado del plebiscito me sugiere que ya no hay ganas de pelea en una Rusia en la que la desgana de la sociedad obliga a Putin a extender sus redes por todo el mundo, en busca de mercenarios extranjeros que suplan la falta de voluntarios locales. ¿Cómo va a haberlas si las cosas van de mal en peor y nadie intuye dónde está el final? En los primeros años, las grandes ciudades veían la guerra como algo lejano que solo imponía leves sacrificios económicos. La sangre la ponían los militares profesionales, los ciudadanos de segunda clase que poblaban las zonas más deprimidas de la Federación y los delincuentes sacados de las cárceles. Ya no es así. El último día de las recientes elecciones, dos moscovitas perdieron la vida en un ataque masivo de drones ucranianos, en todo similar a los que padece Kiev desde hace ya más de tres años.

La esperanza que llegó a Rusia de la mano de Trump, el hombre que «haría entrar en razón a Zelenski», se ha ido desplomando poco a poco. El apoyo de republicanos y demócratas a la llamada ley Lindsay Graham —en nombre del senador recientemente fallecido que la promovió—, un texto que faculta al presidente de los EE.UU. para imponer severas sanciones a quienes compren energía rusa, es un severo golpe al rusoplanismo occidental, fiel aliado del criminal del Kremlin. Puede que la ley no sirva de mucho, porque Trump tiene el mismo miedo a Putin que Sánchez a Mohamed VI y seguramente se hará el despistado. Pero el Congreso ha hablado alto y claro en nombre del pueblo —no puede hacer otra cosa cuando las elecciones de medio mandato son inminentes— y el magnate, siempre cobarde frente a Moscú, tiene fecha de caducidad.

A pesar del cansancio de la sociedad rusa, la guerra continuará en Ucrania mientras reine Putin. Seguramente ocurrirá lo mismo en Irán mientras reine Trump. Por desgracia, también continuará la guerra híbrida de Marruecos contra España mientras reine Sánchez. Y es que, a pesar de vestirse de ropajes ideológicos muy diferentes, estos tres personajes tienen algo en común: la ambición. Una ambición desmesurada e irresponsable que, al final del día, se refleja en la íntima voluntad de sacrificar el interés de sus pueblos en aras de su poder personal.

Luego, es verdad, su voz suena muy diferente. Trump ruge desde su refugio de Mar-a-Lago como el león que quiere convertirse en el rey de la selva. Putin, oculto en su cueva del Kremlin, gruñe como el oso que quiere arrebatar a sus colegas el mejor lugar del río Dniéper para pescar. Sánchez, a pesar de sus pretensiones mesiánicas, solo se ha atrevido a maullar desde la copa de algún árbol en La Mareta, donde seguramente se sintió a salvo de toda represalia. Pero no se deje el lector engañar porque, detrás de los rugidos, gruñidos o maullidos de estos tres personajes —los tres producto de la inagotable capacidad de los pueblos de la Tierra para tomar malas decisiones— puede escucharse la risa de las hienas. Y no, no escurra el bulto el lector pensando que se ríen de los demás. Se ríen de mí… y se ríen de usted.

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