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El observadorFlorentino Portero

De Suez a Kensington

Tres dirigentes con reconocidas simpatías atlantistas – Starmer, Macron y Merz – están cerrando un conjunto de acuerdos bilaterales llamados a actuar como cimiento de un nuevo tiempo

Siempre me llamó la atención la importancia que Henry Kissinger daba a la crisis de Suez en sus escritos y conversaciones. Siete años después de la firma del Tratado del Atlántico Norte, más conocido como Tratado de Washington, Estados Unidos actuó en contra de sus aliados en una disputa diplomática y energética devenida en militar. Formalmente aquello nada tenía que ver con lo estipulado en el tratado. Sin embargo, más allá de las formulaciones jurídicas, lo que estaba en juego era si los estados occidentales de ambas orillas del Atlántico actuaban conjuntamente en política internacional o no. Estados Unidos no se limitó a mostrar su desacuerdo con la acción de sus aliados, su comportamiento supuso además la humillación pública de dos imperios en proceso de descomposición letalmente dañados por la sucesión de dos guerras mundiales.

Aunque no siempre se hace referencia a ello, aquella crisis afectó también seriamente a las relaciones entre la naciente República Federal de Alemania y Estados Unidos. Adenauer ya había consolidado su posición en su propio país, no sin grandes dificultades, pero tenía ante sí una extensa lista de problemas por resolver para lograr la casi plena normalización del nuevo estado alemán. En esas circunstancias necesitaba imperiosamente la comprensión y el apoyo de la diplomacia norteamericana. Lo estaba logrando, pero las relaciones quedaron severamente dañadas por la solidaridad que mostró con las dos potencias europeas. Adenauer consideraba que Eisenhower, su gran valedor, había cometido un grave error.

Kissinger descontaba el rencor y la humillación y temía, no sin razón, que las diplomacias afectadas, las más importantes del Viejo Continente, dedujeran la fragilidad del «vínculo trasatlántico», la imprudencia de confiar en la nueva potencia emergente, lo que tendría efectos desastrosos para todas las partes.

Algo de esto ya se hizo patente tras el 9/11, con Chirac y Schröder tratando de movilizar a los europeos frente a Estados Unidos. En estos días la desconfianza aflora, pero paradójicamente atizada desde Washington. Tres dirigentes con reconocidas simpatías atlantistas – Starmer, Macron y Merz – están cerrando un conjunto de acuerdos bilaterales llamados a actuar como cimiento de un nuevo tiempo. No son una alternativa a la Alianza Atlántica ni a la Unión Europea, sólo son una trama jurídica que permita poner las bases de una industria militar, condición imprescindible para una autonomía europea en materia de defensa.

Rutte, el secretario general de la OTAN, nos ha proporcionado tiempo tras la exitosa Cumbre Atlántica de La Haya. Es una oportunidad que no podemos desperdiciar, porque no está claro que dispongamos de otra. Tras años de abandono nuestras capacidades son mínimas y nuestra dependencia de Estados Unidos enorme. Sabemos que no podemos seguir confiando en Estados Unidos como antaño, aunque la relación se mantenga en márgenes cordiales y positivos. Sin industria de defensa no seremos independientes. Con ella veremos si somos capaces, de qué manera y en qué marco de dotarnos de una defensa común.

Kissinger tenía razón. Su condición de europeo y norteamericano le permitía un entendimiento más matizado de las perspectivas de las distintas diplomacias. Era tan consciente de la fragilidad del «vínculo» como de su importancia. De una u otra manera todas las partes son responsables de su quiebra. También tenemos que reconocer que las circunstancias son otras, considerablemente distintas a las de 1949. No se trata de juzgar culpabilidades sino de entender que sólo perdemos con esta situación.

Si, como recordábamos la semana pasada, el futuro tratado de Lancaster House supondrá una reactivación del espíritu de Dunquerke, el denominado de Kensington, entre el Reino Unido y Alemania, implica el mutuo reconocimiento de la necesidad de trabajar juntos para garantizar la indivisible seguridad europea. Son los primeros pasos para avanzar hacia la innovación, la seguridad y la defensa europea.