El profesor Raül Adames García
Raül Adames García (1977-2026)
Maestro y amigo
Director del Área de Colegios CEU y una de las figuras de la educación catalana
Raül Adames García
Nació el 4 de octubre de 1977 en Barcelona y falleció el 2 de enero de 2026 en Incles, Andorra.
Además de su cargo en el CEU, Adames García era director del Secretariado Diocesano de Educación Católica del Arzobispado de Barcelona y del Colegio Abat Oliba Loreto de Barcelona desde 2011. De igual manera, formaba parte del Secretariado Interdiocesano de Enseñanza de la Religión en Cataluña (SIERC), participando en la coordinación del profesorado de religión en toda la comunidad catalana.
No sabemos aún qué nos traerá el año 2026. Lo que sí sabemos es que ha empezado con una tragedia difícil de entender y asimilar: el fallecimiento en un accidente de tráfico de una persona relevante en el ámbito educativo de Barcelona y de España y uno de mis mejores amigos, Raül Adames García. Raül nació el 4 de octubre de 1977 en Barcelona y falleció el 2 de enero de 2026 en Incles, Andorra. De formación era biólogo y maestro. La formación en ciencias le había dado un rigor y una precisión en el escrutinio de las situaciones que tenía que afrontar como persona y como líder; la formación de maestro despertó en él la pasión por hacer felices a los jóvenes, llevándoles la luz de una buena educación. ¿Qué entendía por una buena educación? Si le hiciéramos esta pregunta creo que respondería: un proceso de formación integral consistente en la introducción del educando en el mundo de las virtudes intelectuales, morales y teologales. Como padre de cinco alumnos que han pasado por las aulas del colegio Abat Oliba Loreto, que Raül dirigía desde el año 2011, he podido observar la aplicación práctica de este método. En primer lugar, Raül y el excelente equipo de maestros que ha reunido en torno a su proyecto, han impuesto un nivel de exigencia académica muy alto, que prepara bien a los alumnos para afrontar los retos universitarios y profesionales de todo tipo, según los intereses y la vocación de cada uno. En segundo lugar, el colegio es un espacio de fomento de la amistad humana a todos los niveles: entre los alumnos, entre estos y los profesores y entre las familias. Todo ello mediante charlas formativas, partidos de fútbol, festivales, funciones teatrales, clubes de lectura, de pintura, de debate, actividades de deporte y un largo etcétera. En tercer lugar, en el colegio está presente una discreta y sutil, pero permanente invitación a abrirse a la amistad con Cristo, mediante peregrinaciones, testimonios, veladas y, sobre todo, los sacramentos. Numerosos alumnos llegan al colegio por motivos de prestigio académico -una razón perfectamente legítima- y acaban por descubrir la relación viva con Dios. Uno de los frutos de ello es, por ejemplo, un altísimo porcentaje de alumnos que piden el sacramento de la confirmación como un verdadero paso hacia la madurez de la fe.
Tanto los buenos resultados académicos y de gestión como la notable fidelidad a los principios católicos llamaron la atención del presidente de la Asociación Católica de Propagandistas y de la Fundación San Pablo CEU, Alfonso Bullón de Mendoza, quien le encargó a Raül la coordinación de los colegios CEU en toda España, con el objetivo de fomentar este doble propósito: por un lado, la excelencia académica y organizativa y, por el otro, la evangelización a través de la amistad y del despertar intelectual. A esta tarea se ha dedicado con esmero y abnegación en los últimos años.
Asimismo, su visión de la educación y su gran capacidad de gestión no pasaron desapercibidos en la diócesis de Barcelona, donde, a petición del cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, asumió la dirección del Secretariado de la Educación Católica del Arzobispado de Barcelona, contribuyendo a muchas iniciativas en pro de la educación católica de calidad.
Sin embargo, todas estas relevantes aportaciones no hubieran sido posibles sin la fortaleza que le daba el hecho de tener una maravillosa esposa (también educadora) y cuatro preciosos hijos. Cuando las cosas se ponían difíciles en el trabajo -cosa inevitable cuando uno asume cargos de responsabilidad- me decía: «¡Qué suerte la de tener a la familia! Te permite no perder el contacto con la realidad y te recuerda qué es lo más importante en la vida.» Por otro lado, se reprochaba no dedicar el tiempo suficiente a su esposa y a sus hijos y, de hecho, pocos días antes de su partida me decía que acababa de tomar la firme resolución de estar más presente en casa. Pero su esposa, Judit, y sus hijos, Jan, Natalia, Ignacio y María, eran conscientes de lo importante de su misión y asumían generosamente el sacrificio que significaban sus frecuentes viajes, reuniones y horas delante del ordenador.
Raül, a pesar de su apretada agenda, encontraba momentos de tiempo de calidad no solamente con su familia, sino también con sus amigos. Lo he vivido en primera persona, puesto que éramos amigos desde principios de los años 2000 y, por consiguiente, puedo afirmar con certeza que sería difícil imaginar a alguien más fiel y dispuesto a dejarlo todo para ayudar a un amigo que se encontrara en un apuro. Al mismo tiempo, era honesto y sincero; no practicaba la lisonja, sino que decía las cosas a la cara, algo sin la cual la verdadera amistad es imposible. Por otro lado, también era capaz de aceptar la crítica, reconocer su error y pedir perdón. Todo ello sazonado con una fina ironía y un gran sentido del humor que ayudaban a rebajar la tensión en situaciones complejas. No puedo evitar evocar uno de los acontecimientos que más nos unieron en la etapa inicial de nuestra amistad. Cuando nuestro referente común, el Papa Juan Pablo II, estaba agonizando en aquella primavera de 2005, estábamos los dos pendientes de las noticias. Y decidimos ir, como fuera, a despedirnos del Santo Padre cuando expirara. Al llegar la noticia a las 21:37 del 2 de abril, compramos los billetes para el primer vuelo del día siguiente y conseguimos llegar a la misa de la Fiesta de la Divina Misericordia que iba a presidir el sumo pontífice polaco, recién fallecido. Permanecimos más de ocho horas en la cola para venerar los restos mortales del papa y… dormimos a ras de suelo en la estación de Termini, puesto que no había manera de encontrar un hotel. Así se fue forjando nuestra amistad que, confío plenamente, continuará ahora en forma de ese preciado tesoro que la Iglesia llama «la comunión de los santos» y que nos permite seguir manteniendo la amistad también con nuestros amigos y familiares fallecidos. Como, de hecho, los dos ya estábamos manteniéndola con nuestro amigo común, César Casimiro Elena, otro gran educador de la Familia CEU, llamado prematuramente por Dios en 2020.
Por último, permítaseme evocar la marcada espiritualidad mariana de Raül, que le llevó a encontrarse en el movimiento de Schoenstatt como en su propia casa. Acudía a la Virgen con una confianza filial siempre que se encontrara ante situaciones que le desbordaban. En la oración a la Virgen hallaba las respuestas. Le repetía decenas y centenares de veces: «ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén». No me cabe duda de que la Buena Madre escuchó sus súplicas y estuvo con él en ese trágico instante, llevándole de la mano en su último viaje más allá de las nevadas cumbres pirenaicas.
Raül dedicó toda su vida a enseñar y acompañar. Confiamos en que Dios, maestro de toda vida, lo reciba ahora en su descanso.