Europa ante el espejo de África o cómo seguir el rastro de la cooperación
La cuestión no consiste en que Europa tenga valores ni en que los defienda. El problema comienza cuando la cooperación deja de estar orientada al bien concreto de quienes reciben la ayuda y se convierte en un instrumento para remodelar culturalmente a esos pueblos
El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, con un chaleco de AECID
El pasado 15 de julio, el cardenal Robert Sarah habló en el Parlamento Europeo con una libertad poco frecuente en los salones donde se administra buena parte del lenguaje político contemporáneo. No fue allí simplemente para defender determinadas posiciones morales de la Iglesia católica ni para reprochar a Europa su progresivo alejamiento del cristianismo.
Su pregunta fue mucho más inquietante porque afectaba a la posibilidad misma de la vida política: «¿Podemos aún entendernos?». Derechos humanos, dignidad, libertad, salud, género, familia, desarrollo. ¿Significan esas palabras lo mismo cuando son pronunciadas en Bruselas que cuando se escuchan en Kampala o Conakry? La cuestión podría parecer lingüística. En realidad es política, porque detrás de ella se encuentra otra pregunta todavía más importante: ¿puede existir un verdadero diálogo entre pueblos cuando una de las partes se reserva el derecho de definir previamente las palabras con las que ese diálogo deberá realizarse?
Sarah ha tocado uno de los problemas más relevantes de nuestra época, pues quien consigue determinar qué debe entenderse por libertad, dignidad, discriminación, familia o salud ha avanzado ya una parte considerable del camino hacia la determinación de aquello que una sociedad podrá considerar legítimo. Por eso la corrupción del lenguaje nunca es enteramente inocente. León XIV, enero pasado, lo recordó ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede: cuando las palabras pierden su conexión con la realidad, terminan convirtiéndose en instrumentos para «engañar, o golpear y ofender a los oponentes». El Papa llegó incluso a hablar del desarrollo en Occidente de un lenguaje de estilo orwelliano que, pretendiendo ser inclusivo, termina excluyendo a quienes no aceptan las ideologías que lo sostienen. No estamos, por tanto, ante una extravagancia retórica del cardenal africano. Sarah está prolongando una reflexión que hoy ocupa el centro mismo del diagnóstico cristiano sobre la crisis occidental.
El cardenal Robert Sarah en El Vaticano
Lo verdaderamente interesante de su intervención aparece, sin embargo, cuando traslada esa crisis hacia las relaciones entre Europa y África. Durante siglos Europa consideró su presencia exterior como una misión civilizadora. Aquella pretensión estuvo acompañada de grandezas indudables y de abusos igualmente indudables. Pero precisamente por ello resulta paradójico que una parte de Europa parezca incapaz de reconocer una nueva forma de paternalismo, más sofisticada que la antigua porque ya no necesita administrar directamente territorios ni gobernar poblaciones. Basta condicionar recursos, acuerdos comerciales, cooperación internacional o programas educativos a la aceptación progresiva de determinadas categorías antropológicas elaboradas fuera de las comunidades que deberán recibirlas.
Durante siglos Europa consideró su presencia exterior como una misión civilizadora. Aquella pretensión estuvo acompañada de grandezas indudables y de abusos igualmente indudables
Ese es el nervio de la reflexión de Sarah. La cuestión no consiste en que Europa tenga valores ni en que los defienda. Toda comunidad política los tiene, incluso aquella que presume de neutralidad. Tampoco significa que cualquier legislación africana deba quedar sustraída a la crítica. Las culturas pueden contener injusticias y los Estados pueden vulnerar derechos fundamentales con independencia del continente al que pertenezcan. El problema comienza cuando la cooperación deja de estar orientada al bien concreto de quienes reciben la ayuda y se convierte en un instrumento para remodelar culturalmente a esos pueblos. Entonces la relación entre iguales empieza a transformarse en una relación entre quien enseña y quien debe aprender, entre quien define el progreso y quien tiene que demostrar que merece acceder a él.
Aquello que en Europa suele presentarse como pluralismo puede convertirse, hacia el exterior, en sospecha de atraso
La paradoja resulta aún mayor porque esto se realiza frecuentemente en nombre de la autodeterminación. Europa ha defendido durante décadas que los individuos deben decidir sobre su propia existencia, sus proyectos y sus formas de vida, ambas expresiones de la llamada democracia liberal. Sin embargo, esa sensibilidad hacia la autodeterminación parece debilitarse cuando quien pretende ejercerla no es un individuo occidental sino un pueblo africano que desea conservar determinadas concepciones acerca de la familia, la antropología de la sexualidad, la educación o la vida humana. Entonces aquello que en Europa suele presentarse como pluralismo puede convertirse, hacia el exterior, en sospecha de atraso. La diversidad es celebrada mientras se mantenga dentro de los límites de una antropología previamente aceptada.
