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M. Bachelet: el eterno retorno

La política nacional se transforma, en el esquema bacheletista, en una suerte de premio de consuelo o trinchera de retaguardia cuando las aspiraciones en el escenario internacional se ven frustradas o concluyen su ciclo

Los expresidentes socialistas chilenos Michelle Bachelet y Gabriel BoricRR SS

Las recientes declaraciones de la expresidenta Michelle Bachelet, en las que insinúa abiertamente sus aspiraciones de retomar por tercera vez la carrera por la Presidencia de la República en Chile, no pueden pasar inadvertidas ni ser leídas como un mero gesto de compromiso cívico. Por el contrario, este anuncio configura un episodio cargado de pragmatismo personalista, severas contradicciones estratégicas y una alarmante desconexión con la renovación democrática que la izquierda chilena desesperadamente requiere.

En primer lugar, resulta francamente complejo obviar el timing político de esta movida. El resurgimiento del interés de la exmandataria por la política local coincide con el término de sus opciones de encabezar la Secretaría General de las Naciones Unidas. Pareciera ser que la política nacional se transforma, en el esquema bacheletista, en una suerte de premio de consuelo o trinchera de retaguardia cuando las aspiraciones en el escenario internacional se ven frustradas o concluyen su ciclo. Chile no merece ser tratado como una alternativa secundaria en la agenda personal de sus líderes.

En segundo término, esta sorpresiva reaparición proyecta la clara intención de ordenar a la oposición e incomodar al Gobierno de José Antonio Kast. En lugar de permitir una deliberación constructiva o un periodo de asentamiento institucional, la irrupción de Bachelet busca forzar los tiempos de la confrontación política, tensionando la agenda pública y anticipando de manera irresponsable la contienda electoral.

Vinculado a lo anterior, la pretensión de erigirse como el único vector capaz de otorgarle unidad a la izquierda durante los años previos al próximo ciclo electoral es un diagnóstico tan efectista como peligroso. Pretender unificar una coalición fragmentada sobre la base de una figura del pasado evidencia la incapacidad del sector para articular un proyecto del siglo XXI fundado en ideas, acuerdos e institucionalidad, prefiriendo la muleta de un caudillismo con reminiscencias nostálgicas.

Esta fijación con la misma figura evidencia la más grave de las falencias: la total falta de renovación en los dirigentes políticos de su sector. ¿Qué ocurre con los nuevos rostros de la izquierda chilena?

Esta fijación con la misma figura evidencia la más grave de las falencias: la total falta de renovación en los dirigentes políticos de su sector. ¿Qué ocurre con los nuevos rostros de la izquierda chilena? Durante años se habló del relevo generacional y de la irrupción de nuevas miradas; sin embargo, al menor síntoma de crisis, el sector vuelve a arrodillarse ante la misma dirigencia de las últimas décadas. Esta incapacidad para incubar y consolidar nuevos liderazgos sofoca la diversidad interna del progresismo y paraliza la evolución natural del debate público. Y lo que parece a todas luces evidente es que, si ella decide perseverar por este camino, no habrá quien le pueda arrebatar ese lugar. Michelle Bachelet representa demasiadas cosas al mismo tiempo para las izquierdas: Concertación, Nueva Mayoría, irrupción y legitimidad del novel Frente Amplio, entre otras cosas. Ni siquiera el expresidente Boric, tendría opciones en un escenario con ella en el centro de la pista de baile.

Por último, resulta indispensable refrescar la memoria colectiva respecto del balance real de lo que fue su gestión. No estamos ante un referente infalible: su último gobierno (2014-2018) fue especialmente deficiente y dejó un legado profundamente complejo. En el área económica, el crecimiento del país se desplomó, destruyendo el dinamismo de la inversión tras una reforma tributaria errónea que desincentivó el ahorro y la producción. En educación, la implementación de la gratuidad y la reforma al sistema escolar se tradujeron en una asfixia a la educación particular subvencionada y el paulatino deterioro de la calidad en la educación pública. Asimismo, en materia de seguridad e inmigración, fue bajo su mandato donde comenzaron a incubarse las desregulaciones y descontrol en las fronteras del norte que hoy tanto aquejan al país.

Chile no necesita retroceder ni encasillarse en viejas fórmulas que ya mostraron sus severas limitaciones. El país exige mirar al futuro con nuevos nombres, ideas renovadas y la madurez para no volver a tropezar. Aunque no hay que olvidar, que los hombres podemos llegar a hacerlo hasta más de dos veces y con la misma piedra.