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Rusia bajo el fuego

Los sueños de victoria que todavía albergan muchos rusos –así como un decreciente número de rusoplanistas occidentales– se desvanecen ante los vídeos de las columnas de humo que crean en el corazón de Rusia un puñado de drones baratos lanzados desde muchos centenares de kilómetros de distancia

A firefighting helicopter attempts to extinguish a fire at the Russian e-commerce firm Wildberries' logistics complexes in the town of Elektrostal outside Moscow on July 18, 2026. A Ukrainian drone attack on two logistics centres in Russia killed eight people and injured 24, officials said on July 18, 2026, when the Moscow region reported a new wave of drone strikes. Russian e-commerce firm Wildberries said its logistics complexes in Kotovsk and Elektrostal, in the Tambov and Moscow regions respectively, came under attack. One person was killed and 37 were injured at the Elektrostal warehouse, according to the region's governor, Andrei Vorobyov. (Photo by TATYANA MAKEYEVA / AFP)

Helicópteros en el centro del fuego tras los ataques de un enjambre de drones a los depóstios Wildberries, en las afueras de Moscú'AFP

Quienes hayan seguido mis artículos sobre la guerra de Ucrania en El Debate –muchas gracias, por cierto, por su interés– sabrán que cada año, casi siempre al comienzo del invierno, recuerdo a los lectores que los ataques rusos a las infraestructuras energéticas del país agredido son tan criminales como estériles. Son criminales porque contravienen los Convenios de Ginebra y, por esa razón, el Tribunal Penal Internacional (TPI) ha emitido órdenes de arresto contra dos de los más altos mandos de la cadena militar rusa, el exministro Shoigu y el general Gerasimov. Son estériles porque… ¿hará falta que lo argumente? Creo que no. Ya lo demuestra el curso de la guerra.

Con todo, no escribo esta columna para presumir de haber acertado –vana presunción, porque tampoco era tan difícil– sino para reconocer que me he quedado bastante corto. Además de criminal y estéril, la campaña rusa de bombardeo estratégico se ha vuelto contraproducente. El tiempo –casi siempre es un error dejar respirar al enemigo– ha permitido al pueblo ucraniano encontrar la manera de devolver los golpes. Y digo el pueblo porque han sido ellos, los ciudadanos de a pie –y no el Gobierno de Zelenski– los que, trabajando en sus propios sótanos desde los primeros meses de la invasión, han logrado poner en marcha una industria de defensa ágil, innovadora y descentralizada. Una industria muy todavía lejos de la primera línea de la tecnología en la que se encuentran misiles como el Patriot, pero capaz de crecer cada día a pesar de tener que vivir y trabajar bajo el fuego enemigo.

¿Es también criminal la campaña de respuesta que Ucrania ha puesto en marcha bajo el ofensivo epígrafe de «sanciones de larga distancia»? Zelenski, como Putin, justifica cada uno de los blancos de sus misiles y sus drones en función del hipotético valor militar de las instalaciones destruidas. Ninguno de los dos tiene en este caso demasiada credibilidad.

El ataque a objetivos civiles está sujeto al principio de proporcionalidad. El daño causado tiene que ser proporcional a las ventajas militares concretas obtenidas con cada ataque, y esa es, por desgracia, una vara de medir abierta a interpretaciones torticeras. Personalmente, me siento cómodo –y, aparentemente, también se sienten así los fiscales del TPI– con la campaña contra las refinerías rusas, porque no daña bienes vitales para la población. Los inconvenientes para el ciudadano de a pie –las largas colas en las gasolineras– me parecen perfectamente justificados por la ventaja que obtiene Kiev poniendo palos en las ruedas de la que para el Kremlin es la principal fuente de financiación de la guerra.

Los ataques a los almacenes de Wildberries, la empresa líder en la distribución y venta on line rusa, son mucho más discutibles desde la perspectiva de la proporcionalidad. Es verdad que se trata de almacenes, no hipermercados abiertos al público como los que bombardea de vez en cuando el ejército de Putin. Pero su hipotético papel en la logística militar –la excusa de Kiev– parece como mucho marginal.

