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Malas noticias desde Ucrania

En un momento de relativa bonanza en el que solo la escasez de misiles Patriot ensombrece un poco el panorama militar, el reciente cese del ministro de Defensa, Mijailo Fédorov, ha provocado manifestaciones de protesta en las calles de las ciudades ucranianas

l presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky (C-I), y al comandante de las Fuerzas Conjuntas de Ucrania, Mykhailo Drapaty (C-D), dándose la mano durante una reunión en Kiev,

El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, y el comandante de las Fuerzas Conjuntas de Ucrania, Mykhailo DrapatyAFP

A pesar de las enormes dificultades que todavía tiene que superar, el pueblo ucraniano tiene motivos sobrados para celebrar la evolución de la guerra durante los cuatro últimos meses. Hace tiempo que los escasos medios internacionales que publican noticias sobre la contienda ponen el acento en la campaña de bombardeos mutuos –una forma de hacer la guerra al trantrán que, como empieza a ocurrir en Irán, puede eternizarse sin que la balanza termine de inclinarse hacia uno u otro lado– en lugar de las temibles ofensivas de primavera o de verano que rellenaban columnas como esta en años anteriores.

Botón de muestra de que la guerra continúa torciéndosele a Vladimir Putin es la reciente detención del fundador de una organización paramilitar rusa, Georgi Zakrevski, por publicar palabras como estas: «Hay drones sobrevolando el centro de Rusia. Ahora mismo están sobre Moscú y sobre San Petersburgo. Incluso han atacado el Kremlin. Nuestra Flota del mar Negro está siendo expulsada y ya no somos una gran potencia con una gran flota, sino un país de tercera».

El derrotismo en tiempo de guerra –que ahí podrían encajar las palabras de Zakrevski– era un delito tipificado en el artículo 64 de nuestro Código Penal de 1985, derogado hace una década, quizá porque eso de la guerra todavía les parece a algunos cosa del pasado. Es probable que en España hayamos ido demasiado lejos al intentar limitar el ámbito de la jurisdicción militar a «lo estrictamente indispensable», pero en Moscú se pasan por el otro lado. A Zakrevski, un halcón ruso que desde luego no cuenta con mis simpatías, no se le está investigando por derrotismo, sino por un delito de justificación del terrorismo, mucho más grave.

Luchas de poder en Kiev

Por desgracia, poco dura la alegría en la casa del pobre. En un momento de relativa bonanza en el que solo la escasez de misiles Patriot ensombrece un poco el panorama militar, el reciente cese del ministro de Defensa, Mijailo Fédorov, ha provocado manifestaciones de protesta en las calles de las ciudades ucranianas. A las dudas iniciales sobre los motivos –¿Era cosa de celos? ¿Desafiaba Fédorov el poder de Volodimir Zelenski? ¿Quería el joven ministro llevar demasiado lejos la lucha contra la corrupción que, como parece que ocurre en nuestro país, mancha todos los círculos de poder en Kiev? – Se les dio una respuesta que, en tiempo de guerra, todavía sonaba peor: el ministro de Defensa y el general Oleksander Syrskyi, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, tenían diferencias irreconciliables que les impedían trabajar juntos.

Protesters hold placards reading messages such as "Hands off Fedorov and Fuck the system that works against me" (C) during a demonstration against Ukraine's President Volodymyr Zelensky's decision to dismiss Ukraine's Defence Minister Mykhailo Fedorov, in Kyiv on July 16, 2026, amid the Russian invasion of Ukraine. Large protests erupted in several Ukrainian cities on Thursday morning against the removal of popular Defence Minister Mykhailo Fedorov. AFP reporters in Kyiv saw more than a thousand people gathered on a central square, singing the Ukrainian national anthem, waving Ukrainian and EU flags and chanting "shame" and "bring Fedorov back". Only appointed six months ago, Fedorov carved a reputation as a moderniser who tried to reform the Ukrainian military, worn down by more than four years of the Russian invasion. (Photo by Tetiana DZHAFAROVA / AFP)

Protestas contra la destitución de Mijailo Fédorov, en KievAFP

Por lo que sabemos, lo que a Zelenski le pedía el cuerpo ante una situación así era cesar a los dos. No le habrían faltado razones, porque la guerra existencial que libra Ucrania es suficiente motivo para olvidarse de los personalismos. Sin embargo, después de escuchar a otros altos mandos militares de Ucrania que apoyaron a Syrskyi –el héroe de la defensa de Kiev–, el presidente tomó la decisión de prescindir únicamente del ministro. Caía así un hombre popular que, en los seis meses que estuvo en el cargo, realizó una excelente gestión tanto en el terreno estratégico –él fue el impulsor de la campaña de aislamiento de la península de Crimea– como en el diplomático –a él se le debe el corte del acceso de los rusos al Starlink de Elon Musk– y, sobre todo, en el organizativo.

