La democracia pervertida y los mecanismos que generan desconfianza de Brasilia a Washington
La democracia no muere únicamente cuando desaparecen las elecciones; también se debilita cuando las normas dejan de inspirar confianza, cuando las instituciones parecen actuar con criterios variables y cuando los ciudadanos comienzan a sospechar que su voto vale menos que los intereses de quienes controlan el poder
Urnas electorales en las últimas elecciones
Durante décadas se nos ha dicho que la democracia representativa constituye el mejor sistema para resolver pacíficamente los conflictos políticos. Y, en efecto, sigue siendo preferible a cualquier forma de autoritarismo. Sin embargo, también es evidente que en numerosos países se ha producido una preocupante degradación de sus principios fundamentales.
La democracia no muere únicamente cuando desaparecen las elecciones; también se debilita cuando las normas dejan de inspirar confianza, cuando las instituciones parecen actuar con criterios variables y cuando los ciudadanos comienzan a sospechar que su voto vale menos que los intereses de quienes controlan el poder.
Uno de los fenómenos más dañinos para cualquier democracia es la pérdida de credibilidad de los procesos electorales. No importa únicamente que las elecciones sean limpias; es igualmente importante que una mayoría social las perciba como tales. Cuando surgen decisiones excepcionales, cambios de procedimiento o interpretaciones controvertidas de las normas, aunque sean legales, se abre la puerta a la desconfianza. En política, la legitimidad depende tanto de la legalidad como de la percepción pública.
Desconfianza
Por eso, cada vez que se producen polémicas relacionadas con horarios de votación, recuentos prolongados o decisiones judiciales de última hora, una parte de la población interpreta que las reglas se modifican durante el partido. En esas circunstancias, los sectores que ya desconfiaban del sistema encuentran nuevos argumentos para afirmar que existe un sesgo en favor de determinados actores políticos. El resultado es devastador: gane quien gane, una parte del país considera que ha sido derrotada no por los votos, sino por el propio sistema.
El problema no se limita a Sudamérica. Lo mismo ocurre, con diferentes matices, en Europa, Estados Unidos y otras regiones del mundo. La democracia contemporánea parece atrapada en una paradoja. Por un lado, nunca había existido tanta capacidad tecnológica para supervisar elecciones y garantizar la transparencia. Por otro, nunca había sido tan fácil difundir sospechas, narrativas enfrentadas y acusaciones mutuas. Cada resultado electoral importante termina rodeado de interpretaciones incompatibles entre sí.
Pero la perversión democrática no consiste únicamente en las dudas electorales. También aparece cuando los partidos dejan de estar guiados por principios coherentes. Cada vez es más frecuente observar cómo dirigentes y militantes aplican criterios completamente distintos según quién protagonice una determinada conducta.
Un ejemplo evidente es la forma en que muchas figuras públicas son juzgadas de manera diferente según su posición ideológica. Determinados comportamientos se consideran heroicos cuando los protagoniza alguien afín, pero son calificados de cobardes o escandalosos cuando los realiza un adversario político. Esta doble vara de medir erosiona cualquier debate racional, porque sustituye los principios por la conveniencia.
En ese contexto surgen comparaciones inevitables. Algunos observadores han destacado la aparente contradicción entre quienes admiraron la permanencia de Volodímir Zelenski en Ucrania durante la invasión rusa, interpretándola como una muestra de liderazgo y valentía, y quienes han criticado a otras figuras políticas por abandonar rápidamente escenarios de crisis o derrota política. Más allá de que ambas situaciones sean muy diferentes y no directamente comparables, lo relevante es la percepción de incoherencia que generan ciertos discursos públicos.
La política actual parece premiar más la fidelidad al relato que la coherencia de los hechos. Lo importante ya no es lo que sucede, sino quién lo protagoniza. Este fenómeno resulta especialmente visible en las redes sociales, donde los argumentos suelen ser reemplazados por consignas y donde cualquier crítica al propio bando es percibida como una traición.
La situación se vuelve todavía más preocupante cuando los propios partidos transmiten señales de desorientación. Ante decisiones controvertidas o cambios bruscos de estrategia, muchos ciudadanos se preguntan quién ejerce realmente el liderazgo. ¿Mandan los dirigentes visibles? ¿Mandan los asesores? ¿Mandan los sectores más radicales de la organización? ¿O mandan los que pagan y simplemente se improvisa en función de las circunstancias?
Cuando estas preguntas quedan sin respuesta, la confianza se deteriora. Un partido incapaz de explicar con claridad sus decisiones corre el riesgo de perder no solo apoyos electorales, sino también credibilidad. Y sin credibilidad resulta imposible construir una alternativa política sólida.
Sin embargo, sería un error concluir que la democracia está condenada. Lo que está en crisis no es necesariamente el ideal democrático, sino determinadas prácticas que han vaciado de contenido algunos de sus principios esenciales. La solución no pasa por abandonar la democracia, sino por reforzarla. Eso exige reglas claras, instituciones transparentes, procedimientos comprensibles para los ciudadanos y una cultura política que valore la coherencia por encima de la conveniencia inmediata.
La democracia funciona cuando los perdedores aceptan la derrota porque confían en las reglas y cuando los vencedores respetan a quienes no les han votado. Cuando ambas condiciones desaparecen, el sistema sigue existiendo formalmente, pero comienza a perder su alma. Y una democracia sin confianza ciudadana corre el riesgo de convertirse en una mera fachada, incapaz de representar verdaderamente la voluntad de la sociedad.
Si ocurrió en Estados Unidos con Donald Trump cuando Joe Biden trucó las elecciones, bajo el amparo del PCCH, cómo no iba a suceder en el hermoso país de los cangaçeiros. Y esperen a verlo en España, con esos trenes día sí y día también.