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De Lenin a Gramsci y Laclau

En los últimos años, conservadores y liberales están librando la batalla cultural, ideológica y política del humanismo y de las libertades contra esa gigantesca estructura transversal de poder autoritario socialista, con incierto resultado en una sociedad europea envejecida

Cuando nos referimos al comunismo como marxismo, estamos dejando fuera a Lenin, el ideólogo que desarrolló y puso en práctica la teoría marxista, instaurando un régimen de terror que asesinó a cerca de dos millones de personas y provocó la muerte por hambre de otros cinco millones. Stalin acentuó el régimen de terror comunista, asesinando a siete millones de personas y provocando la muerte por hambre de otros seis millones. Esas sobrecogedoras cifras están avaladas por los informes publicados por historiadores independientes que han trabajado con los datos disponibles de fuentes fiables, lo que ha permitido el cruce y evaluación de esos datos, tanto oficiales como de instituciones privadas. En los albores del s. XX, una ideología antihumanista distópica únicamente podía imponerse mediante el uso de la violencia y el terror más descarnados, conformando una sociedad sometida y sumisa que a lo largo de los años interiorizase el principio de indefensión aprendida.

Los ideólogos del comunismo en la Europa occidental, de los años sesenta y setenta del siglo XX, fueron conscientes de que, en las nuevas democracias europeas, la batalla política basada en las insurrecciones armadas y la represión criminal estaba condenada al fracaso y que la futura confrontación política debería de librarse primordialmente en el campo antropológico y cultural. Fue destacado pionero de ese movimiento de regeneración endógena el Partido Comunista Italiano con su líder Enrico Berlinguer a la cabeza. Podríamos afirmar que los intelectuales de la filosofía y la teoría política tomaron el mando de la estrategia de poder comunista para su transformación en poder socialista.

La radical transformación estratégica adoptada era absolutamente necesaria en la Europa de las democracias liberales, pero sus impulsores no fueron plenamente conscientes de que, en realidad, estaban reinventando la socialdemocracia de Ferdinand Lasalle de la segunda mitad del s. XIX, razón por la que, en las democracias de la Europa occidental, los partidos comunistas serían desplazados por partidos socialistas. Ese avanzar de la izquierda en el espacio político del s. XX, retrocediendo en el tiempo ideológico del socialismo, fue analizado magistralmente por Dalmacio Negro, el gran referente español de la Ciencia Política y la Historia de las Ideas.

En España, el Partido Comunista, PCE y sus aledaños ideológicos se sumaron al eurocomunismo en los años setenta, los de la Transición a la democracia, pero ya en los sesenta existía un grupo de jóvenes activistas que propugnaban introducir las ideas de Gramsci y Marcuse en la nomenklatura europea y soviética, una difícil misión en aquellas fechas. Ese movimiento europeo de renovación ideológica ya anunciaba la necesidad de la perestroika y la glásnot posteriores, movimientos regenerativos que se materializaron en la Unión Soviética de los años ochenta y que culminaron en su colapso y el de los regímenes comunistas del este europeo, materializado en el derribo del muro de Berlín en 1989. La criminal excepción a ese abandono de la violencia comunista en España la constituyó ETA, una organización comunista-nacionalista cuyo brazo terrorista asesinó a 856 personas entre 1968 y 2010.

A partir de los años sesenta, para los ideólogos comunistas quedaba muy claro que librar la batalla de las ideas exigía reconocer previamente una libertad intelectual que permitiera una significativa capacidad de verdadera autocrítica, indispensable para la transformación y el progreso del sistema comunista en las modernas sociedades de las libertades individuales y los derechos humanos. Esa libertad intelectual, consustancial con el derecho a la libertad de expresión, era incompatible con una ideología que negaba la ontológica identidad individual y la sustituía por un conjunto de identidades colectivas. En el s. XXI, esa incompatibilidad se ha plasmado en la política de la «cancelación», una censura de cariz totalitario que reprime radicalmente la libertad de expresión. Ante el fiasco ideológico del socialismo se ha desarrollado una progresiva transformación de su ideología colectivista en antropología poshumanista, a través de la ingeniería social, cuyo planteamiento teórico ha sido obra de Ernesto Laclau y de Chantal Mouffe.

En el siglo XXI, la hegemonía cultural socialista se ha infiltrado profundamente en el poder político de las democracias europeas, inoculando su ideario en la mayor parte del espectro ideológico, un evidente éxito de la estrategia cultural adoptada en los años setenta del pasado siglo, pero a la vez un fracaso en el peso político de los partidos socialistas, que se han convertido en formaciones quasi testimoniales, pudiéndose decir que han muerto de éxito. La antropología poshumanista del s. XX ha degenerado en la antropología antihumanista del s. XXI, provocando unas trágicas consecuencias en todos los órdenes personales y sociales, sembrando el relativismo moral y el pensamiento nihilista.

En los últimos años, conservadores y liberales están librando la batalla cultural, ideológica y política del humanismo y de las libertades contra esa gigantesca estructura transversal de poder autoritario socialista, con incierto resultado en una sociedad europea envejecida, sumida en un invierno demográfico suicida y con una desproporcionada tasa de población inmigrada procedente de culturas de raíz autoritaria. Es urgente que la sociedad civil europea tome plena consciencia del grave riesgo existencial que corre su civilización humanista y democrática, con el fin de exigir a las élites intelectuales, políticas y económicas que actúen decididamente en la defensa de los principios y valores que sustentan la civilización europea.