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Cosas que pasanAlfonso Ussía

Ni Rommel

Le fueron concedidos cinco días de permiso. En aquellos cinco días no faltó ni un lomo, ni un chorizo ni un salchichón en la Sexta Compañía, Segundo Batallón

Noche oscura. El capitán de guardia me reclamó. –Primero Ussía, se ha recibido un escrito de la Guardia Civil que certifica que el padre del recluta Juan Hijosa Caramuel ha fallecido. Pertenece a la Sexta Compañía. Hay que informarle del óbito, y procurarle un transporte. Su familia vive en San Adrián de Urbel, provincia de Burgos. –A la orden, mi teniente.

El recluta Juan Hijosa Caramuel dormía como un bendito en su camastro. –Hijosa, despierta. Te esperan en el pabellón de guardia. Según parece, tu padre ha fallecido repentinamente. –¿Según parece o está confirmado? –Confirmado por la Guardia Civil. –Pues menuda lata, podría haber esperado hasta mañana.

Barca

Con aire garboso de reciente huérfano, Hijosa Caramuel se dirigió al pabellón de guardia. –Mi teniente, éste es Hijosa Caramuel. –Bien Hijosa, espero que le habrá informado el cabo primero. Prepare el petate y mañana se le proporcionará un pasaporte oficial para llegar a su casa. Siento mucho lo ocurrido. –Y yo más, mi teniente, mi padre no era inteligente, pero sí una buena persona.

Reclamamos a un taxista de San Fernando que hacía muchos trayectos de Cádiz y San Fernando a Camposoto. Despedimos con fingido dolor a Hijosa Caramuel, muy conocido y popular en el calabozo por su afición a dejar vacías de embutidos las taquillas de los demás. Y la guardia se celebró sin novedad.

Le fueron concedidos cinco días de permiso. En aquellos cinco días no faltó ni un lomo, ni un chorizo ni un salchichón en la Sexta Compañía, Segundo Batallón. En la hora de retreta, el recluta Hijosa Caramuel se presentó al oficial de guardia, un bondadoso oficial reenganchado con pocos sustos en su plácida vida. No experimentó ninguna desagradable acción bélica durante la Guerra Civil. Pero el teniente, al ver a Hijosa Caramuel, dejó escapar un alarido de terror en presencia del recluta reincorporado. Ni el General Rommel en persona hubiera descolocado al veterano teniente como el recluta sin padre. Se había teñido el uniforme de negro, extremado luto, como si fuera de las SS o de un batallón de tanquistas en el Alamein. –Tiene usted que saber dos cosas. La primera que tengo una lesión cardíaca y ha estado a punto de matarme del susto. La segunda, que el mal uso de las prendas militares conlleva la sanción que le voy a imponer. –Pues yo tengo también dos cosas que decirle, mi teniente. Mi familia me ha obligado a teñirme el uniforme de negro. Y segunda, usted no conoce a mi familia. Es para darla de comer aparte.

Por las penosas circunstancias que se acumulaban en Hijosa Caramuel, no se le puso arresto alguno. Y el buen teniente, en esa noche oscura pero tranquila, se recostó en el sillón y echó una cabezadita. Pocos minutos más tarde fue avisado de que el recluta Caramuel había sido enviado por los mandos de su compañía a la trena. En los diez minutos que permaneció en su Compañía, desaparecieron tres chorizos, un par de salchichones, el fuet de un recluta catalán, la sobrasada de un mallorquín y 2.000 pesetas.

Eran las dos de la mañana, cuando el general Erwin Rommel ingresó, a pesar de su orfandad, en el calabozo.

Recuerdos de un ayer dichoso.