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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

La falsa liebre de Jordi Sevilla le hace el apaño a Sáncheztein

El PSOE ya solo sostiene la S de Sánchez como sociedad unipersonal en régimen de gananciales, por lo que su exhortación tendrá el destino de las flores del cementerio que honran a quienes no cabe condenar al olvido

A base de plan, rataplán, plan, plan, por el que invoca los problemas para que le renten como a los malos médicos y a los buenos populistas, Sánchez embolica todo lo que puede para que, en medio de la tormenta de barro, sortear los graves apuros que hacen de su cara el espejo de los tormentos familiares y de partido causados por una corrupción sistémica que «crateriza» su rostro de pedernal. Así, al cabo de un septenio en la Moncloa, incapaz de paliar –no ya de remediar– una cuestión primordial como el de la vivienda que empeora con sus políticas podemitas, arguye que no hay varitas mágicas cuando un día sí y el otro también presenta, cual Merlín, vaharadas de humo de la máquina de bulos cuya caldera aviva su jefe de gabinete, Diego Rubio. Este profesorcito de la «Ética del engaño» se multiplica con el frenesí con el que Groucho Marx vociferaba «Traed madera» en Los hermanos Marx en el Oeste para desatar el caos con la farsa de la guerra entre Freedonia y Sylvania, a la par que el Ejecutivo lanza su caza contra aquellos que tilda de «desinformadores habituales» como si no radicara en La Moncloa su primer centro de almacenaje y distribución.

Cuando es hora de hacer balance y es tan magro el arqueo, 'Noverdad' Sánchez, trata de encubrir las promesas incumplidas con aquello de que «mancha de mora con otra verde se quita» que, lejos de suprimirlas, las extiende. Eso sí, les aplica el inevitable añadido de que «ganamos todos». Como presumió el lunes al retomar por enésima vez el proyecto urbanístico madrileño de Campamento, al que asisten más de 40 años y que usó para destapar al triministro Bolaños como supuesto «tapado» a la Alcaldía de Madrid. ¡Vamos como con la ordinalidad catalana de una financiación autonómica que privilegia a los ricos!

A nadie escapa que lo que, en realidad, trasluce es que «lo pagamos todos» con una confiscación fiscal que depaupera a las clases medias con un sueldo medio al ras del salario mínimo obligatorio, lo que impide el acceso a la vivienda a los jóvenes de ¡40 años! Aun así, no persuade a sus socios fijos discontinuos de Gobierno –caso de Restar– prestos a reclamarle los consabidos «…y dos huevos más» ni a su intermitente aliado parlamentario de 'Pudimos' que proclama que las calles han de arder con las astillas de sus fracasos. Bajo la cantilena de «los hechos crean derechos», como variante de aquel grito de Evita Perón a los pobres de los que tan ricamente vivió: «¡Ustedes tienen el deber de pedir!», trasponen sin remilgos el «¡Expropiese!» de Chávez.

Al ver como Sánchez les ha decomisado su programa comunista, estos hijos de Chávez auspician prohibir la compraventa de viviendas para enriquecerse cuando es el sistema de ahorro más usado por los españoles para su vejez si no pueden preservarla para unos hijos a los que se les malogra disponer de hogar propio. Averiado el ascensor social, estos náufragos del retroprogreso no gozan de las posibilidades de sus padres y abuelos, pese a que estos últimos sufrieron las penalidades de la posguerra y de los años del hambre a los que retrotraen estos «pijocomunistas».

Ante esta deriva que lleva al país a la ruina y hunde las expectativas electorales del PSOE por debajo de los 100 escaños, arrastrando a sus socios Frankenstein al borde de la extinción, con PP y Vox bordeando el 51 % del voto, hay socialistas como el exministro Jordi Sevilla que han saltado a la plaza como un espontáneo a explicarle a Sánchez en dos tardes lo que es la socialdemocracia. En cierto modo, evoca aquella frase suya que hizo titular de que era este el tiempo que necesitaba Zapatero para adquirir de sus manos las herramientas básicas de la economía para un debate de 2003 contra un Aznar que requería a los suyos que fueran clementes con 'Bambi' porque así tendrían fijeza en el Gobierno hasta que todo saltó por los aires con el macroatentado yihadista del 11-M de 2004 que redundó para el débil jefe de la oposición en el «cisne negro» –¡y tan negro– de la oportunidad inesperada. Como ansía, Sánchez, dejando que sus candidatos a autonómicas y municipales sufran en sus posaderas –al igual que en 2023– el castigo ejemplar que le auguran los sondeos.

