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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Costaba tanto rezar un Padre Nuestro?

Lastimoso que en España, a diferencia de países tan importantes como EE. UU., se proscriba toda alusión a Dios y lo espiritual cuando se recuerda a las víctimas

Es una mala broma que un cateto en Filosofía como yo se lance a hablar del extraordinario matemático y pensador francés Blaise Pascal en un periódico donde escribe Gabriel Albiac, una de las mayores autoridades mundiales en la materia (como prueba su edición de 2018 de los Pensamientos pascalianos, una obra póstuma inconclusa y farragosa a la que nuestro sabio compañero sacó todo su brillo).

Pero aun siendo lego en la materia, tras ver el homenaje a las víctimas de la dana me he acordado de Pascal y de su célebre apuesta sobre la existencia de Dios. Nacido en familia noble y pudiente, que no siempre es lo mismo, Blaise destacó enseguida como un niño de cabeza portentosa. Y cumplió con creces tan tempranas expectativas. Aunque se murió con solo 39 años, inventó una de las primeras calculadoras y rubricó relevantes aportaciones a la Estadística, la Física y las Matemáticas, amén de sus intereses filosóficos.

Al entrar en la treintena, Pascal sufrió una fuerte depresión otoñal y la superó centrando su vida en su fe católica, de ascético acento jansenista. Vivió parte de sus últimos días en un convento, repartiendo su tiempo entre sus meditaciones teológicas y su viejo afecto por las Ciencias Naturales y las Matemáticas. Aunque creía más en las verdades del corazón que en el puro racionalismo, Pascal concluyó que era imposible demostrar la existencia de Dios o la inmortalidad del alma. Pero aun así recomendó abrazar la fe. Lo hizo con la llamada Apuesta de Pascal: si apuestas a que Dios existe, «si ganas, lo ganas todo, y si pierdes, no pierdes nada; así que apuesta sin duda a que existe».

Si eliminamos a Dios, y si somos consecuentes con esa apuesta, nos vemos abocados a un espantoso vacío. Nuestras vidas se quedarían reducidas a un bromazo del absurdo, que al final no va a ningún sito. Si Dios no existe, si solo somos como un gato o una rana, sin alma ni trascendencia, lo coherente sería concluir que todo da más o menos igual. Se torna harto, difícil –¿imposible?– construir un código moral estable, pues el bien y el mal cambiarían a tenor del puro interés coyuntural.

Me acordaba de todo esto viendo el «funeral» de Valencia. Sentí la misma desazón que en su día con aquel cursi homenaje new age, con pebetero y seudo lírica hueca, que se celebró por las víctimas del Covid en el patio del Palacio Real. Entre los 235 muertos por la catástrofe de la gota fría había numerosos creyentes católicos, por supuesto, pues esa es la fe que profesan más de la mitad de los españoles. ¿De verdad era tan difícil que un sacerdote rezase un Padre Nuestro por las víctimas en el acto de ayer de Valencia? ¿O le iba a pasar algo al Rey por decir en algún momento de su discurso que nuestras oraciones están con los muertos en la tragedia? ¿Por qué está prohibido de facto citar a Dios en la vida pública española?

En Estados Unidos, o en el Reino Unido, o en tantos otros de los países más avanzados del mundo, en un homenaje así se habría escuchado alguna alusión espiritual, religiosa… Aquí no. España, el país que llevó la fe católica por todo el orbe y que ha construido su historia sobre ella, se avergüenza de lo mejor que tiene, rendida en el altar de las obsesiones de una de las izquierdas más intransigentes de Europa. Tantas décadas de Pensamiento PSOE han construido un país que no se respeta, que en el ámbito oficial es alérgico a su pasado, sus tradiciones y su fe. Y tragamos. Y muchos hasta con agrado (incluido cierto tertulianismo de supuesta derecha y mentalidad práctica de izquierdas).

PD: Insultos gruesos a Mazón en el homenaje y ni una queja dirigida al de la fuga de Paiporta y el de «si quieren ayuda que la pidan», refugiado tras las espaldas de los Reyes y protegido por el cañón propagandístico de sus televisiones, que ciertamente le funciona.