No existe verdadero respeto por África si previamente se determina qué África resultará aceptable
Aquí aparece la contradicción que Sarah obliga a considerar. No existe verdadero respeto por África si previamente se determina qué África resultará aceptable. Tampoco existe diálogo si una parte establece el vocabulario, fija el significado de los conceptos, proporciona el financiamiento y dispone además de mecanismos para premiar o castigar el grado de adhesión del interlocutor. Puede llamarse cooperación, pero la asimetría permanece. Y cuando esa asimetría alcanza cuestiones pertenecientes al núcleo de una cultura —la comprensión de la vida, del cuerpo, del matrimonio, de la maternidad, de la educación de los hijos o de la religión— deja de tratarse únicamente de política exterior y comienza a rozar una forma de intervención sobre la identidad moral de los pueblos.
El Acuerdo de Samoa y el Gender Action Plan III de la Unión Europea permiten comprender por qué esta discusión no es imaginaria. La política exterior europea incorpora explícitamente objetivos relativos a llamada salud sexual y reproductiva, educación sexual e igualdad de género. El problema político no reside simplemente en la existencia de esas prioridades, sino en la posibilidad de que se transformen en condiciones culturales implícitas o explícitas para sociedades cuya historia moral contemporánea no coincide con la europea de Bruselas. La cooperación corre entonces el riesgo de abandonar el principio de subsidiariedad: ayudar a otro para que pueda realizar mejor sus propios fines termina siendo reemplazado por ayudarlo en la medida en que adopte los nuestros.
Sarah habla desde África y eso modifica profundamente el sentido de su intervención. No estamos ante un africano que idealiza desde lejos unas sociedades tradicionales supuestamente incontaminadas por la modernidad. África conoce guerras, corrupción, pobreza, autoritarismos, persecuciones religiosas y debilidades institucionales de enorme gravedad. El propio cardenal no las oculta. Precisamente por eso su crítica posee mayor fuerza. Lo que pide no es que Occidente abandone África, sino que deje de considerar la vulnerabilidad económica africana como una oportunidad para ejercer tutela cultural. Un país que necesita hospitales, agua potable, infraestructura, escuelas o tecnología agrícola no debería tener que renegociar al mismo tiempo su concepción del hombre para obtenerlos.
Lo que pide no es que Occidente abandone África, sino que deje de considerar la vulnerabilidad económica africana como una oportunidad para ejercer tutela cultural
Hay además una inversión histórica que Europa debería considerar con cierta humildad. El cristianismo africano no es sencillamente un fruto tardío de la expansión europea. África entregó a la Iglesia a Tertuliano, Cipriano, Atanasio y Agustín cuando gran parte del continente europeo todavía estaba siendo evangelizado. Etiopía posee una tradición cristiana que se remonta al siglo IV. La relación entre ambos continentes nunca fue, por tanto, la de un sujeto civilizador y un objeto pasivo. Ha habido intercambio, recepción, fecundidad y también heridas. Sarah recuerda esa historia porque permite comprender algo que la mentalidad tecnocrática suele olvidar: los pueblos no son superficies vacías sobre las cuales pueden instalarse sucesivamente programas de desarrollo. Llegan a la mesa de negociación con una memoria, una religión, una experiencia familiar, unas costumbres y una concepción del bien.
Pero acaso la parte más incómoda del discurso de Sarah no sea la crítica dirigida a Europa, sino aquello que Europa puede descubrir de sí misma al mirarse desde África. El cardenal no parece estar diciendo únicamente que Bruselas debe respetar mejor a los africanos. Sugiere algo más inquietante: Europa exporta ciertas concepciones antropológicas porque antes ha dejado de comprender las suyas. La colonización ideológica no sería entonces expresión de una civilización demasiado segura de sí misma, sino de una civilización que ha perdido el criterio para distinguir entre progreso y transformación. Cuando ya no se sabe con claridad qué es el hombre, qué significa ser libre o por qué la familia constituye una realidad anterior al Estado, la innovación termina adquiriendo por sí misma una presunción de superioridad moral.