Leyendo el manifiesto de Jordi Sevilla, el político socialista con mejor agenda de periodistas del mundo mundial, así como una ambición y un talento que en su partido penalizan en orden inverso, se sustancia una imposible vuelta al «mundo de ayer». Ese PSOE ya no existe desde que él formó parte del Gobierno ni mucho menos tras el paso de quien lo designó en 2018 presidente de la Red Eléctrica, uno de los cargos mejor remunerados, y del que dimitió en enero de 2020 por discrepancias con la vicepresidenta y ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera. Luego se distanciaría definitivamente al defender elecciones anticipadas para no acordar la investidura con el prófugo Puigdemont a cambio de amnistiar a quien encabezó el golpe separatista.

Como razonaba ayer nuestro director, Bieito Rubido, siempre es encomiable que alguien señale no ya que Sánchez está desnudo como el rey del cuento, sino que haya desnudado al PSOE y a España. Más si se está en conformidad con la utilidad de lo aparentemente inútil que desarrolla el filósofo italiano Nuccio Ordine en su preclara obra de ese título. Para este Premio Princesa de Asturias de 2023, «el cultivo de lo superfluo (…) puede ayudarnos a resistir, a mantener viva la esperanza, a entrever el rayo de la luz que nos permitirá recorrer un camino decoroso». Sin embargo, el intento plausible de Sevilla incurre en aquello de Ortega de que «el esfuerzo inútil produce melancolía». El PSOE ya solo sostiene la S de Sánchez como sociedad unipersonal en régimen de gananciales, por lo que su exhortación tendrá el destino de las flores del cementerio que honran a quienes no cabe condenar al olvido.

No en vano, el porcentaje de socialdemócratas del PSOE sanchista rondará el 4 % que opina que Elvis Presley está aún vivo. Como le soltó el primer ministro británico Blair a su homólogo Aznar cuando le indicó que era la cifra de españoles favorable a atacar a Irak. Lo constató en sus carnes el refundador del partido en Suresnes, Felipe González, quien se topó en Sevilla con un grupo de jubilados socialistas –visitantes de su despacho laboralista de la calle Capitán Vigueras– que le afeó, pancarta en mano, sus denuncias contra la deriva sanchista. Es más, una exdirigente del PCE que mendigó su ingreso en el PSOE de la mayoría absoluta, Amparo Rubiales, planteó su expulsión ratificando que «de fuera vendrá quien de casa nos echará».

Quienes blasonaron –como Alfonso Guerra– que, con el PSOE en el Gobierno, a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió no imaginaron –ni en la peor de sus pesadillas– que ello alcanzaría al partido que refundaron en un destartalado Renault por sus hijos putativos de «la banda del Peugeot». Desde luego, hay sueños que se roncan. Como la II República se bolchevizó con Largo Caballero hasta acabar con el anhelo de una República de demócratas, Sánchez órbita alrededor de la dictadura china, tras hacer parada y fonda en el Grupo de Puebla. Luego de ser el gran partido de las clases medias tras renunciar al marxismo y salir de la OTAN.

No obstante, cuando caiga Sánchez, no se producirá ningún vacío, como replicó De Gaulle a sus turiferarios, sino un gran lleno que capitalizarán los herederos de su radicalismo. Hasta tanto, lejos de revertir la situación, Jordi Sevilla no deja de ser una liebre ficticia que le hace el apaño a Sáncheztein –de hecho, su rottweiler Puente ni ha bostezado–, mientras agudiza su cesarismo enviando a sus morituri para él resucitar cuál ave fénix sobre sus cenizas. Le sirve para fingir un pluralismo interno, sabedor de que el exministro de Zapatero ha disfrutado de tantas jaulas de oro que ha perdido el genuino canto de la libertad ante un autócrata sin principios ni escrúpulos que transita de revestirse con la túnica de Gandi a plantarse el casco de húsar.

En suma, Sánchez no finiquitará «la dictadura de las minorías» porque, sin ella, perdería La Moncloa. Con un «piquito de oro» como Sevilla, en parangón con aquellos de los que se burlaba Carrillo cuando le amenazaban en el PCE con la venida que nunca se produjo de Sartorius, el príncipe rojo de Lampedusa, esta Socialdemocracia 21 será tan encomiable como inútil en un PSOE podemizado que emparenta con el socialismo bolivariano del siglo XXI junto con el que Sánchez subsiste.