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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Historia de un insulto

Podríamos haber tenido un Gobierno, pero lo que tenemos es un instituto de propaganda y pastoreo de la ciudadanía, presidido por un impostor

Pasará a los anales del escaqueo y la irresponsabilidad. El 2 de agosto, Sánchez se recluyó en el palacete estatal La Mareta para relajarse de su agobio corrupto y ponerse moreno con la quíntuple imputada y la prole. Una especie de pulsera de todo incluido a cargo de nuestros impuestos (también para sus padres). Solo tres días después sufríamos ya serios incendios forestales en Ponteceso y Vilardebós (Galicia), y en La Bañeza, Zamora y el sur de Badajoz.

El domingo 10 de agosto se quemaron en un solo día 46.599 hectáreas, en gran medida por un pavoroso fuego entre León y Zamora. ¿Qué hacía el Gobierno al respecto? Nada. Estaban todos desconectados, como su jefe. Se habían largado y habían dejado de guardia a la ministra de la Seguridad Social, que es tan ducha que a esas horas sudaba para llevar a diez menores inmigrantes de Canarias a Gijón.

El día 11 sufríamos incendios en Las Médulas, Zamora, Ávila, Palencia y Tarifa. El problema comenzaba a copar los informativos. ¿Qué hacía el Gobierno? Todavía nada. Bueno, sí hacía algo: insultar. El día 11, para paliar su lamentable inhibición ante las averías ferroviarias recurrentes, que lo pillaron de fiestuqui y subiendo fotos de fuegos artificiales, al ministro mamporrero Óscar Puente no se le ocurrió nada mejor que salir a darle caña a Mañueco con unos chistecillos sobre los incendios.

El 13 de agosto, el Gobierno de la propaganda comienza a darse cuenta de que está dando el cante con su desdén ante los incendios. Toca disimular, fingir que hacemos. Bolaños, de vacaciones desde el día 2 como su jefe, y Puente comparecen vestidos de turistas bajo un viaducto almeriense, cerca de su lugar de asueto. Le dan cera al PP y alardean de que las crisis «siempre cogen a este Gobierno trabajando», un insulto a la inteligencia, pues la reacción sistemática de Sánchez consiste en arrendárselas a las comunidades.

Ese mismo día, Sara Aagesen, la vice posh, la de Transición Ecológica, ofrece su canutazo a los medios desde Vejer de la Frontera, delatando así que está por allí de vacaciones. En la comparecencia, la diva aclara que no piensa acudir a las zonas que se están quemando. No está para esas menudencias.

Marlaska disimula concediendo breves entrevistas en vídeo en medios públicos oficialistas, en las que aparece colorado y despechugado (evidentemente también en la tumbona y con pocas ganas de volver al tajo).

Sánchez tarda cinco días en tener a bien sentarse ante un ordenador y asistir a una reunión de coordinación. Para acudir a las zonas castigadas necesita ocho días. Lo hace con una gira relámpago y blindada, sin acercarse a los vecinos desesperados, por miedo a los abucheos.

En su comparecencia, el presidente más divisivo que hemos tenido aboga por un gran «pacto de Estado contra la emergencia climática». La frase puede parecer solemne, elevada. Pero si se disecciona resulta una estupidez hueca. ¿En qué consiste un «pacto de Estado contra la emergencia climática»? ¿Van a ponerse de acuerdo PSOE, PP y los separatistas para bombardear las centrales térmicas que siguen abriendo los chinos? ¿Va Sánchez a apagar el Falcón y el Puma para no contaminar? ¿Puede un país de 48 millones de habitantes hacer algo que marque diferencias ante lo que él llama «emergencia climática»? Evidentemente, no.

Lo que sí podría hacer es:

–Ejercer de presidente: declarar la emergencia máxima y tomar el mando.

–Movilizar por completo al Ejército (han ardido ya 300.000 hectáreas, se ha quemado el 9% de la provincia de Orense, y en Zamora, León y Extremadura la situación es atroz).

–Visto que la UME está desbordada cabría ampliar de cara al futuro su plantilla y material. Pero eso supone gasto extra, y para ello se necesitan presupuestos, algo que en el sanchismo no se estila.

–Podría haber pedido ayuda europea rápido y en serio. Con la mitad de pasión que ponen para solicitar el catalán en la UE la habríamos conseguido en tiempo y forma.

–Podría eliminar las trabas burocráticas que impiden limpiar el monte, y trabajar para ponerlo en pleno rendimiento. Es decir: levantar las restricciones obtusas de la fanática Ribera.

–Podría colaborar lealmente con las comunidades y anticiparse a sus demandas, en lugar del habitual tonillo perdonavidas y sectario.

–En esta crisis hay 30 detenidos y 100 investigados por quemar los montes. Podría reconocer que las quemas intencionadas hacen más daño que su cacareada «emergencia climática» y podría endurecer las sanciones.

–Podría haber dedicado a los montes una parte de unos fondos europeos que no logra que fluyan por pura ineptitud administrativa. Pero invierte el doble en su murga ideológica «de género» que en defendernos del fuego forestal.

En definitiva, podríamos haber tenido un Gobierno. Pero lo que tenemos es un instituto de propaganda y pastoreo de la ciudadanía, presidido por un impostor que no hace nada, porque no tiene ni equipos, ni nivel, ni patriotismo.

Si hubiesen ardido los montes de Gerona, el dinero y los medios llegarían a espuertas. Todos los ministros habrían acudido allí desde el minuto uno, con un Sánchez volcado y a la cabeza. Pero ha ocurrido en León, Orense, Cáceres, Zamora… La España que no cuenta. La España que no chantajea. La España leal y cumplidora, que recibe como pago la abulia de su Gobierno.

La conclusión es la de siempre: pueden hacer lo que les dé la gana. La mayoría del pueblo español está aplatanado, dormido, rendido.