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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Ellos ya habrían llamado asesino al Gobierno responsable del AVE

La explotación del dolor ajeno ha sido constante desde 2004: no hay que imitarla, pero sí exigir explicaciones rápidas y concretas

Si el accidente del AVE en Córdoba hubiera ocurrido con un Gobierno del PP, a estas horas ya se habría exigido la dimisión del ministro de Transportes y ya se estaría preparando el despliegue habitual de recursos para convertir la tragedia en una oportunidad política.

No es una opinión. Es un hecho, soportado en evidencias irrefutables. Los atentados del 11M no fueron obra de yihadistas, sino de Aznar por la foto de las Azores y su apoyo a George Bush en Irak. El Prestige dejó toneladas de chapapote en las costas gallegas por culpa de Rajoy, y no por la impericia y la codicia del armador del barco. De los 160.000 muertos en la pandemia (una cifra aproximada, porque la oficial la seguimos esperando), fueron asesinados por Ayuso 7.291 en las residencias, mientras que el resto lo hicieron por un virus incontrolable.

Incluso en el ámbito ferroviario hay huella de ese discurso: la tragedia del Metro de Valencia y del Alvia en Santiago de Compostela fueron culpa, exclusivamente, de los gestores del servicio, en ambos casos del PP, aunque en los dos el insólito exceso de velocidad de los maquinistas fuera el único hecho diferencial con respecto al resto de viajes realizados en las mismas condiciones y con el mismo material, sin duda tan mejorable como las medidas preventivas.

Incluso con la dana el mensaje oficial ha sido que solo falló la Generalidad Valenciana y que lo hizo porque Carlos Mazón estaba de fiesta con una señorita, limitando a una persona y a un instante concreto la cadena de negligencias, imprevisiones y torpezas que sin duda provocó que una tragedia inevitable fuera, además, innecesariamente mortal.

En todos los casos descritos, y en alguno más como el escandaloso uso de aeronaves de saldo como el Yakolev 42, origen de un accidente pavoroso que acabó con la vida de 62 militares; hay responsabilidades políticas, fallos en la gestión y galopantes cráteres en la política preventiva que exigían respuestas y seguramente dimisiones.

Pero en todos ellos no se apeló a la responsabilidad, que existe incluso cuando hay imprevistos que provocan dramas inevitables, sino a la culpabilidad directa y criminal de los gestores, incluso explotando el insoportable dolor de las víctimas para convencerlas de que la única razón de la muerte de sus seres queridos era la dolosa gestión personal de unos desalmados políticos de derechas.

No hagamos lo mismo ahora, pese a que si alguien se merecería la misma medicina son Pedro Sánchez y Óscar Puente, dos inmorales sin escrúpulos, capaces incluso de mirar para otro lado ante una tragedia si consideran que el beneficio político de su indiferencia es mayor que la satisfacción personal de cumplir con sus obligaciones: primero estudian si pueden encasquetársela a un adversario, aunque luego pontifiquen del «apocalipsis climático» y la ley les obligue a actuar ante grandes incendios e inundaciones, y después ya si eso como atender sus propias responsablidades.

Pero sí cabe hacer ya algunas preguntas, a quienes llaman asesinos a los demás y a quienes secundan sistemáticamente en los medios esa acusación. ¿Habían advertido los maquinistas de la necesidad de limitar la velocidad en tramos como el afectado? ¿Qué se hizo con los reiterados avisos de ADIF en Adamuz, zona cero de la tragedia? ¿En qué medida el deterioro de las infraestructuras, denunciado sistemáticamente por los especialistas, impacta en este caso? ¿Está preparado el sistema ferroviario para albergar a tantos operadores distintos y qué se ha hecho al respecto cuando hemos visto, durante meses, episodios reiterados de colapso?

Si Óscar Puente y Pedro Sánchez estuvieran en la oposición, a estas horas él y los suyos ya habrían emitido condenas contra el Gobierno de turno, sin esperar ni un minuto, despreciando la concatenación de factores, errores, fatalidades, imprevisiones y negligencias que suelen conjuntarse en cada tragedia, para presentarlas como la consecuencia de una única razón: la incompetencia de sus adversarios, aumentada por su capitalismo salvaje, la privatización, la racanería o todo ello junto.

No se puede hacer lo mismo, por el respeto a la víctima y a los hechos, desconocidos en toda su extensión. Pero al menos debemos preguntarnos ya cómo es posible que, con cientos de incidentes y de advertencias y la evidencia de que el AVE lleva demasiado tiempo dando problemas, el Gobierno de España, su desaparecido presidente y su ministro más pendenciero tuvieran el desparpajo de decir que vivíamos el mejor momento ferroviario de la historia.

Y una última reflexión. Cabe preguntarse si hubiera pasado lo mismo con un Gobierno centrado en sus tareas y no con una banda que ha elevado la presión fiscal en relación inversamente proporcional a la calidad de los servicios que presta, que ha hecho de Transportes y de ADIF un nido de corruptelas y novias enchufadas y que su principal ocupación ferroviaria ha sido traspasar las Cercanías catalanas para que Puigdemont y Junqueras apoyen a un perdedor con delirios de grandeza. Cuando no estás centrado en lo que debes, cuando dedicas todos los recursos a comprarte un cargo y cuando tu codicia es infinita, montar en un puñetero tren puede acabar convirtiéndose en una actividad de riesgo. Es intolerable. Punto.