¿Por qué tantos ucranianos salen ahora a la calle a apoyar a su ministro frente al militar que salvó su capital en los momentos iniciales de la invasión, los más difíciles de la guerra? Les sobran los motivos. Su juventud –35 años– es sin duda una baza frente al establishment que lleva cuatro años y medio dirigiendo una guerra agotadora y que no tiene trazas de terminar. Su lucha contra la burocracia y, particularmente, contra la corrupción política es encomiable –gente así haría mucho bien en los Consejos de Ministros de muchos países, incluido el nuestro– y ayuda a realzar su figura frente a la camarilla de Zelenski, sobre la que, a pesar de la vigilancia de las instituciones europeas, todavía se cierne la sombra de abusos presentes y pasados.

La cuestión militar

Si nos centramos en lo militar, que es lo que el lector puede esperar de mí, hay tres elementos que definen la gestión del ministro cesado. El primero ha sido su decidida apuesta por los drones. El empleo de estos sistemas para ahorrar sangre ucraniana no es nuevo, pero él ha sabido llevarlo todavía más lejos que sus predecesores.

Los analistas del CSIS, un reputado centro bipartidista estadounidense –lo cual no significa que tengamos que creerles a pies juntillas, no ya porque quieran engañarnos, sino porque pueden haberles engañado a ellos– aseguran que, gracias en parte a las gestiones de Fédorov, la proporción entre bajas rusas y ucranianas ha crecido enormemente. Si sus datos son correctos, ha pasado de algo más de dos a uno –1.400.000 frente a 600.000 a lo largo de la guerra– a ocho a uno en el presente año, una cifra insostenible que justifica lo que vemos que está ocurriendo en el frente en los últimos meses.

La segunda gran iniciativa de Fédorov ha sido la oferta pública de contratos temporales y bien pagados –los rusoplanistas dirán, y esta vez con bastante razón, que se pagan con el dinero de los europeos– para la incorporación voluntaria al Ejército, con la intención de reducir las necesidades de movilización obligatoria. ¿Cómo no van a aplaudir esa medida quienes viven con el miedo de ver a sus hijos llevados a la guerra por la fuerza?

La tercera decisión del ministro, quizá la más problemática de las tres, es la imposición de un cambio cultural en las Fuerzas Armadas de Ucrania para, al menos en teoría, alejarlas de los defectos heredados de la época soviética: el exceso de control, el desprecio a la vida de las tropas y, muy particularmente, la falsedad en los informes que, para evitar responsabilidades por el incumplimiento de objetivos de antemano imposibles, se extiende a lo largo de toda la cadena de mando.

Guerra y sacrificio

¿Tiene razón Fédorov? ¿La tiene Syrskyi? No me atrevería a pronunciarme, y menos sin conocer sus argumentos más que por referencias. Pero hay dos cosas sobre las que me gustaría llamar la atención del lector. La primera es que las diferencias antes reseñadas lo son solo de grado y, vistas desde fuera, no justifican que ni uno ni otro rompan la baraja. Las tácticas ucranianas ya están muy lejos de las soviéticas, y eso explica en buena parte sus éxitos frente a unas tropas rusas casi siempre superiores en número. ¿Pueden mejorar? Sin duda. Pero, cuando las cosas van bien, los cambios deben imponerse con prudencia, sin poner en riesgo el actual equilibrio. En la guerra, más –sea cual sea el ingrediente del que estemos hablando para condimentar una receta que, en Ucrania, ya tiene buen sabor– no necesariamente es mejor.

Quien promete victorias sin sangre, ya sea el ministro de defensa de Ucrania o el presidente Trump, engaña a su pueblo

La otra consideración que me gustaría hacer, quizá la más importante para los españoles, es que no hay guerra sin sacrificio. Quien promete victorias sin sangre, ya sea el ministro de Defensa de Ucrania o el presidente Donald Trump, engaña a su pueblo. Ocho a uno en la relación de bajas es una cifra excelente y, si fuera posible reducirla aún más –la ventaja de los EE.UU. en su guerra contra Irán es todavía mucho mayor–, habría que hacerlo… pero solo después de explicar el precio que hay que pagar por ello. ¿Flaquear en la defensa de las ciudades? ¿Abandonar el terreno más amenazado? ¿Renunciar a los contraataques tácticos que estabilizan el frente?

La perspectiva completa de una guerra nunca nos la da la comparación de bajas. Con ser enormemente importante, en la balanza de las campañas bélicas no solo hay que pesar la vida de los soldados. Cuentan también el tiempo, el terreno, la voluntad de vencer de las tropas, la moral de los pueblos en lucha –que tanto depende de los éxitos en el frente– y la confianza en la victoria final, sin la que las naciones europeas dejarían de invertir los cuantiosos recursos que dedican a sostener a Ucrania.

No hace mucho tiempo, bajo el epígrafe de American Revolutionary War, podía leerse en la Wikipedia: «Franco-American strategic victory. British numerical victory». El anónimo autor del comentario, además de olvidarse del papel de España en la guerra de Independencia de los EE.UU., presumía de que, en una guerra donde Londres había perdido las Trece Colonias y se había visto obligada a devolver a España la isla de Menorca y las dos Floridas, la Marina británica había hundido más navíos de los que había perdido. No se consuela el que no quiere, pero, volviendo a Ucrania, pobre consuelo será el número de bajas rusas si al final las tropas de Putin consiguen entrar en Kiev.

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