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El astrolabioBieito Rubido

A qué huelen las ciudades

Los olores definen a las ciudades y a las personas. Después hay pituitarias sensibles y narices torpes. Cuanto más capacidad posees para detectar te puedes balancear entre el perfume y el hedor

En una ocasión Victoria Beckham, la esposa del futbolista que le da el apellido y antigua miembro del grupo musical Spice Girls, se atrevió a decir que Madrid olía a ajo. Era la forma que tenía de despreciarnos. Ella nunca vivió cómoda en la capital de España, aunque su marido fue muy feliz jugando en el Real Madrid. No creo que la ciudad más importante de España desprenda ese olor que la pituitaria de Victoria detectaba con ese radar de perfumes pegado a su nariz que tanto la distinguía. Lo que ocurre es que oler, olfatear, es una cuestión muy personal. A mí Londres, por ejemplo, me huele siempre a cebolla frita y a curri. No por ello dejo de valorar ese rasgo londinense de la acogida, casi tan similar al de Madrid. En ambos casos esa facilidad para recibir al forastero forma parte de su personalidad. Es lo que solemos llamar el alma de la ciudad.

Sevilla en primavera huele a azahar. Es cierto. Roma a incienso, al menos en algunas calles, en otras, a pizza. La Coruña respira aire marino, porque es como un puño de roca que violenta el mar y el viento se enfada tantas veces al llegar allí que se lleva por delante cualquier aroma, fragancia o perfume. Bilbao en alguna esquina deja sobrevolar el aire de ajo mezclado con besugo. Barcelona, de un tiempo a esta parte, se ha empeñado en no oler, nada más que a impertinencia. Pero ese es otro cantar. El antiguo Líbano –la guerra lo destrozó– expelía un olor a cedros a kilómetros de distancia. Cuando los marinos se acercaban a sus costas, percibían esa fragancia poderosa del cedro, cercana a la resina de pino, tan presente esta por los andurriales de Doñana. La tierra huele. Nunca olvidaré la impresión que me causó la primera vez que pise una selva de verdad, en Sudáfrica. Aquel fortísimo olor, expresión viva de una naturaleza ciertamente viva y en estadio original y primario.

Los olores definen a las ciudades y a las personas. Después hay pituitarias sensibles y narices torpes. Cuanto más capacidad posees para detectar te puedes balancear entre el perfume y el hedor. A todo se acostumbra uno. Lo peor es cuando no percibes tu propio olor. Ocurre lo mismo con el mal gusto, no el del paladar, sino el que tiene que ver con la belleza y con la dignidad en el vestir. En las campanadas de fin de año en los distintos canales solo percibimos mal gusto y mal olor.

A lo largo de la historia siempre estamos viviendo un tiempo en el que se añora el tiempo de ayer. La nostalgia a veces es bonita, pero casi siempre es melancólica. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Mentira. Pero hubo tiempos en que se vestía mejor, se olía mejor. Tal vez vuelvan. Por eso para este año hay que tener bien desarrollado el olfato por si detectamos cualquier sospecha o recelo en materia política y lograr que un vendaval de democracia en algún momento haga que nuestra nación vuelva a disfrutar de la fragancia cítrica y cristalina de la libertad sin trabas ni wokes o que nos coarte.