El derecho de la guerra es igual para todos pero, en favor de Zelenski cabe argumentar que él está dispuesto a firmar una tregua aérea en el mismo momento que Putin quiera. Sus reiteradas ofertas de poner fin a los bombardeos de carácter estratégico –más allá del frente y la retaguardia directamente implicada en los combates– sugieren que, incluso si algunos de sus blancos carecen de la necesaria legitimidad, sí es legítimo su derecho a defenderse.

Si los puristas pueden albergar dudas jurídicas sobre la campaña aérea de ucrania, lo que nadie puede defender es que sea estéril. Para entender su valor no hay más que retirar la vista de los almacenes en llamas y centrarse en lo que los analistas más académicos llaman «dominio cognitivo». En la dimensión doméstica, Zelenski cree posible lograr que el pueblo ruso empiece a perder la confianza en su zar en la misma medida en que el ucraniano muestra en las calles su fe en el cesado ministro al que, con razón o sin ella, considera artífice de la campaña contra la retaguardia del país agresor. Sin embargo, no es ahí donde deberíamos poner nuestra atención. Después de todo, el dictador del Kremlin sigue teniendo la sartén por el mango porque, a estas alturas, los ciudadanos de Moscú y San Petersburgo temen mucho más a sus cárceles que a los drones ucranianos.

Donde de verdad tienen valor estos ataques es en el escenario internacional. Estos días, en la prensa global, las imágenes de refinerías y almacenes rusos ardiendo se ven más que las de los edificios destruidos en Ucrania. No hace mucho fue Xi Jinping el primer aliado de Putin que expresó sus dudas de que el dictador pueda ganar la guerra. Ahora es la Administración Trump la que empieza a entender que Zelenski sí que tiene cartas para continuar la partida. No entraré en detalles sobre la evolución de la postura de Washington desde la malhadada cumbre de Anchorage porque hace solo unos días que Carmen de Carlos publicó un artículo en El Debate que la describe a la perfección.

Los sueños de victoria que todavía albergan muchos rusos –así como un decreciente número de rusoplanistas occidentales– se desvanecen ante los vídeos de las columnas de humo que crean en el corazón de Rusia un puñado de drones baratos lanzados desde muchos centenares de kilómetros de distancia.

Imágenes así hacen mucho daño a la reputación del Kremlin en el exterior. Su incapacidad para defender sus vastos cielos la entendemos –hasta cierto punto– los militares. No hay forma de proteger eficazmente tantos objetivos como Kiev puede encontrar en el país más grande de la Tierra. Sin embargo, a los ojos de los ciudadanos que, como muchos de los turistas que visitan España, ven los toros desde la barrera sin entender del todo lo que ocurre en el ruedo, cada almacén destruido contribuye a erosionar la imagen de gran potencia que Moscú querría recuperar. ¿Quién es ahora el que embiste y quién el que para, templa y manda sobre el albero?

Si quiere recuperar la muleta, el sátrapa ruso necesita dedicar a la defensa de su enorme espacio aéreo mucha más gente de la que tiene. Y, aunque eso podría arreglarse con una movilización parcial que quizá podría venderse al pueblo como únicamente defensiva, también necesita invertir muchos más rublos de los que puede distraer de las demás facturas de la guerra.

En estas condiciones, ¿querrá por fin Putin aceptar una tregua parcial que frene los ataques a las retaguardias de ambos bandos? Desde la perspectiva militar, tendría todo el sentido; pero todos, incluso su camarilla de incondicionales, entenderíamos lo que eso conllevaría. Sería una derrota del dictador. No la primera, pero sí la más grave desde que llegó al poder. Es, pues, difícil ser optimista. ¿De verdad cree el lector que un hombre que ha mandado a la muerte a cientos de miles de sus soldados sin pestañear sacrificará sus sueños de gloria para evitar que ardan un puñado de almacenes de venta on line?

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