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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El asombroso cuento de Mínimus

Se había convertido en un personaje vacío, paralizado por sus escándalos, pero poco se podía hacer, porque no es posible avergonzar al que no tiene vergüenza

Para descansar de la ajetreada política española y su colección de síncopes, les voy a contar el cuento de Mínimus, una vieja leyenda balcánica que carece de base real alguna. El relato discurre en el siglo XIX, en el imaginario y montañoso reino de Diversilandia.

Mínimus había nacido en una familia burguesa de posibles, dueña de un negocio de plásticos que movía un buen dinero, aunque ellos se consideraban muy de izquierdas.

Sus padres lo enviaron a estudiar a una escuela y una universidad privadas de sello cristiano. Mínimus era un adolescente deportista, que iba de castigador chuleta con las chicas. Alto y con una sonrisa blanca de dientes bien alineados, se consideraba una beldad. Gastaba el espejo adorando su efigie. Psicológicamente se trataba del clásico muchacho de doble faz, de los que adulan al que manda y pisotean al que consideran débil e inferior.

A pesar de su espigado porte, su aire perdonavidas, sus estudios y sus idiomas, Mínimus no acababa de arrancar en el mundo laboral. Ni siquiera cuando se casó con la heredera del dueño de unos balnearios que tendían más bien a lupanares. Hubo un tiempo en que su suegro llegó a darle un trabajillo como contable de aquellos salaces establecimientos y hasta les puso un piso para que fuesen saliendo del paso.

Pero al final, Mínimus encontró su camino: la política. Se hizo concejal y en El Partido encontró incluso a un camarada que le ayudó a escribir un libro, un gran ensayo universitario (que resultó que estaba plagiado).

Por pura chiripa –una baja de un parlamentario–, Mínimus acabó sentado en las Cortes de Diversilandia. Y aunque nadie creía demasiado en él, finalmente se convirtió en el líder de El Partido, vendiéndose como el candidato liberal frente a opciones más izquierdistas (lo cual se revelaría falso).

Mínimus anticipó un lema que ha hecho célebre Mark Zuckerberg en el siglo XXI: «Muévete rápido y rompe cosas». Se convirtió en el presidente de las primeras veces: el primero que llegaba al poder en Diversilandia perdiendo las elecciones, el primero que lo hacía aliándose con unos filibusteros enemigos de su país, el primero que mentía como quien silbaba, el primero condenado en firme por la justicia (por encerrar ilegalmente a la población durante una plaga).

Mínimus poseía una gran ventaja política: le resbalaba todo, excepto su inmenso ombligo. Su método era la mentira y la amoralidad táctica, con un único fin: el poder a cualquier precio.

El presidente Mínimus siguió rompiendo cosas. Se rodeó de chorizos que trincaban de las obras públicas del Reino de Diversilandia. Se asoció con unos bandidos que durante más de cuarenta años habían asesinado a los más leales servidores de Diversilandia, incluidos algunos miembros de El Partido. Se alió con un delincuente que había intentado romper Diversilandia con un golpe de Estado y negoció con él en el extranjero a espaldas de su pueblo.

Se choteó del público favoreciendo desde el poder a sus familiares directos y amigotes con puestos inventados a dedo. Dispuso del dinero de las arcas públicas de Diversilandia para comprar empresas que cotizaban en Bolsa y someterlas a su yugo. Asaltó la programación de la radio pública para que se convirtiese de sol a sol en un botafumeiro a su favor. Enojó a los países más importantes del mundo con una diplomacia radical y estrafalaria. Manipuló los datos del empleo. Dedicó ingentes cantidades del dinero del Reino a encargar estudios de opinión trucados a su mayor gloria.

Mínimus era como esos malabaristas que mueven cada vez más platillos, hasta que intentan lo imposible y todos acaba cayendo con estrépito. Perdió las elecciones, aunque logró atornillarse al poder. Se descubrieron las golfadas de su familia. Se destaparon las chorizadas de su partido y de sus íntimos en él. Sus aliados comenzaron a torpedearlo en el Parlamento. Se vio incapaz de aprobar unas cuentas públicas, el requisito indispensable para gobernar. Y por último, el fugitivo que lo mantenía en el poder le dio matarile y le cerró el grifo.

La ínfima envergadura de Mínimus, su desnudez política, quedaba ahora a la vista de todos de una manera descarnada. Era solo un peso pluma disfrazado con los ornatos del poder, un figurín, un pato cojo (o incluso un pato laqueado).

¿Y qué pasó? Pues no pasó nada. El presidente Mínimus siguió ostentando su cargo, aunque en realidad no gobernaba. No necesitaba al Parlamento, ni presupuestos, ni siquiera una mayoría estable que lo apoyase. Su objetivo era diferente. Todo se había quedado reducido a aguantar en Palacio para evitar un posible futuro en los juzgados. Jamás se iría, por más escándalos que apareciesen, porque es imposible avergonzar a quien carece de vergüenza.

Y aquí se acaba el cuento del presidente Mínimus, un trampantojo de gobernante.