Europa exporta ciertas concepciones antropológicas porque antes ha dejado de comprender las suyas
Benedicto XVI había advertido repetidamente este peligro. Una razón que se limita a aquello que puede verificarse técnicamente termina paradójicamente empobreciéndose. Ya no pregunta qué es el hombre, sino qué puede hacerse con él; no pregunta qué significa la libertad, sino cuántas posibilidades de elección pueden multiplicarse; no pregunta qué bienes hacen posible una vida plenamente humana, sino cómo garantizar deseos convertidos progresivamente en derechos. Cuando esa razón se transforma en legislación y después en política exterior, la tecnocracia adquiere una extraordinaria capacidad para presentarse como neutral aunque transporte consigo una antropología determinada.
Por eso la cuestión del lenguaje es decisiva. Si «salud» incluye necesariamente unas determinadas prácticas, «familia» deja de designar una realidad reconocible anterior al derecho y «género» termina desvinculándose por completo de la corporalidad sexuada, quien discrepa ya no aparece simplemente como alguien que sostiene una concepción antropológica diferente. Puede ser descrito como enemigo de la salud, de los derechos o de la igualdad. El lenguaje ha dejado entonces de facilitar la discusión y comienza a decidirla antes de que esta ocurra. León XIV ha llamado la atención precisamente sobre ese peligro al pedir que las palabras vuelvan a expresar realidades claras y al advertir que los derechos, cuando se desconectan de la naturaleza y de la verdad, pueden entrar en un verdadero «cortocircuito».
Esto no significa que Europa deba renunciar a hablar de derechos humanos. Sería exactamente la conclusión equivocada. Los derechos humanos solo pueden ser verdaderamente universales si se apoyan sobre algo más sólido que las preferencias culturales momentáneamente dominantes en las instituciones occidentales. Necesitan una idea de humanidad que preceda tanto a Bruselas como a Kampala. Si todo derecho depende exclusivamente de una voluntad política capaz de definirlo y expandirlo indefinidamente, tarde o temprano dejará de haber derechos propiamente universales y tendremos simplemente decisiones de poder acompañadas de un vocabulario moral.
Ahí se encuentra posiblemente la mayor importancia del discurso de Robert Sarah. Su intervención no enfrenta simplemente a una África conservadora con una Europa progresista, como sería fácil caricaturizarla. Enfrenta dos maneras de comprender las relaciones entre civilizaciones. Una parte de la convicción de que el desarrollo permite a quienes han avanzado más señalar a los demás la dirección de la historia. La otra entiende que pueblos diferentes pueden reconocerse mutuamente porque existe una naturaleza humana común que ninguno de ellos ha creado. Solo la segunda hace posible un diálogo verdadero, porque permite que Europa enseñe algo a África y que África también pueda enseñar algo a Europa.
Quizás por eso la voz de Sarah resulta tan incómoda. África comparece en Bruselas no como quien solicita permiso para incorporarse al mundo moderno, sino como quien recuerda a Europa algo que esta corre el riesgo de olvidar. Un continente puede poseer más riqueza material, mejores instituciones y un extraordinario poder tecnológico y, sin embargo, estar perdiendo algunas certezas elementales acerca del hombre. Otro puede padecer enormes carencias materiales y conservar todavía bienes humanos que el primero ha comenzado a considerar obstáculos para el progreso.
Un continente puede poseer más riqueza material y, sin embargo, estar perdiendo algunas certezas elementales acerca del hombre
La respuesta no puede consistir en idealizar a África ni en condenar en bloque a Europa. Consiste en recuperar una relación fundada en la verdad, la reciprocidad y el respeto. Europa tiene mucho que ofrecer a África, pero tendrá que abandonar la pretensión de que ayudar significa necesariamente transformar. África tiene también mucho que ofrecer a Europa, empezando por recordarle que una civilización no vive solamente de mercados, derechos declarados y procedimientos administrativos; vive de aquello que sabe acerca del hombre.
Robert Sarah llegó al Parlamento Europeo hablando como africano y como cardenal. Pero su pregunta no concernía únicamente a África ni solamente a los cristianos. Era una pregunta política dirigida al corazón de Europa. Antes de decidir qué valores desea exportar, Europa tendrá que preguntarse nuevamente qué significan las palabras con las que pretende hacerlo. Porque una civilización que pierde el significado de sus palabras termina perdiendo también la posibilidad de comprender la realidad, cuando eso ocurre, incluso la cooperación puede convertirse en dominio y los derechos en instrumentos de poder.
Tal vez escuchar a África sea hoy, para Europa, una inesperada manera de volver a escucharse a sí misma.