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La guerra de Irán y el juego de la oca

Alguien debería explicarle a Donald Trump que no se enfrenta con políticos parecidos a los que pululan por los pasillos del Capitolio, sino con criminales a los que la vida de sus súbditos les trae sin cuidado

en la plaza Valiasr de Teherán, varios iraníes pasaron en motocicleta junto a una enorme valla publicitaria antiestadounidense que hacía referencia a la muerte del senador estadounidense Lindsey Graham

En la plaza Valiasr de Teherán, varios iraníes junto a una enorme valla publicitaria antiestadounidenseAFP

Haga un pequeño esfuerzo el «desocupado lector» –la magia de Cervantes hizo de estas dos últimas palabras las primeras de su obra más universal y, bajo su inspiración, siempre imagino así a quienes se toman unos minutos de su tiempo para hojear mis columnas– y trate de ver la guerra de Irán como si fuera el juego de la oca.

Sería, desde luego, una partida asimétrica. El presidente Donald Trump, que es quien tomó la decisión de ir a la guerra –en compañía del primer ministro Benjamin Netanyahu, ya retirado de la partida–, se reserva el papel de único jugador. El magnate necesita abrirse camino hasta llegar a la casilla final, el llamado jardín de la oca, para encontrar, quién sabe si polvo radioactivo o, para los mal pensados, quizá tan solo unas migajas de esa gloria que, en las sabias palabras de Jorge Manrique, lleva consigo una «vida de honor» que, aunque «no es eternal ni verdadera», sí parece «mejor que la otra temporal, perecedera». Ya ve el lector que, cuando se trata de la ambición humana, no hay nada nuevo bajo el sol.

La República Islámica, agredida pero no exactamente víctima, preferiría jugar a otra cosa, pero está obligada a poner el tablero. Lucha en su terreno, lo que le permite dibujar sobre él muchas menos ocas y más casillas difíciles que en el juego original. En su aparente diversidad, todas las trampas del juego –posadas y cárceles, laberintos y puentes– obedecen a la misma idea estratégica: explotar el espacio, sobre todo el estrecho de Ormuz, para ganar tiempo. En pocas palabras, los malvados ayatolás intentarán resistir hasta que la propia dinámica política estadounidense obligue a Trump a dejar la partida sin terminar.

El MoU y la vuelta a la casilla de salida

Hay en el tablero de la oca una casilla fatídica, la de la muerte, que obliga a quien cae en ella a volver a la casilla de salida. En el juego, esa casilla suele estar representada por una calavera. En la guerra de verdad, bien podría tener dibujado un memorándum de entendimiento (MoU, por sus siglas en inglés) mal negociado y peor redactado por el inexperto equipo diplomático estadounidense.

El texto del acuerdo, ambiguo y contemporizador, ha sido criticado por innumerables voces del Partido Demócrata, algo que cabía esperar porque en todas partes se cuecen las habas de la polarización. Pero, en esta ocasión, se han unido a las críticas buena parte de las filas republicanas y, lo que es más importante, el pueblo soberano. The Washington Post, que desde que fue adquirido por Jeff Bezos ha perdido buena parte de su antiguo talante izquierdista, publica estos días una encuesta que muestra que solo el 23 % de los estadounidenses creen que Trump conseguirá en Irán un acuerdo mejor que el de Barack Obama. ¡Bueno es el magnate para aceptar sin lucha tamaña humillación!

Para completar una dinámica que, desde el otro lado, también favorece la reanudación de las hostilidades, el MoU le reconoce a la República de Irán la responsabilidad de «tomar las medidas para el tránsito seguro de los buques comerciales, sin cargo alguno y solo durante 60 días, desde el golfo Pérsico al mar de Omán y viceversa». Puede que los ayatolás se extralimiten obligando a los mercantes a navegar por el dispositivo de separación por ellos creado, pero ¿a quién se le ocurrió darles siquiera la posibilidad de discutir ese derecho?

En la cuesta abajo

A diferencia del juego original, en la guerra de Irán la vuelta a la casilla de salida no se produce de golpe, sino resbalando poco a poco. Los renovados bombardeos de los EE.UU., que empezaron ciñéndose a instalaciones militares en la costa iraní directamente implicadas en los ataques al tráfico marítimo, se van extendiendo día a día y el redespliegue de aviones cisterna adicionales en las bases de los EE.UU. en el golfo Pérsico sugiere que pronto pueden volver los bombardeos a Teherán.

Mientras se va produciendo esta escalada en los combates, el estrecho de Ormuz permanece cerrado. A pesar de las promesas de Donald Trump, ni un solo petrolero o gasero atravesó ayer sus aguas. La razón la explicó perfectamente el vicepresidente J.D. Vance en una larga entrevista con Joe Rogan, uno de los versos sueltos más escuchados en la política de los EE.UU.: «Puedes bombardearlos, puedes eliminar sus radares, puedes eliminar algunos de sus drones y sus misiles, pero es simplemente demasiado fácil disparar a los buques en el estrecho, así que tenemos que estar dispuestos a hablar y tratar de resolver el problema».

Con las cartas descubiertas

Aunque la frase no sea suya, se atribuye a Einstein la reflexión de que «es locura hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes». En el caso de Irán, sería de locos volver a iniciar la partida con las mismas cartas y, además, descubiertas. No solo ha sido Vance, también el almirante Daryl Caudle, jefe de Operaciones Navales de los EE.UU. – puesto equivalente al de nuestro AJEMA– ha declarado recientemente ante una comisión del Senado que «dar servicios de escolta en un estrecho disputado, en mi opinión militar, excede la capacidad de la US Navy». ¿Alguien puede creer que declaraciones así se les habrán pasado por alto a los herederos de Alí Jamenei?

En estas condiciones, ¿qué puede hacer Trump de forma diferente para, esta vez sí, doblegar al régimen iraní antes de las elecciones de noviembre? ¿Tiene el magnate alguna carta más en la manga o volverá a jugar las mismas que en la ronda anterior, ya desgastadas por el uso? ¿Cree todavía que puede derribar al régimen iraní o, como su admirado colega Vladimir Putin, simplemente prefiere que la guerra continúe a reconocer su fracaso?

Es difícil anticiparse a las decisiones de Trump, pero es mala señal que ya le hayamos visto recurrir a las mismas amenazas de la primera vez. El magnate vuelve a asegurar que, si los ayatolás no ceden a sus demandas, «la semana que viene» comenzará a atacar blancos civiles. Pero la mayoría seguimos sin creer que el presidente de los EE.UU. vaya a hacer en Irán lo mismo que Putin en Ucrania… y, lo que es peor, a los líderes de la teocracia chií ni siquiera les importaría. Alguien debería explicarle a Trump que no se enfrenta con políticos parecidos a los que pululan por los pasillos del Capitolio, sino con criminales a los que la vida de sus súbditos les trae sin cuidado.

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