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Francia y el Reino Unido llevan siglos observándose. La suya es una relación sólidamente asentada en la desconfianza, el desprecio y la admiración. Nada hay más humano que la contradicción y aquí encontramos un ejemplo modélico. Se sienten diferentes, porque lo son. El empirismo inglés choca con el racionalismo galo; el sólido sistema político británico contrasta con la tendencia revolucionaria de los franceses; la frugalidad de los insulares con el saber vivir de los continentales… pero al final están condenados a entenderse. En política no cabe la amistad, pero las alianzas son imprescindibles. Hace ya mucho tiempo que ambos estados dejaron de ser grandes potencias, aunque todavía dispongan de asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, un anacronismo que ayuda a entender por qué este organismo dejó de ser relevante.

El presidente Macron ha visitado Londres y ha concluido con el premier Starmer que la relación entre ambos estados debe dar un paso adelante significativo para estar a la altura de los retos de nuestro tiempo. No estamos ante un cambio de rumbo sino, bien al contrario, ante la firme voluntad de seguir adelante.

Francia y el Reino Unido fueron aliados durante la I y la II guerras mundiales. Juntos sufrieron la debacle de Dunkerque y juntos se sobrepusieron para derrotar al nazismo. De ahí que, en 1947, firmaran en esa ciudad el tratado bilateral por el que se comprometían a mantener su alianza de guerra y afrontar unidos la reconstrucción del Viejo Continente. Al año siguiente, esta vez en Bruselas y junto a los tres estados del Benelux, dieron un paso más firmando un nuevo tratado que daría paso con el tiempo a la creación de la primera organización de defensa europea, la Unión Europea Occidental. En 1949, esta vez en Washington, estuvieron en el grupo original que dio forma a la Alianza Atlántica con la firma del Tratado del Atlántico Norte, origen de la OTAN.

En todo este tiempo han sido muchas las disputas entre ambos estados, resultado de dos culturas políticas radicalmente opuestas. El campo de batalla por excelencia ha sido el proceso de integración europeo. Los británicos buscaban un espacio de libre comercio y los franceses, con el respaldo alemán, trataban de avanzar hacia un ente político de contornos indefinidos. Si para los primeros la defensa debía tratarse exclusivamente en la OTAN, para los segundos la UE debía ir desarrollando paulatinamente una dimensión internacional con un componente militar. El abandono británico de las instituciones comunitarias fue celebrado por muchos como una liberación: caía el muro de contención de tantas iniciativas integradoras.

Sin embargo, y a pesar de todo, Francia y el Reino Unido se buscan cuando sienten próximo el peligro. A pesar de todas sus diferencias, de tantas cicatrices sin acabar de cerrar, se necesitan. No son estados amigos, continúan desconfiando…, pero no pueden prescindir de su colaboración. Un vínculo, el suyo, enraizado en la historia y en el sufrimiento. Dunkerque es un símbolo poderoso en la memoria colectiva. El espíritu recogido en el tratado que lleva su nombre está presente y sigue informando sus diplomacias.

En el año 2010, bajo los efectos de la Gran Recesión y ante el giro hacia el Pacífico de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido sellaron los Acuerdos de Clarendon House, dos tratados centrados en la defensa. Asumían la conveniencia de compartir capacidades militares y se proponían trabajar juntos en el terreno nuclear. Sarkozy y Cameron reconocían indirectamente las limitaciones de ambos estados, pero reaccionaban con criterio apuntando en la única dirección posible.

Macron y Starmer, dos políticos que compiten en impopularidad, han actuado con responsabilidad afirmando que hay que ir más allá. Estamos en la antesala de los segundos Acuerdos de Clarendon House, que sellarán un compromiso en el uso coordinado y conjunto del arma nuclear. Será un hecho histórico y sin precedente. Algo que sólo entendemos por la grave situación en que se encuentra la defensa europea. No podemos confiar en el paraguas nuclear de Estados Unidos y es indiscutible que Rusia supone una amenaza. La Unión Europea carece de una dimensión militar propia y, sobre todo, de un órgano competente para dirigirla. Alemania y Polonia están considerando dotarse de capacidades nucleares, con todo lo que implicaría para el sistema de no proliferación. Británicos y franceses juntos buscan dar garantías a sus aliados y contener la deriva hacia la proliferación. Por separado sus arsenales son limitados. Unidos son más creí-bles. Ambos dirigentes han hecho gala de voluntad, hay que esperar a la letra del tratado para entrar en mayores consideraciones, pero es indudable que estamos asistiendo a los primeros pasos de una defensa europea.