Zhu Rongji
Zhu Rongji (1928-2026)
Artífice del despegue económico chino
Los grandes monopolios estratégicos fueron sometidos a un control más estricto y
las pequeñas empresas urbanas, privatizadas
Zhu Rongji
Nació en Changsa, provincia de Hunan, el 23 de octubre de 1928 y falleció en Pekín el 12 de agosto de 2026
Funcionario del ministerio de Industria, purgado en 1958, rehabilitado en 1978, diez años después fue nombrado alcalde de Shangai, en 1993 designado simultáneamente viceprimer ministro de China y gobernador del Banco Central de China y cinco años después, primer ministro de China, cargo que asumió hasta 2003.
Cuando Zhu Rongji se convirtió en alcalde de Shanghái a finales de los 80, tomó las riendas de una ciudad que alguna vez fue famosa como la Perla de Oriente, pero que entonces luchaba por atraer turistas a su antiguo esplendor. China, que aún se abría al mundo tras el caos de la Revolución Cultural, estaba sumida en la pobreza y la burocracia comunista.
Pero Zhu, de carácter franco, no se dejó intimidar por el reto de cumplir con las cuotas turísticas. Convocó a los burócratas de la ciudad a una reunión sorpresa. «¿Cómo se espera que Shanghái atraiga a 900.000 turistas extranjeros si no pueden encontrar un baño limpio?», preguntó. Les ordenó que limpiaran a fondo todos los baños públicos de la ciudad.
Tal franqueza le granjeó muchos enemigos y provocó su purga dos veces de la jerarquía del Partido Comunista. Pero también le hizo merecedor del apoyo del mandamás de la época, el pragmático Deng Xiaoping, quien reconoció el talento de Zhu y lo ascendió a uno de los cargos más altos de China. Esos antecedentes fueron decisivos en su designación, en marzo de 1998, como primer ministro por parte de Jiang Zemin, el sucesor de Deng.
Zhu no perdió el tiempo: decidió ser, y fue, la fuerza impulsora en la transformación de China, desde una economía estancada, lastrada por la planificación centralizada de estilo soviético, a un gigante mundial. Sabía, al asumir el cargo, que tendría que tomar decisiones que causarían estragos en la vida de decenas de millones de chinos comunes. También era consciente del inevitable enfrentamiento para con la poderosa trama de intereses creados dentro del establishment del Partido Comunista.
Nada más tomar posesión, habló claro «Nuestro país se enfrenta a numerosas crisis potenciales que podrían estallar en cualquier momento. La gente común está descontenta con nosotros en muchos aspectos. En particular, existe corrupción entre los funcionarios, una enorme brecha entre ricos y pobres, y el comportamiento tiránico de algunos funcionarios locales». Pronunció la palabra tabú: corrupción. Esta disposición a asumir riesgo sentó las bases del asombroso auge económico de China.
Las empresas estatales, obsoletas, endeudadas e ineficientes, columna vertebral de la economía, se convirtieron de inmediato en su objetivo. Los grandes monopolios estratégicos, como los del petróleo, la aviación y la industria pesada, fueron sometidos a un control central más estricto para transformarlos en pilares modernos y competitivos de la economía.
Más: las pequeñas empresas urbanas fueron privatizadas, fusionadas o simplemente cerradas. Miles y miles de empresas ineficientes desaparecieron, llevándose consigo decenas de millones de empleos. Se calcula que el número de personas empleadas por empresas estatales se redujo de 77 millones en 1995 a 42 millones cuando dejó el cargo en 2003. En materia internacional, su principal triunfo fue la adhesión de China a la Organización Mundial de Comercio en 2001.
Buen balance –con algunos aspectos criticables– para quien había sido purgado –expulsión del Partido Comunista incluida– por el maoísmo en los años 50 por sus críticas a la política económica del Gran Timonel. Rehabilitado en 1978, en 1988 fue nombrado alcalde de Shangai y cinco años más tarde, designado simultáneamente, viceprimer ministro de China y gobernador del Banco Central de China. En esos cargos diseñó la exitosa estrategia que empezó a poner en práctica un lustro después.