El presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula Da Silva, que aspira a un cuarto mandato en las elecciones frente a Flavio Bolsonaro
Perfil
Lula busca un cuarto mandato y rematar su venganza contra Bolsonaro venciendo a su hijo Flavio en las urnas
El ex obrero metalúrgico, sindicalista, fundador del Partido de los Trabajadores (PT) y actual presidente no tiene todas con él: las encuestas anticipan un virtual empate técnico
«Mientras esté vivo, la extrema derecha no volverá al poder en este país». A los 80 años, Luiz Inácio Lula da Silva repite en campaña este lema para descalificar al senador Flavio Bolsonaro. El presidente y candidato del PT (Partido de los Trabajadores) ha llegado más lejos de lo que posiblemente nunca pudo imaginar cuando era un obrero metalúrgico.
De familia muy humilde de Pernambuco, Lula –calamar en portugués–, atravesó Brasil en un camión de transporte de madera agarrado a un tronco en busca de un futuro.
São Paulo fue su destino y en el cinturón de esta gran ciudad, en São Bernardo do Campo, se instaló. Sería el principio de una carrera a la Presidencia de donde no se quiere mover después de haber logrado su segunda reelección hace cuatro años.
El fenómeno Lula comenzó cuando ganó las primeras elecciones en 2003. En un abrir y cerrar de ojos pasó de ser el demonio rojo en las portadas de la prensa nacional e internacional al ídolo de medio mundo. Bill Clinton le ponía como ejemplo, en Europa había codazos para poder estrecharle la mano y los periodistas rogaban por una entrevista con el hombre que había enamorado al mundo.
Lula, que había perdido las elecciones anteriores con Fernando Collor de Mello y Fernando Henrique Cardoso, encarnaba el espíritu de superación y esfuerzo sumado a la vocación de trabajo del hombre hecho a sí mismo. Convertido en ídolo, no tardó demasiado en que los pies de barro deshicieran esa imagen.
Antes, demostró que sabía gobernar para todos y mejorar las condiciones de los más humildes. El proyecto «Fome Zero» (Hambre cero) y una gestión económica saludable para inversionistas y trabajadores le ayudaron a conseguir la reelección en 2007. A la izquierda en lo social y a la derecha en lo económico fue su fórmula mágica, acompañada de las determinantes iglesias evangélicas.
Subido a la ola del éxito y al ciclo bolivariano en la región, Lula dio el pistoletazo de salida al Foro de São Paulo, el club de la falsa progresía abrazado a las dictaduras venezolana, cubana y la izquierda europea y española. El Grupo de Puebla, con Alberto Fernández, Zapatero y compañía, sería su continuación.
Como en las malas historias, segundas partes nunca fueron buenas y en este caso, en el segundo Gobierno de Lula la corrupción empezó a asomar de cuerpo entero mientras sus excesos con el alcohol, más moderados que los de Boris Yeltsin, cruzaban fronteras.
Escándalo tras escándalo sus colaboradores más estrechos, pasarían por el banquillo y él mismo sería condenado. El caso Odebrecht había estallado y hasta el dueño de la compañía, Marcelo Odebrecht, confesaría todas las operaciones y enjuagues. La red de corrupción de la mayor constructora del continente atravesaría el continente de arriba abajo y llegaría hasta Europa y África.
La justicia y los medios lo rebautizaron como Operación Lava Jato, en alusión a las estaciones de lavado de automóviles. Lula no podría escapar y fue condenado por corrupción y blanqueo de capitales. Pasó un año y siete meses en prisión. La torpeza procesal de los jueces, sumada a la falta de competencias de las instancias que lo juzgaron obligaron al Supremo a anular las sentencias y devolverle sus derechos políticos. Pero nadie dijo que fuera inocente.
El Lula renovado, y recargado, luchador y vencedor al cáncer (de laringe y de piel), volvió a la competición de las elecciones en 2022.
Jair Bolsonaro, por el desgaste de la pandemia y errores propios, además de exabruptos, había caído en desgracia. Las urnas sentenciaron a Bolsonaro con la victoria del líder del PT (Partido de los Trabajadores).
La revuelta y asalto a las sedes de los tres poderes en Brasilia de los seguidores del exmilitar, que no aceptaban el resultado y denunciaban fraude, arrojaría unas imágenes parecidas a las del Capitolio. La factura la pagó con el actual arresto domiciliario por formar parte de un intento de golpe de Estado, según la calificación del Tribunal.
Con Lula, dos veces viudo, de regreso al poder de la mano de su tercera mujer, Janja, (20 años más joven), Brasil volvió a tener como prioridad en la agenda el medio ambiente y las políticas sociales.
En su haber, el viejo sindicalista tiene un descenso del paro y un crecimiento del 2,3 % y en el debe la ralentización del consumo y de la inversión así como la carestía de vida. Capítulo aparte es el choque frontal con Donald Trump que ha castigado al país con una lluvia de aranceles que van del 25 % al 40 y hasta al 50 %. «Trump actúa como un emperador», «No somos colonia y no seremos colonia de nadie» o la última frase en la ONU «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie» resumen la imagen que tiene del republicano.
El desafío de Lula ahora es vencer a Flavio Bolsonaro. Es posible que lo logre este 4 de octubre, pero el verdadero resto lo tiene el 25, fecha del balotaje. Entonces se verá si después de vencer al padre, a su edad, también puede con el hijo.