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16 de julio de 2024

El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

La socialista y el «judío nazi»

La amalgama «judío nazi» no es sólo un salivazo sobre el rostro de los seis millones de judíos exterminados por el nazismo

Actualizada 01:30

Un grabado holandés del siglo XVII configura su retrato póstumo. Había nacido en Ámsterdam, hijo de judíos españoles, primero huidos de España, de Portugal luego: la lengua nativa de Baruch de Spinoza era la amalgama hispano-portuguesa usual en su comunidad; su lengua teológica, el hebreo bíblico en el que se formó; su lengua ciudadana, la de los libres holandeses entre los que transcurrió su vida. Pero el póstumo retrato oval no se pierde en esas complejidades biográficas. Y el filósofo, que sólo habló y escribió del infinito determinativo al cual él llama «Dios, o Sustancia, o Naturaleza», quedó clausurado en una irrisión –«Benedictus de Spinoza: Judeus et Atheista»– que todos, sin esfuerzo, reconocerían como odiosa. Nada importó que el diccionario, cualquier diccionario, diera por «judío» lo más incomponible con «ateo». Menos aún, que la obra de Spinoza fuera toda una ascética reflexión acerca de lo que «Dios» signifique. Es la contigüidad entre palabras, no el contenido que el diccionario les otorga, lo que fija los fantasmas. Y los hace perennes en la fantasía popular. Porque las palabras se contaminan por contigüidad; y por contigüidad blindan lo peor: afectos y pasiones. Indeleblemente.

No conozco a Elías Bendodo. Sé lo poco que la prensa dijo de él cuando salió de su provincial anonimato: que había sido gestor de esa nueva política de los conservadores andaluces, cuyo impulso electoral hizo caer casi medio siglo de califato socialista. Un historial de eficacia técnica. Es todo. No conozco a Amparo Rubiales. Leo que ha ocupado cargos de relumbrón en el PSOE andaluz, triste sombra hoy de lo que un día fue. Es todo. Y es más bien ininteresante. Conozco, finalmente –las leí anteayer–, las palabras con las que Rubiales dibuja a Bendodo. Con una execración inequívocamente antisemita, heredera del impulso que va de Drumont a Rafsanjani. El discurso de Elías Bendodo, nos revela la socialista, «¡es realmente el discurso de un judío nazi!».

No es nuevo el hallazgo. Stalin acuñó para el pronto asesinado León Trotsky el calificativo, que la Komintern coreó en su día, de «judeo-nazi». Y, en 1968, cuando el PC francés descubrió que los estudiantes parisinos nada querían saber de su tutela, puso en boca de su secretario general, Georges Marchais, la imprecación con la cual lo recordará la historia: que el 68 era la conspiración antifrancesa de «un judío alemán llamado Cohn-Bendit». Pero aun el bárbaro Marchais se cuidó de decir «alemán», no «nazi».

Conozco esa expresión, «judío nazi». Variedad, particularmente obscena ahora de aquel «judeus et atheista» del siglo XVII. La conocemos todos. Naturalmente. Basta con que hayamos ido siguiendo los manifiestos de los peores terroristas del último medio siglo. La fórmula «judío nazi» nació en el entorno de la OLP para execrar al único Estado democrático del Cercano Oriente. Fue absorbida enseguida por las formas más toscas del paleo-izquierdismo europeo de los años setenta: aquel al que las milicias de Arafat dieron, en la Bekaa, la instrucción militar que llevó a una generación centroeuropea al crimen y a la autoaniquilación. Las palabras no se limitan a denotar. Connotan. La amalgama «judío nazi» no es sólo un salivazo sobre el rostro de los seis millones de judíos exterminados por el nazismo. Es, hoy, la exhibición obscena del odio contra lo único que protege a Europa de las formas más despiadadas del yihadismo: el Estado de Israel.

Y esta Rubiales que, desde su púlpito en un «partido socialista obrero español», abomina hoy el «discurso de un judío nazi», debiera detenerse a estudiar primero un poco de historia. Y saber que «nazi» es el apócope de lo que, en alemán, significa «partido nacional de los socialistas obreros alemanes» (NSDAP). Y detenerse a estudiar hasta qué punto las bases de ese partido, cuyo mando asumió Hitler, se nutrieron de la desalentada clientela de la izquierda socialista. Debiera, también, hacer una tenue pausa para recordar que el partido fascista de Mussolini fue una escisión «izquierdista» del partido socialista italiano, que el exdirector de Avanti encabezaba. Y que el partido fascista (PPF) lo forma, en Francia, una escisión «de izquierda» del partido comunista francés, liderada por el obrerista Jacques Doriot. Que la alianza germano-soviética fue mucho más que una anécdota. Y que el pacto Molotov-Ribbentrop sólo se rompe a partir del estallido del conflicto imperial entre la URSS y Alemania en 1941, un año y nueve meses después de comenzada la segunda guerra mundial.

Lleva tiempo y un cierto esfuerzo enterarse. Pero todo está en los libros. Al alcance de cualquiera. Incluso de la señora Rubiales.

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