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Juan Carlos Aguilera
AnálisisJuan Carlos AguileraEl Debate en América

La herencia hispana de América: evangelización, mestizaje y formación de una civilización

El mestizaje dio a esa sociedad su expresión más íntima. En los hogares se reunieron lenguas, recuerdos y costumbres diferentes

Ilustración sobre la Hispanidad

Ilustración sobre la HispanidadIA | El Debate

La herencia hispana de América permanece en la lengua con que pensamos, en las plazas de nuestros pueblos, en las universidades, los hospitales y las iglesias. También vive en la agricultura, los alimentos y las familias, donde memorias de procedencias distintas llegaron a formar una pertenencia común. Comprenderla exige volver sobre el encuentro que dio origen a Hispanoamérica y reconocer la participación de quienes contribuyeron a construirla.

América recibió cultivos, animales, herramientas e instituciones; Europa incorporó productos que transformarían su alimentación y su economía. La evangelización y el mestizaje ocuparon el centro de una civilización formada mediante vínculos familiares, religiosos y culturales. La Monarquía hablaba de las Indias y de sus reinos, organizados mediante virreinatos, audiencias, capitanías generales y gobernaciones. La Recopilación de leyes de los reinos de las Indias conserva esa concepción. Conocer su arquitectura institucional permite examinar con mayor precisión la sociedad que se formó bajo ella.

La presencia cristiana tuvo un hito temprano en La Isabela, en la actual República Dominicana. Allí, el 6 de enero de 1494, fray Bernardo Boyl presidió la primera misa solemne documentada del proceso colombino. La fe acompañaría el aprendizaje de lenguas y la fundación de escuelas, hospitales y templos.

En su codicilo de 1504, Isabel la Católica mandó que los indígenas no recibieran «agravio alguno en sus personas ni bienes» y que las ofensas fueran reparadas. Las Leyes de Burgos de 1512 impusieron obligaciones al encomendero; las Leyes Nuevas de 1542 prohibieron esclavizar a los naturales. La bula Sublimis Deus de 1537 rechazó que su condición de no cristianos justificara privarlos de libertad y bienes. Aunque la aplicación encontró resistencias, la protección quedó reconocida como responsabilidad de la autoridad.

El mestizaje dio a esa sociedad su expresión más íntima. En los hogares se reunieron lenguas, recuerdos y costumbres diferentes. Beatriz Clara Coya, hija del inca Sayri Túpac, se casó con Martín García de Loyola, sobrino nieto de san Ignacio. Su hija prolongó esa historia familiar mediante su matrimonio con un descendiente de san Francisco de Borja. También los descendientes de Moctezuma mantuvieron vínculos entre América y España.

La cultura adquirió una voz americana. El Inca Garcilaso reunió memoria andina y humanismo castellano en sus Comentarios reales de 1609. Blas Valera investigó el pasado inca; Jerónimo de Valera cultivó la lógica; Fernando de Alva Ixtlilxóchitl conservó la historia de Texcoco. En Chile, fray Alonso o Ildefonso Briceño destacó entre los primeros filósofos nacidos en aquellas tierras.

La evangelización impulsó gramáticas y vocabularios de quechua, náhuatl, purépecha, zapoteco, mixteco, mapudungun, muisca, guaraní y mochica. La imprenta llegó a México en 1539; en Lima, el catecismo de 1584 reunió castellano, quechua y aimara. Fray Bernardino de Sahagún, con informantes y colaboradores indígenas, recogió en el Códice Florentino un testimonio fundamental del mundo nahua. Aprender las lenguas permitió enseñar y conservar memorias.

Los estudios superiores arraigaron tempranamente. Santo Domingo recibió una bula fundacional en 1538; Lima y México, sus reales cédulas en 1551. Las fundaciones universitarias americanas rondaron la treintena entre 1538 y 1812, aunque algunas fueron fugaces. La caridad se expresó en hospitales como San Nicolás de Bari, en Santo Domingo, y el de Jesús, sostenido por Hernán Cortés en México. Los pueblos-hospital de Vasco de Quiroga vincularon caridad y organización comunitaria. La caridad cristiana adquirió una forma institucional.

La agricultura transformó profundamente la vida cotidiana. Las tradiciones indígenas de cultivo recibieron trigo, cebada, lentejas, garbanzos, vides, cítricos y frutales. Su adaptación exigió conocer suelos, estaciones y disponibilidad de agua. Caballos, bovinos, ovejas, cabras y cerdos ampliaron las posibilidades de alimentación, transporte y trabajo. Cueros, lana y aperos relacionaron el campo con talabarteros, herreros y carpinteros. El intercambio de alimentos vinculó territorios distantes, mientras productos de ambas orillas terminaron compartiendo una misma mesa.

La enseñanza de oficios incorporó herramientas y procedimientos europeos a tradiciones americanas de orfebrería, tejidos y construcción. La plaza, el cabildo, el templo y los mercados dieron a la ciudad un centro de convivencia. La catedral del Cusco, San Francisco de Quito y los templos de Chiquitos conservan obras donde arquitectura, talla y pintura adquirieron expresiones locales.

Diego Quispe Tito, Basilio Santa Cruz Pumacallao, Miguel de Santiago y Bernardo de Legarda enriquecieron tradiciones artísticas americanas. Sor Juana Inés de la Cruz incorporó el náhuatl a sus villancicos. El Hanacpachap cussicuinin, himno mariano en quechua impreso en 1631, reunió lengua andina y polifonía europea. Los archivos musicales de Chiquitos y Moxos testimonian una creación que las comunidades conservaron hasta hacerla parte de su memoria.

La evangelización enlazó lenguas, escuelas, hospitales y artes mediante la participación americana. Recuperar esta herencia exige reconocer a sus habitantes como personas que defendieron derechos, conservaron recuerdos y construyeron instituciones. La independencia reorganizó vínculos anteriores, pero la fe, la lengua, las familias y las costumbres prolongaron una pertenencia común. Conocerla permite recibir el pasado con gratitud y discernimiento, y transmitir a nuestros hijos una herencia abierta al trabajo, al servicio y a la responsabilidad por el mundo compartido.

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