El estrecho de Ormuz: dato mata relato
Durante semanas se nos ha contado que la guerra de Irán había desembocado en un fracaso estratégico norteamericano. El problema es que los petroleros han empezado a contradecir los titulares. Ormuz vuelve a mover crudo, mientras a Teherán se le acaba, literalmente, la gasolina
Una vista aérea muestra barcos anclados frente a la costa de Khasab, en Omán, cerca del estrecho de Ormuz
Durante las últimas semanas hemos asistido a una auténtica torre de Babel informativa alrededor del estrecho de Ormuz. Mientras Trump, Hegseth, Rubio, Bessent y el almirante Cooper llevan semanas afirmando que el estrecho está abierto al tráfico, buena parte de la prensa occidental ha venido sosteniendo exactamente lo contrario. Para desgracia de unos cuantos titulares, los datos empiezan a inclinarse del lado de la Administración.
Y eso plantea una pregunta más interesante que determinar quién ganó la última batalla dialéctica: ¿cómo hemos llegado a un punto en el que dos personas razonablemente informadas pueden observar los mismos petroleros y concluir que están viendo dos realidades distintas?
Ormuz está «open for business». Pero no para Teherán
Empecemos por los datos. Kpler, una de las fuentes de referencia del mercado energético, afirma que durante la última semana han llegado a salir del Golfo más de 15 millones de barriles diarios, frente a los 17,1 millones anteriores a la guerra. Si tenemos en cuenta que los 1,8 millones de barriles diarios iraníes han pasado prácticamente a cero, el flujo del resto de productores no solo se ha recuperado: de hecho, ha aumentado.
Eso no significa que todos esos barriles atraviesen Ormuz. Petroline, el oleoducto saudí hacia el mar Rojo, vuelve a bombear unos cinco millones de barriles diarios después de su reparación. Emiratos Árabes Unidos, a través de su oleoducto de Fujairah, están moviendo más de seis millones. Goldman considera que las exportaciones de crudo del Golfo están ya por encima de la media de 2025.
La fotografía exacta depende de qué se mida –crudo, líquidos totales, tránsito físico por el estrecho o exportaciones regionales–, algo que la propia Kpler ha advertido al explicar las enormes discrepancias entre cifras publicadas durante esta guerra. Pero la tendencia es difícil de discutir: el sistema energético del Golfo se ha adaptado y los volúmenes exportados se han recuperado con extraordinaria rapidez.
Teherán, entretanto, vive la película contraria.
Entre el bloqueo económico dirigido por Bessent, que ha ido cerrando las vías financieras utilizadas por el régimen en terceros países, y el bloqueo físico de Cooper, a Irán apenas le quedan 15 mb para generar ingresos. El Tesoro estadounidense ha ido endureciendo durante las últimas semanas precisamente esa estrategia de estrangulamiento financiero.
El rial ha pasado de aproximadamente 35.000 por dólar en 2018 a superar los dos millones y medio
Y su moneda está contando la historia mejor que cualquier rueda de prensa. El rial ha pasado de aproximadamente 35.000 por dólar en 2018 a superar los dos millones y medio. A finales de septiembre volvió a marcar mínimos históricos por encima de ese nivel.
Nada de esto significa que los mulás vayan a rendirse mañana. Les quedan misiles, capacidad de sabotaje y suficientes incentivos para seguir atemorizando a los petroleros. Incluso es perfectamente imaginable que intenten una nueva escalada antes de las midterms, si consideran que una subida del petróleo puede alterar el clima político norteamericano.
Pero una cosa es afirmar que Irán conserva capacidad para hacer daño y otra muy distinta sostener que está ganando la partida.
Del análisis al relato
Me cuesta mucho caracterizar este escenario como un fracaso estratégico de Estados Unidos. Y, sin embargo, durante semanas esa ha sido una de las narrativas dominantes.
Aquí conviene distinguir dos cosas. No creo que exista una conspiración de cientos de directores de periódico reunidos clandestinamente cada martes para decidir cómo fastidiar a Donald Trump. Sería concederles una capacidad de organización que probablemente ni imaginan.
El problema es más sencillo. Una parte importante del ecosistema cultural y mediático occidental contempla a Trump con una hostilidad casi genética. Corren el riesgo de analizar primero al personaje y después los hechos.
El orden debería ser exactamente el contrario. Trump puede ser vulgar, narcisista, errático y capaz de meterse él solito en charcos completamente innecesarios. Lo he escrito muchas veces. Pero ninguna de esas características convierte automáticamente en equivocada cada decisión que adopta su Administración.
La realidad no tiene obligación de respetar nuestras simpatías políticas. Cuando uno empieza por decidir quiénes son los buenos y los malos y solo después interpreta los datos, ha dejado de informar. Está construyendo un relato.
El fin del monopolio
Para los medios tradicionales, el problema es que el mundo ha cambiado. Durante más de un siglo disfrutaron de algo parecido a un oligopolio sobre la información. Un número relativamente reducido de periódicos, agencias y cadenas decidía qué era noticia, qué experto merecía ser escuchado y qué interpretación llegaba finalmente al ciudadano.
