Conversación politológica con mi madre
Aunque la edad le va pasando ya sus facturas, me parece que ve la jugada de manera bastante clara: «A Pedro lo que le gustaría es ser un dictador»
Mi madre, que está más cerca de los noventa que de los ochenta, se ha roto la muñeca en un resbalón en el pasillo de su piso de La Coruña. «Bueno, mamá, podía ser peor. Eso no es nada. Si llega a haber sido la cadera sí que tenías un lío», le dije para consolarla cuando la llamé a su salida del médico. «Es verdad, churriño», respondió con voz animada y dándome la razón. Pero no todo fue tan sencillo. Resultó que el yeso le molestaba. Así que esa misma noche, al llegar a casa desde el hospital, buscó su particular solución: cogió un martillo del trastero y se lo quitó destrozándolo a martillazos. «Es que no lo aguantaba».
Tras un poco de terapia –léase darle la turra para que entrase en razón–, se avino a ponerse un segundo yeso. Por ahora no ha recaído en el martillo (crucemos los dedos). Pero entre los aguaceros del otoño coruñés y la molestia del brazo, estos días baja menos a cafetear con su peña de amigas y tiende a quedarse en casa. Así que cuando la llamo la noto con más ganas de palique, y lo que más le gusta es la política.
–Bueno, mamá, ¿cómo ves lo del fiscal?
–Ay, vaya sinvergüenza. No hay derecho a lo que le están haciendo a ese homiño –léase González Amador– solo porque es el novio de la chica. Ese es uno como yo, una persona de la calle, y ve un tonto que si no fuese el novio de la otra no se habrían fijado en él. No cabe duda ninguna. Lo ve un tonto.
–¿Y Feijóo qué te parece? Las encuestas dicen que está un poquito estancado…
–Es que es demasiado normal para lo que se estila ahora. Es una persona seria y ahora todo está lleno de trapalleiros que llaman más la atención que él. No se le nota porque los otros hacen más barullo.
–¿Y Sánchez? ¿Crees que sale vivo de esta?
–Uy, ¡Pedro sabe mucho! ¡Menudo es Pedro! Es capaz de cualquier cosa. Y ahí sigue. Es mucho Pedro. Tiene la cara muy dura. Él se ríe de todos. Si fuese otro se iría, claro. Pero él, al revés, cuanto peor le va más necesita seguir ahí, no vaya a ser…
–¿No vaya a ser qué? ¿Tú crees que acaba en chirona?
–¿Ese? Noo, qué va. Está bien libre. Antes monta una dictadura, que es lo que a él le gusta, lo que pasa es que no puede.
Por desgracia, creo que tiene bastante razón en lo que apunta desde su sencilla atalaya de sentido común. En 2018, dos politólogos de Harvard, Levitsky y Ziblatt, publicaron con notable éxito un ensayo titulado Cómo mueren las democracias. Allí establecían un semáforo rojo con cuatro señales de alerta: 1.- No se respetan las convenciones escritas y no escritas de la democracia, o el compromiso con ellas se torna muy débil. 2.- Se cuestiona el derecho a existir de los rivales políticos. 3.- Se tolera o se promueve el uso de la violencia con fines políticos. 4.- El mandatario muestra una clara predisposición a vulnerar los derechos de sus adversarios, incluidos los medios de comunicación críticos con el poder.
Salvo el punto de la violencia, Sánchez ya cumple todas las señales de alarma. Pero incluso va más allá. Ha convertido el Tribunal Constitucional en una sala de casación de las decisiones del Supremo. Él y sus ministros presionan abiertamente a los jueces, denigran sus decisiones y acosan a la prensa que no es servil. Se ha hecho con el control de empresas privadas multinacionales para su uso partidista, como Hugo Chávez en su momento. Promueve por sistema encuestas manipuladas a su favor que se costean con dinero público. Ha convertido la televisión pública en un panfleto del poder que ejerce de caballería contra la oposición. Y por supuesto, considera que mentir con descaro es un arma política perfectamente aceptable (Hannah Arendt y Orwell ya advirtieron en su hora que la mentira está en el germen del totalitarismo).
Con semejante escalada autocrática, ¿cómo es posible que no pase nada? Pues porque los españoles estamos comportándonos como las ranas, que si tiras una pequeña chinita en su estanque saltan alteradas, pero si las cueces a fuego lento, se dejan ir y solo reaccionan cuando ya están perdidas.
Las próximas elecciones serán las más importantes desde 1978. Por primera vez nos jugamos nuestro sistema de derechos y libertades.