Fundado en 1910
Pecados capitalesMayte Alcaraz

La periodista de El Ventorro

El sanchismo nos ha llevado a disculpar lo indisculpable y a estigmatizar a cualquiera que pasara por allí. A Vilaplana no la eligieron los valencianos ni el resto de españoles. A Sánchez y a Mazón, sí. Que no se olvide. Y sobre todo deben tenerlo presente los medios afectos al régimen

La izquierda ha dictado sentencia: Carlos Mazón, de probada escasa diligencia, es un asesino que ha tardado demasiado en confesar; el responsable por su alto cargo de combatir la emergencia de la dana, Pedro Sánchez, es inocente porque la maldad y la inacción culposa debe ser premiada siempre que contribuya al descrédito del adversario; y una periodista que tuvo la mala suerte de estar en el peor sitio en el peor momento es objeto de insinuaciones machistas y soeces, por boca de los mismos que han normalizado la prostitución pagada con dinero público. Ese progresismo tan averiado que mira con ojos indulgentes a los que roban el dinero de todos, porque los ladrones son de sus filas, sostiene todavía hoy una campaña atroz contra una colega, a la que entre unos y otros han colocado en una situación abominable.

Maribel Vilaplana, con la que no he cruzado ni media palabra, no era presidenta del Gobierno de España, ni vicepresidenta jefa de las cuencas hidrográficas, ni dirigente autonómica de la Comunidad valenciana, ni consejera de Emergencias, ni titular de la Meteorología nacional. La colega no estaba obligada a integrar el Cecopi, ni a mandar una alerta a los móviles, ni a tomar decisiones previas sobre el barranco del Poyo, ni a alertar por medio de la Aemet de unas previsiones climáticas de altísimo riesgo. Sin embargo, la falta de respuestas de todos esos actores políticos, su nulo ejercicio de la responsabilidad que era inherente al puesto que prometieron, ha terminado depositando sobre la acción de una periodista, que mantenía un almuerzo con un alto cargo –una más de las comidas que celebramos los profesionales con quienes manejan información– los ojos inquisitoriales de la opinión publicada. Sobre sus hombros ha terminado recayendo –hasta las víctimas se lo demandaban a gritos a la entrada del juzgado– la exigencia de que aclare con quién hablaba Mazón en El Ventorro, si atendía o no llamadas, si ella le mostró un vídeo de los estragos de la riada en Utiel, si la acompañó o no al aparcamiento, hasta se le ha requerido el tique de aquella tarde. Es decir, Maribel debe ahora convertirse en Mortadelo y Filemón, al mismo tiempo que fedataria pública y abnegada asistente de los movimientos del ya presidente en funciones de Valencia; y todo para cubrir la negligencia de otros agentes políticos, estos sí con mandato de la ciudadanía para tener siempre presente cuáles son sus deberes y responder administrativa y legalmente por ello.

Cuando el barranco del Poyo se desbordó y la riada ya había acabado con la vida de decenas de personas, Vilaplana seguía sin tener ninguna relación causa-efecto sobre los hechos. Antes, durante y después. Conviene recordarlo para los que se llaman a andanas. Sin embargo, el otro comensal tenía una obligación política y moral que quizá desatendió pero que en absoluto debe recaer ahora sobre la memoria o desmemoria de su compañera de mesa, un elemento anecdótico en esta triste historia. Lo que está demostrado es que, en la gestión posterior a la gota fría que dejó 229 muertos, Mazón ha dejado a la presentadora a su suerte, laguna que han aprovechado los feministas a tiempo parcial de la izquierda para orquestar una campaña sucia, con insinuaciones y murmuraciones inaceptables. Quien tenía que haber contado lo que ocurrió en esas horas, sin cambio de versión, es el barón hoy dimitido.

Depositar en una profesional de los medios la responsabilidad jurídica de construir un cronograma, con todo tipo de detalles, sobre una velada que para ella probablemente no representaba ninguna novedad en su actividad cotidiana, es otra de las consecuencias indeseadas de la frivolidad política en la que vivimos. Y ahí los ciudadanos tampoco somos inocentes: si no sabemos elegir a los mandatarios que se entreguen al servicio público, con todas sus cargas, debemos evitar por lo menos señalar a funcionarios, profesionales o ciudadanos anónimos que bastante tienen con realizar su trabajo con honradez.

El sanchismo nos ha llevado a disculpar lo indisculpable y a estigmatizar a cualquiera que pasara por allí. A Vilaplana no la eligieron los valencianos ni el resto de españoles. A Sánchez y a Mazón, sí. Que no se olvide. Y sobre todo deben tenerlo presente los medios afectos al régimen, que han disparado hacia una diana inocente con todo tipo de munición, casi siempre vomitiva. En el actual ecosistema los periodistas han pasado de escribir crónicas o presentar telediarios a ser testigos, algunos interesados, de un juzgado de Catarroja o del Tribunal Supremo. Algo estamos haciendo muy, pero que muy mal.