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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Ni un día sin su bobería

Ahora resulta que no se pueden hacer exposiciones sobre el glamour de Madrid en los años sesenta y setenta porque es glorificar a Franco

España compite con entusiasmo en la liza por convertirse en uno de los países más tontolabas del orbe, por cortesía de una izquierda metomentodo y porque parte de la población está anestesiada con su ocio digital y sus cañitas. Ya no hay día sin su bobería. El aparato censor regresista se ha lanzado ahora contra una exposición de fotos titulada ‘Madrid Icono Pop, 1964-1979’, organizada por la Comunidad. Acusan a la muestra de blanquear el franquismo.

Las imágenes las tomó durante aquellos años un fotógrafo milanés, Gianni Ferrari. Recogen sobre todo estampas glamurosas de artistas españolas e internacionales de la época disfrutando de la capital de España de manera casi siempre risueña. Por allí pululan Audrey Hepburn, Claudia Cardinale, B.B., Anita Ekberg… o figuras españolas como Concha Velasco, Lola Flores, Marisol, la familia Dominguín o los príncipes Juan Carlos y Sofía.

¿Y qué problema hay? Ninguno, por supuesto. Una iniciativa bonita, sin más historia, que recoge una vertiente luminosa y desenfadada del Madrid de la época. Sin embargo, las voces wokistas se han activado presto en nombre de la mal llamada «memoria», que consiste en una lectura sesgada de la historia con las orejeras sectarias bien caladas. Ponen a parir la exposición porque no incluye menciones críticas a Franco. La prensa sanchista se escandaliza ante esta nueva perrería de la factoría ultra de la peligrosa Isabelita.

Estamos, por supuesto, ante un caso evidente de GIA (Gilipollez Ideológica Aplicada). Se quiere inculcar que España era durante la dictadura de Franco una especie de gulag tétrico, y aunque fuese un régimen autoritario eso no es cierto. La gente se divertía, como siempre, y me temo que la literatura y el cine alcanzaron algunas cotas superiores a las actuales. No veo por ninguna parte a los Cela, Laforet, Delibes, Martín-Santos… actuales. Ni a cineastas del nivel de Berlanga, Saura, Fernán Gómez, Juan Antonio Bardem, Picazo… Amén de que triunfaba un vigoroso cine comercial de gran éxito en taquilla.

Ciertamente existía una severa restricción, una prohibición de las libertades políticas merecedora de reproche. Pero el franquismo, como todo, no puede ser leído como un hecho monolítico. No es lo mismo su aperturismo a partir de los años sesenta que su dureza implacable en la posguerra, que se correspondía con las barbaridades que había cometido también el otro bando, incluida una salvaje persecución religiosa. El descontrol final de la II República y el estallido de la Guerra Civil hicieron además que aflorase lo peor de muchas personas, que aprovecharon el desconcierto y las refriegas imperantes para saldar de manera vil viejas cuentas particulares bajo un pretexto político. La pura envidia mató mucho en aquella España de los años treinta, en ambos bandos.

Si el franquismo hubiese sido ese horror absoluto en todos sus aspectos que pinta la izquierda, el éxito de la Transición simplemente habría resultado imposible. El ascensor social había funcionado y se había creado una pujante –y laboriosa– clase media sobre la que avanzar. La historia no se puede contar solo en blanco o negro, porque discurre en gama de grises. Se omite además un hecho innombrable para la izquierda: a diferencia de las dictaduras socialistas, las de derechas al menos respetan la libre empresa.

Si siguiésemos la lógica de quienes cargan contra la exposición del Madrid Pop de los sesenta y setenta, tendríamos que retirar Las Meninas del Museo del Prado (o al menos exponerlas con unos carteles políticamente correctos de advertencia). En su portentosa pintura, el colosal Velázquez retrata de manera agradable a la familia de Felipe IV, sin hacer crítica social alguna. Soslaya así ese pérfido pintor pre fachosférico que en aquella época el 90 % de la población pertenecía al tercer estado y llevaba una vida de enorme dureza, centrada en buena parte en esquivar a los cuatro jinetes del Apocalipsis: hambre, epidemias, guerra y muerte.

La campañita contra la exposición del Madrid Pop sesentero me recuerda una frase que escucho cada vez más a menudo entre mis allegados: «Vamos a extinguirnos, porque aquí ya no cabe un tonto más».