Aquello tenía enormes virtudes. Los grandes medios y enciclopedias funcionaban como filtros. Expertos, corresponsales y editores separaban el trigo de la paja antes de entregárselo al lector. Pero también había un elemento profundamente paternalista: nosotros sabemos; usted no.
Internet dinamitó aquel modelo. Las redes sociales terminaron de desintermediarlo. Y ahora la inteligencia artificial amenaza con darle el golpe definitivo.
No porque ChatGPT, Claude, Gemini o Grok sean oráculos infalibles. Todo lo contrario. También se equivocan, reproducen sesgos y pueden inventarse cosas con una tranquilidad admirable (cada vez menos, por cierto). La diferencia es que permiten al ciudadano preguntar, repreguntar, comparar argumentos y acudir directamente a las fuentes.
Y los hábitos del consumidor ya están cambiando. El Digital News Report 2026 del Reuters Institute señala que las redes sociales y las plataformas de vídeo ya superan globalmente a las webs y aplicaciones de los propios medios como vía de acceso a noticias. Entre los menores de 35 años la ruptura es todavía mayor. El uso de chatbots para informarse está creciendo rápidamente, especialmente entre los jóvenes. El chaval de veinte años ya no acepta necesariamente que el presentador del telediario le entregue una conclusión empaquetada. Pregunta. Y eso cambia todo.
La solución: más información, no un nuevo árbitro
Por supuesto, la desintermediación tiene un precio. En X –antes Twitter– circulan mentiras a una velocidad espectacular, casi tan rápido como en El País y RTVE. TikTok puede convertir al idiota del pueblo en un experto internacional con tres millones de seguidores. Y cualquier teoría conspiratoria suficientemente divertida encuentra público antes de que alguien haya terminado de comprobarla.
Pero la respuesta a los errores de un mercado abierto de información no puede ser devolver el monopolio a quienes lo perdieron por pecados propios. Y mucho menos entregárselo al Estado. La solución es precisamente la contraria: más competencia.
Más fuentes. Más transparencia. Más acceso a los datos primarios. Más capacidad del ciudadano para comparar versiones. Y más responsabilidad individual para decidir a quién otorgar su confianza. La libertad de información nunca ha garantizado la verdad. Lo que garantiza es algo más importante: que nadie tenga el monopolio sobre ella.
Durante siglos aprendimos que la competencia funciona razonablemente bien para descubrir precios. Quizá tengamos que acostumbrarnos a que también funciona para descubrir cuales son los hechos. Habrá basura. Muchísima. Pero también habrá millones de ciudadanos comprobando en tiempo real lo que antes dependía de cuatro corresponsales, tres agencias y un consejo editorial.
El verdadero problema de la prensa
Por eso creo que el peligro para los medios tradicionales no es tecnológico. Es reputacional.
La inteligencia artificial no destruirá a los periódicos porque escriba más rápido. Los destruirá si el lector llega a la conclusión de que puede obtener una explicación más completa preguntando a una máquina y contrastando cinco fuentes que leyendo un artículo cuyo desenlace político conoce antes de llegar al segundo párrafo.
Ahí está la verdadera amenaza. Los periódicos siguen siendo necesarios. Los buenos periodistas también. Quizá más que nunca. Necesitamos gente que viaje, investigue, pregunte, encuentre documentos y descubra cosas que el resto desconocemos. La IA puede ordenar el conocimiento existente; pero alguien tiene que producir conocimiento nuevo.
Pero información y opinión no son lo mismo. El medio que quiera sobrevivir tendrá que volver a distinguir con claridad entre ambas cosas
Y necesitamos también foros de opinión. Una sociedad libre sin discusión áspera sería insoportablemente aburrida y probablemente poco libre. Pero información y opinión no son lo mismo. El medio que quiera sobrevivir tendrá que volver a distinguir con claridad entre ambas cosas. Contar primero qué ha ocurrido. Y después, si quiere, explicarnos qué piensa sobre ello.
Los petroleros no leen editoriales
Ormuz ofrece una metáfora perfecta de este nuevo mundo. Durante semanas hemos escuchado que el estrecho estaba cerrado, que la estrategia estadounidense había fracasado y que Teherán tenía la sartén por el mango.
Mientras tanto, los ingenieros reparaban oleoductos, los saudíes desviaban crudo hacia el mar Rojo, los emiratíes bombeaban hacia Fujairah y los petroleros seguían apareciendo en las pantallas de seguimiento.
La realidad hacía su trabajo. Silenciosamente. Ese es el problema de construir relatos demasiado rígidos: tarde o temprano aparece un petrolero atravesando la pantalla. Y contra eso no hay editorial que valga.
Los medios tradicionales todavía pueden recuperar su papel. Pero para hacerlo tendrán que aceptar una idea: ya no son los propietarios de la verdad. Son competidores en el mercado de la información. Y, como en cualquier mercado libre, conservarán clientes mientras aporten valor.
Si informan, contrastan y separan hechos de opiniones, sobrevivirán. Si prefieren convertirse en un actor político más, también están en su derecho. Pero entonces no deberían sorprenderse cuando el ciudadano deje de tratarlos como árbitros y empiece a tratarlos exactamente como lo que han decidido ser: otro participante en la pelea.
En Ormuz, al menos esta vez, los petroleros han hablado más alto que los titulares.